La prensa en el fin de siglo.
María Pilar Celma Valero A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX la prensa periódica, en una lenta pero imparable evolución, se va a transformar radicalmente. Nuevos adelantos técnicos, mayor facilidad en las comunicaciones y, sobre todo, la inmersión de las editoriales en el mundo empresarial y la profesonalización del periodista, suponen el paso definitivo al periodismo moderno, tal como hoy lo entendemos.
María Cruz Seoane
[1977] ha sintetizado con enorme acierto las características que distinguen a los periódicos de finales del siglo XIX respecto a los de mediados del mismo. En su aspecto externo, unos y otros comparten el número de páginas (cuatro, en un solo pliego), aunque los de 1900 tienen un mayor tamaño y empiezan a ser frecuentes los números especiales, con seis u ocho páginas. Pero la diferencia esencial se observa a simple vista: frente a las páginas grises, concentradas, con títulos poco llamativos, que marcan sólo las distintas secciones, pertenecientes a los periódicos decimonónicos, los que abren el siglo tratan de captar la atención del lector, con titulares llamativos, combinando distintos tipos de letras, de tamaños y de columnas y con amplio espacio dedicado a los anuncios, muchos de ellos ilustrados. En cuanto al contenido, frente al predominio del artículo de fondo (político, ideológico o doctrinal) de los primeros, cuya principal finalidad era formar la opinión de los lectores, a finales de siglo se imponen la noticia, el reportaje, la crónica, las entrevistas e, incluso, los artículos culturales y las secciones "amenas" (chistes, pasatiempos...) En suma, el nuevo ideal que guía a las empresas periodísticas es informar y entretener al público, más que formarle.
Este cambio de imagen de los periódicos finiseculares responde a cambios más profundos que conviene tener presentes. En primer lugar, la propia concepción de la prensa, entendida ahora como una empresa más, que ha de producir unas ganancias; parte de las mismas han de ser reinvertidas en mejoras que redunden a su vez en nuevas ganancias. Sometida a la ley de la oferta y la demanda, la prensa debe competir por hacerse con un mercado. Dos factores, uno de fondo y otro de forma, contribuyen a ampliar el número de lectores de un periódico: el que sea poco comprometido ideológicamente y el que sea barato. El primer factor, la imparcialidad y el aperturismo, se convierte en el ideal y en la bandera propagandística de los principales periódicos, algunos de ellos hasta incluir una referencia en el propio título o en el subtítulo (
El Imparcial, El Liberal...) Para conseguir abaratar un periódico y captar así clientes, desempeña un papel fundamental la publicidad, que en esos años mejorará también su imagen (recuérdese la importancia del cartelismo en el
art nouveau). Parte del coste de los ejemplares lo asumen los anunciantes, que aspiran a recuperar su inversión aumentando las ventas de su producto.
Relacionado también con la predominante orientación empresarial de la prensa está la profesionalización del periodista: por una parte, el ideal de imparcialidad resta importancia a las opiniones personales del escritor, frente a su efectividad (novedad, originalidad en la presentación, amenidad...) El nuevo periodista tiene que dedicarse prioritariamente a su profesión porque tiene que moverse, tiene que estar en el lugar y en el momento en que se produce la noticia. Por otra parte, puesto que con las nuevas tiradas aumentan las ganancias, el periodista puede aspirar a vivir de su profesión, de forma que su dedicación no sea sólo un complemento económico o un trampolín para darse a conocer en el ambiente cultural o político. Esta concienciación de la profesionalidad del periodista lleva a la fundación en Madrid de la Asociación de la Prensa, en 1895.
La fuerte competitividad que imprime la mentalidad empresarial convierte la
tirada en un elemento más de propaganda y de captación de público. Las tiradas de los principales periódicos aumentan considerablemente. Ello es posible gracias a la nueva maquinaria adquirida, que permite imprimir miles de ejemplares a la hora. También el aspecto gráfico pudo mejorar con nuevos procedimientos, tales como la zincografía (grabado al ácido en plancha de zinc) y el fotograbado directo.
El enorme desarrollo de las comunicaciones influyó favorablemente tanto en el proceso de elaboración de los periódicos como en el de su difusión. En la década de los 60, Nilo María de Fabra había formado la primera agencia nacional de noticias, que, en 1870, se integraría en la Federación de agencias telegráficas mundiales. Esto permitió el rápido acceso a las noticias que se producían en los más distantes puntos del planeta. Para la difusión de los periódicos nacionales a provincias contribuyó decisivamente el ferrocarril.
Dado que la prensa en el fin de siglo no ha alcanzado aún su madurez, resultaría osado (además de poco útil) abordar un intento de clasificación rigurosa de sus periódicos y revistas. Para empezar, la propia frontera entre estos dos tipos de publicaciones no es en absoluto nítida, de modo que "periódicos" de gran formato e impresos en papel prensa responden a un contenido especializado y a una periodicidad distanciada (semanal, mensual), características que se avienen mejor con lo que hoy consideramos
revista. Pero, aunque no puede intentarse una clasificación cerrada, sí conviene tener presente una serie de criterios que puedan ayudar a comprender mejor la realidad del periodismo en los años en torno al cambio de siglo.
En primer lugar, debe atenderse al interés que guía a la dirección de la publicación, que puede ser meramente empresarial, propagandista (política, religiosa...) o de autopromoción (especialmente, cultural). Los diarios, cuya fundación requiere un desembolso inicial en maquinaria y en personal, son todos ellos proyectos empresariales; pero también lo son algunas revistas, como
La Ilustración Española y Americana o
La España Moderna. Este tipo de publicaciones no sólo se autofinancian, sino que producen ganancias a sus dueños o accionistas. La prensa de propaganda ideológica depende normalmente de partidos políticos o de otros tipos de organizaciones, que financian su publicación; su función prioritaria no es la obtención de beneficios, sino la difusión de ideas, con el fin último de captar o mantener adeptos; claros ejemplos de este tipo de prensa son
El Socialista o
La lucha de clases. Hay un tercer grupo de publicaciones que podemos denominar
de autopromoción, son aventuras juveniles, de corta duración, que no aspiran a producir ganancias, sino que se crean como un medio de darse a conocer y de tomar posiciones en el panorama cultural del momento (
Juventud, Helios...); a veces tienen que ser financiadas por los propios colaboradores y otras, por desinteresados mecenas.
En segundo lugar, hay que considerar dos criterios combinables, el contenido y el enfoque. El contenido puede ser de tipo general, centrado en los acontecimientos de la actualidad (política, económica, social) o de tipo específico (difusión cultural, científica, religiosa, esotérica...) El enfoque puede ser predominantemente objetivo o no objetivo, oposición que en la práctica se resuelve en el predominio de la información o de la opinión. Así pues, podemos encontrar publicaciones preferentemente informativas y con un enfoque objetivo, sean de actualidad política (
El Liberal) o de difusión cultural (
La España Moderna), y otras, de orientación no objetiva, centradas en temas de actualidad sociopolítica (
El Socialista) o de contenido cultural (
Helios). No obstante, la diferenciación anterior debe entenderse en cuanto a orientación e intención general de la publicación, pero es muy frecuente que en la práctica se combinen artículos meramente informativos con otros críticos.
Otro criterio que puede considerarse se refiere al propio aspecto externo de la publicación, a la importancia concedida a las ilustraciones. Los extremos en esta diferente consideración lo representan dos publicaciones que llevan en su propio título la marca que las define:
La Ilustración Española y Americana, en la que los grabados y fotografías ocupan un lugar privilegiado, y
La Lectura, en la que ni el más mínimo adorno gráfico parece querer distraer de su declarado fin. En posición intermedia se encuentran los diarios, que incluyen fotografías de personajes y acontecimientos; y algunas publicaciones que conceden especial importancia al dibujo caricaturesco (
Madrid Cómico, Gedeón). El cuidado en la presentación distingue a los diarios, limitados por la urgencia de la información, de la mayoría de las revistas, algunas tan cuidadas como
Helios, cuyos fascículos permitían su fácil encuadernación.
En los años finales del siglo se observa también una evolución en cuanto a los géneros periodísticos: los antes predominantes
artículos de fondo (o de opinión) van siendo relegados en los diarios en favor de la mera
noticia informativa, si bien siguen ocupando un importante lugar en las revistas especializadas. El
reportaje toma posiciones, dando cuenta ampliamente de un tema de actualidad, a menudo acogiendo distintos puntos de vista (mediante breves entrevistas a los interesados) y auxiliado por la fotografía, que pone ante los ojos del lector la realidad externa del tema tratado. También aumentan su espacio las
entrevistas a personajes de la vida pública o de la actualidad cultural y hace su aparición la
encuesta (el término aún no está fijado), bien dirigida a personalidades expertas en el tema propuesto o bien, abierta y libre, para que cualquier lector pueda dar su opinión. Otro género triunfante en la prensa del fin de siglo es la
crónica, breve comentario personal sobre un tema de actualidad; las hay de tema político, literario o, simplemente, cotidiano. En 1906, Rafael Mainar, en su libro
El arte del periodista [Barcelona, Gallach, 1906.
Cfr. Alonso: 1998, 187-188] celebra el éxito de este nuevo género:
La crónica es comentario y es información; la crónica es la referencia de un hecho en relación con muchas ideas; es la información comentada y es el comento como información; es la historia psicológica o la psicología de la historia. La crónica es el trabajo de síntesis del periodístico trabajo.
En ocasiones, las crónicas resultan ser un antecedente de los actuales editoriales (así ocurre con la "Crónica política" de
La Ilustración Española y Americana) o fundamentados y distanciados artículos de crítica (como las "Crónicas literarias" de Gómez Carrillo, en
La España Moderna); pero no menor interés tienen las crónicas impresionistas publicadas en las revistas literarias o en las "amenas": estas crónicas, escritas en tono desenfadado y con un estilo ameno y cuidado, poseen un enorme interés sociológico, pues nos informan de cómo la gente corriente encaraba en la realidad asuntos cotidianos, a veces aparentemente fútiles (la moda, la alimentación, el deporte...) Los
artículos culturales tienen cabida no sólo en las revistas especializadas, sino también en los diarios: biografías o retratos de personalidades de la vida cultural, críticas de arte o de literatura... Herencia del siglo que declina, diversos diarios y revistas reservan un espacio fijo al
folletín, que puede recortarse y coleccionarse hasta constituir una novela en su integridad. Por último, conviene hacer referencia a la sección amena (chistes, chascarrillos, versos satíricos, pasatiempos...) y a la publicidad, que suele ir condensada en las páginas finales.
Dado que el interés que ahora nos guía es la revisión del papel desempeñado por las publicaciones periódicas en la cultura -y más concretamente, en la literatura- de los años en torno al cambio de siglo, se impone ahora un repaso de las publicaciones que mayor aportación suponen en este sentido, desde la menor de los diarios a la más amplia de las revistas literarias.
Los diarios y la cultura Los diarios, ocupados especialmente en la actualidad sociopolítica del momento, apenas dedican espacio al desarrollo literario [
Alonso: 1998,
García Torres: 1982]. Los de mayor difusión en ese momento (
El Liberal, El Imparcial, El Globo, El Heraldo de Madrid...) destinaban el escaso espacio reservado a la literatura a la mera información bibliográfica, la crítica literaria y muy poco a la creación. Un repaso de los periódicos de mayor difusión permitirá dar una idea de su relativa aportación a la cultura.
El Imparcial, uno de los periódicos veteranos del momento, abrió sus puertas a la literatura inaugurando un suplemento que habría de ser imitado luego por otros periódicos:
Los Lunes de El Imparcial: se comenzó a publicar el 27 de abril de 1874, bajo la dirección de Fernanflor y, desde 1879 por Ortega Munilla. Su extensión era variable: una o dos páginas en las últimas planas del periódico; en los "Lunes" tuvo Valera una "Tribuna literaria" y Clarín su "Revista literaria" (hasta 1900), en las que pudieron dar cuenta de la actualidad del momento en dicho terreno. También fueron apreciables en el campo de la crítica las colaboraciones de Eduardo Gómez de Baquero, Andrenio, y de Emilio Bobadilla, Fray Candil. Tuvieron sección propia dedicada a la crónica Luis Taboada y Mariano de Cavia, con sus "Chácharas", entre estas últimas cabe destacar una dedicada a "El estilo modernista" (24-VIII-1903). Se prestó bastante atención a la literatura extranjera, con artículos críticos sobre Ibsen y Tolstoi, por Manuel Bueno; sobre Daudet, por Luis Bello; y sobre Nietzsche y Gorki, por Pío Baroja. En el terreno de la creación literaria conviene mencionar la frecuente colaboración de Luis de Tapia con sus poesías festivas y el espacio dedicado al folletín, en el que se publicaron, por ejemplo, las Sonatas, de Valle-Inclán (1902-1904)
El Liberal había sido fundado en mayo de 1879 por un grupo de periodistas procedentes de El Imparcial, con vocación preferentemente informativa, por lo que el espacio reservado a la literatura es bastante limitado. No obstante, a imitación de los de El Imparcial, Fernanflor crea en 1879 Los Lunes de El Liberal, que al año siguiente pasan a llamarse "Entre páginas" y a extender su periodicidad a dos días (miércoles y domingos). La finalidad declarada de este suplemento era prestar a la actualidad artística, literaria y científica la misma atención concedida a la política.
Entre los folletines publicados en El Liberal, destaca Garuda o la Cigüeña blanca, de Valera (1898). El otro apartado con cierta importancia en la creación es el de la narrativa breve, que tiene sección propia: "Cuentos ajenos", "Cuentos propios" y "Cuentos chicos". Además se convocaron varios concursos de cuentos. También es relevante el espacio de la crónica, que tuvo sección propia entre1896 y 1902, con la colaboración de E. Pardo Bazán, Eusebio Blasco, Gómez Carrillo, Luis Bonafoux, Alejandro Sawa, Joaquín Dicenta, Antonio Zozaya... El que mayor continuidad tuvo en este apartado fue Antonio Palomero (1897-1900). En 1903, Antonio Zozaya, publica "Retrógrados e inconsecuentes" (8-III-1903), crónica antimodernista. La crítica literaria está presidida por la colaboración de los respetados Juan Valera, que reseña varias obras de autores hispanoamericanos, así como las Odas", de Eduardo Marquina (19-III-1900); y Emilia Pardo Bazán, que se centra en la obra de Juan Valera (28-XI-1897). De los jóvenes, destacan las reseñas de Eduardo Gómez Carrillo a Joaquín Dicenta (12-VI-1902) y de Manuel Machado a Gómez Carrillo (12-VI-1902). Mayor es la atención prestada a la literatura extranjera con artículos sobre Baudelaire, Victor Hugo y Puskin, por Manuel Reina; Daudet, Verlaine, Moréas, por Gómez Carrillo; etc.
El País había sido fundado en 1887 con declarada orientación republicana. A imitación de ¨Los Lunes de El Imparcial", salió a la luz entre el 6 de marzo y el 19 de junio de 1899 la "Hoja literaria de El País", también los lunes. Mayor continuidad tuvieron las "Páginas dominicales", inauguradas en octubre de 1904. En general, el espíritu aperturista de la redacción hizo que el periódico se mostrara expectante y favorable a las nuevas tendencias literarias, aunque luego las relaciones concretas con algunos jóvenes intelectuales fueron poco satisfactorias y duraderas: Martínez Ruiz fue expulsado en 1897, Maeztu dejó de colaborar en 1901 y Baroja colaboró esporádicamente. La presencia de Rubén Darío debió de influir en la consideración favorable del Modernismo: además de un artículo sobre Mallarmé, en que se divulgaban algunas claves del simbolismo, publicó un artículo sobre "La joven literatura" (15-5-1899), en que repasa las aportaciones de Ganivet, Benavente o Manuel Bueno, entre otros. En defensa del Modernismo, matizando bien su verdadero sentido y renegando de encasillamientos de escuela, se publican sendos artículos de José María Llanas Aguilaniedo ("Modernismo estético", 15-V-1899) y de Manuel Machado ("Eso del Modernismo", 20-3-1903). Críticas concretas favorables se dedicaron a “Vidas sombrías" y “La casa de Aizgorri", de Pío Baroja, por Camilo Bargiela (12-III-1900) y por Antonio Gil Campos (10-XI-1900), respectivamente; "Manuel Bueno: Almas y paisajes", por Maeztu, (4-VII-1900); a “Sonata de otoño", de Valle-Inclán, por Manuel Ciges Aparicio (16-III- 1902); a “Soledades, poesías" de Antonio Machado, por Juan Ramón Jiménez (21-II-1903); a las “Rimas" y a las “Arias tristes", de Juan Ramón Jiménez, por Manuel Machado (3-IV-1902) y por Antonio Machado (14-III-1904); a “Teatro. Tomo I", de Benavente, por Antonio Machado (12-II-1904); etc.
El terreno de la creación está atendido en El País sobre todo en el terreno narrativo. En el espacio reservado al folletín destaca la publicación de La Fontana de oro de Pérez Galdós (1900) y Del cautiverio, de Manuel Ciges Aparicio (1903). Hay, además, varias secciones de relatos, bajo los epígrafes de "Cuentos del Lunes, Martes..., "Cuentos políticos", "Cuentos nuestros", "Cuentos de aquí y de allá". El exitoso género de las crónicas se ve enriquecido por la serie de "Crónicas" de Martínez Ruiz (1897); las "Cabriolas" de Pío Baroja (1899-1900); y otras varias debidas a las plumas de Manuel Bueno (1898-99), de Claudio Frollo (1897-1899) y Antonio Palomero (1897-1900), entre otros.
El Globo, que había sido fundado en 1875, abre el espacio reservado al folletín a los nuevos valores, publicando Silvestre Paradox (1990-1901) y La busca (1903), de Pío Baroja. Sección fija, dedicada a la crónica, tienen Manuel Bueno, con sus "Crónicas volanderas" o simplemente "Volanderas" (1897-1901) y Ramiro de Maeztu (1901-02). Con el seudónimo de Lorena publica Bueno semblanzas y críticas de Rubén Darío (26-I-1899), Eduardo Marquina (13-III-1900), Valle-Inclán (2-IV-1900) y Vicente Blasco Ibáñez (12-III-1900). Los dos autores extranjeros de mayor repercusión en la España del Fin de siglo, merecen artículos de Alejandro Sawa, "Verlaine. Líneas de aniversario" (29-XI-1902) y de Pío Baroja, "El éxito de Nietzsche" (16-IX-1899). También son elogiados Zola, Leopardi y Mallarmé, por Manuel Bueno.
En La Correspondencia de España se publicaron numerosos "Paliques" de Clarín (hasta 1901), crónicas de Manuel Bueno (desde 1899), Claudio Frollo (seudónimo de Ernesto López Fernández,1899), Ramiro de Maeztu (1901-02) y Eduardo Zamacois.
La prensa socialista
Es obvio que si el gran cambio que se produce en la prensa española en las últimas décadas del siglo XIX se debe sobre todo al hecho de estar sometida a la tensión del mundo empresarial, a los condicionantes que impone la ley de la oferta y la demanda, sólo pueden mantenerse al margen de dichos condicionantes los periódicos nacidos como órgano de expresión de partidos o facciones políticos, que cuentan de entrada con un público lector garantizado y específico. Los dos principales periódicos partidistas fueron El Socialista, fundado en 1886, órgano del PSOE y La Lucha de Clases, también vinculado al PSOE, pero publicado en Bilbao (1894-1937). Ambos dedicaron un cierto espacio a la difusión literaria, normalmente de orientación afín a sus intereses [Bellido: 1993].
El Socialista había sido fundado en Madrid por Pablo Iglesias, en marzo de 1886, con carácter de semanario (en 1913, se convertirá en diario). Es especialmente en su número extraordinario del 1º de Mayo cuando abre sus puertas con generosidad a la creación literaria, que comparte el protagonismo con los artículos de fondo, ambos en perfecta armonía de contenido o de ideología. El género más favorecido es el poético; se publicaron poemas de Sinesio Delgado, Vital Aza, Luis de Ansorena, Alvaro Ortiz, Eduardo Benot, Eusebio Blasco... Resulta curiosa la atención prestada a los autores de épocas pasadas, como Cervantes, Quevedo, Tomás Iriarte, Juan Pablo Forner, Torres de Villarroel, Quintana...
La Lucha de clases comenzó su publicación el 7 de octubre de 1894, con periodicidad semanal. Entre 1894 y 1897 contó con la colaboración de Miguel de Unamuno, aunque siempre con artículos de reflexión o con breves ensayos. En casi todos los números este semanario dedica un espacio a la creación literaria, particularmente a la poesía. En 1896 se publicó en forma de folletín la novela de Timoteo Orbe Almas muertas, luego editada con el título definitivo de Redenta. Se publican poesías de Valentín Hernández, Alvaro Ortiz, Sinesio Delgado, Donato Luben, Eusebio Blasco, Vital Aza, Eduardo Benot, Vicente Medina, Miguel Ramos Carrión... ; y de los hispanoamericanos Manuel Ugarte, Díaz Mirón, Santos Chocano...
Las revistas culturales
Dado que el interés prioritario de este tipo de publicaciones era la extensión de la cultura, en general, y de la literatura, en particular, este tipo de revistas resulta ser el mejor reflejo del clima literario del momento, de su desarrollo y de su vitalidad. No obstante, la relevancia de las distintas revistas en este sentido es muy desigual, porque les guían intereses muy diferentes. A continuación veremos una muestra representativa de algunas revistas, así como de sus intereses y su repercusión en el ambiente literario del Fin de siglo.
Una empresa cultural: La España Moderna
La definición de esta revista como "empresa cultural" responde a su doble realidad: por una parte, el intento valeroso y riguroso de crear una revista orientada a la difusión de la cultura; por otra parte, dicha revista surge en el marco de una sociedad mercantil y sometida a sus leyes. Creo que al fundador de La España Moderna, José Lázaro Galiano, le guía sinceramente el noble ideal de extender la cultura, pero también la visión realista de que como producto que es, su revista depende de un mercado. El éxito de la empresa se evidencia no sólo en la larga vida de la revista (de 1889 a 1914), sino en la ampliación del negocio a empresa editorial. José Lázaro Galiano fue el único director durante los veinticinco años de vida de la revista.
La España Moderna se imprimía en papel de buena calidad y pequeño formato, lista para encuadernar en forma de libro. Los temas que trataba eran sumamente variados (Sociología, Psicología, Derecho, Arte, Antropología criminal, Historia literaria, Lingüística...) y puede afirmarse que esta revista cumplió una importantísima función como divulgadora de las nuevas corrientes y teorías que se desarrollaban en Europa, mucho antes de que las obras originales fueran traducidas. Unas veces se ofrecía directamente a los autores extranjeros, mediante la traducción de artículos suyos, y otras veces, admiradores españoles ofrecían recensiones de sus teorías. De una u otra forma, La España Moderna dio a conocer las nuevas corrientes: la filosofía de Nietzsche, Cesare Lombroso y su antropología criminal, Ernesto Renán (con su interpretación racionalista del fenómeno religioso), Flammarion y sus estudios sobre fenómenos paranormales, así como las modernas corrientes críticas.
Dos secciones fijas contribuyen también a la difusión de la ciencia y la cultura extranjera: "Notas bibliográficas", que daba cuenta de las nuevas publicaciones en materias especializadas -Derecho, Sociología, Antropología, Psicología-, con breves comentarios debidos a plumas varias (fueron las más asiduas las de Adolfo Posada y Pedro Dorado Montero); y "Revista de revistas" -desde el nº 116 (1898)-, a cargo de Fernando Araujo, que realiza una selección y síntesis de artículos procedentes de revistas extranjeras y de diversas materias (Psicología, Crítica literaria, Ocultismo, Política internacional, Costumbres...)
La actitud de La España Moderna hacia la literatura del día no fue muy comprometida, en cuanto que no dio cabida en sus páginas a las creaciones de los jóvenes autores. Sin embargo, desde sus secciones críticas se mantuvo atenta a todas las novedades, con una actitud objetiva y desinteresada. En el primer año de vida de La España Moderna, Clarín se encargó de una "Revista literaria", pero su colaboración no se prolongó. Mayor duración e importancia tuvo la sección "Impresiones literarias", que tuvo a su cargo Francisco Villegas durante tres años (1891-1894), en la que pasó revista a las novedades literarias que se iban produciendo. Pero en el apartado crítico, la labor más meritoria se debió a Eduardo Gómez de Baquero (años después célebre con el seudónimo Andrenio), con su "Crónica literaria" (desde1895)-, en la que pasa revista, con objetividad y, a la vez, comprensión, tanto a los escritores famosos como a los que empezaban a apuntar en el panorama literario español. Gómez de Baquero lleva a cabo en sus artículos algunos planteamientos generales, que nos desvelan las cuestiones que preocupaban a los escritores, tales como "Del predominio de unos géneros literarios sobre otros" (núm. 152), las "Miserias de la profesión literaria" (núm. 205) o "Cuestiones mixtas de moral y literatura" (núm. 205). El panorama general de la literatura española es abordado en diversos aspectos: las distintas tendencias que apuntan, en "Varios poetas" -Vital Aza, Manuel Reina, Arturo Reyes- (núm. 103); o "De la influencia de los escritores extranjeros en la literatura española contemporánea" (núm. 173). Las críticas a autores concretos va desde los autores ya consagrados (Núñez de Arce, Valera, Balart, Pérez Galdós, Palacio Valdés) hasta los más jóvenes (Manuel Machado, Francisco Villaespesa, Juan Ramón Jiménez, Rubén Darío, Gómez Carrillo, Santiago Rusiñol, Felipe Trigo...) Respecto a la juventud literaria mantiene una postura serena y comprensiva: justifica su forma de rebeldía por las circunstancias que le ha tocado vivir, sabe discernir lo positivo y lo original del modernismo de los excesos de los imitadores, a la vez que censura las burlas indiscriminadas por parte del vulgo.
La creación literaria no tiene un lugar privilegiado en La España Moderna y, además de escaso, está ocupado en su mayor parte por autores extranjeros. Se publican obras, entre otros muchos, de Zola, Sainte-Beuve, T. Gautier, Tolstoy, Daudet, Richepin, Flaubert, Carducci, Turguenef, Dostoievsky, los Goncourt, Dumas, Musset, Merimée, Balzac, Maupassant, M. Gorki y Oscar Wilde. El único espacio de la revista dedicado al género dramático está reservado para la reproducción de dos obras de Ibsen (Los aparecidos y Hedda Gabler). Pocos son los autores españoles que publican relatos en La España Moderna: Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós, José Echegaray ("Recuerdos"), Juan Ochoa, Palacio Valdés, José Zahonero, José Mª Matheu y Eugenio Sellés. Durante casi dos años, Romualdo Nogués y Milagro, bajo el seudónimo "Un soldado viejo", publicó seriadas las Aventuras y desventuras de un soldado viejo natural de Borja. Más abundantes son las colaboraciones poéticas de los españoles: José Mª Palacios, Querol, Vital Aza, Emilio Ferrari, Campoamor, Gabriel y Galán, etc. Como se ve, están totalmente ausentes las firmas de los poetas modernistas, oportunidad que sí se concede a los modernistas del otro lado del Atlántico, gracias a la sección "Poetas americanos", en la que publican José Santos Chocano, Rubén Darío, Gutiérrez Nájera, Jose Asunción Silva, Manuel Ugarte, José Manuel y Salvador Díaz Mirón...
Aunque el apartado dedicado a la creación literaria española fue muy limitado, éste se amplía considerablemente si incluimos el reservado al ensayo: Unamuno, por ejemplo, publicó aquí ensayos tan importantes como "En torno al casticismo" (núm. 74, 75, 76, 77 y 78), "La regeneración del teatro español" (núm. 91), "Acerca de la reforma de la Ortografía castellana" (núm. 96), "La vida es sueño: reflexiones sobre la regeneración de España" (núm. 119), "La reforma del castellano" (núm. 154), "La Educación" (núm. 158), "Contra el purismo" (núm. 169), "El individualismo español" (núm. 171), etc. Otros ensayistas habituales fueron Rafael Altamira, Adolfo Posada, Rafael Salillas, Pedro Dorado... Con la colaboración de todos ellos, La España Moderna consiguió labrarse un prestigio no sólo en el ámbito cultural, sino también en el de actualidad sociopolítica, al abrirse a los temas más candentes. La España Moderna fue, pues, un importante caldo de cultivo para el ensayismo derivado de la crisis del Fin de siglo.
Un periódico comprometido con la política y la cultura: Germinal
Germinal es el más claro ejemplo del equilibrio logrado entre el compromiso político y el cultural. En cuanto al primero, queda evidente desde el primer número, en que declara su orientación socialista republicana; pero hay que advertir que no nace financiado por ningún partido en concreto, lo que le da independencia de criterio. Dada su periodicidad semanal, su objetivo en el terreno político no era tanto la información como la opinión. Germinal salió a la luz el 30 de abril de 1897 y prolongó su vida dos años. En 1903 volvió a publicarse como diario de la tarde, pero muy alejado ya del contenido y de los intereses iniciales.
Germinal estaba editado en papel prensa y gran formato, ilustrado por retratos de personajes ilustres o por reproducciones de obras artísticas o de fotografías alusivas a cuestiones sociales. En su primera etapa (hasta el número 24) el redactor jefe era Joaquín Dicenta (sustituido luego por Nicolás Salmerón y García) y el equipo de redacción estaba formado por Antonio Palomero, Ricardo Fuente, Rafael Delorme, Rotuney, Manuel Paso y Eduardo Zamacois. Eran también colaboradores habituales Ernesto Bark, A. de Santaclara y Maeztu. El título del semanario remitía a la obra de Emile Zola y al ideal que ella representaba y que los redactores asumían en concreto para España. Pero si bien es cierto que el interés declarado era influir en la marcha de la sociedad española, con la bandera del socialismo como guía, Germinal no se limitó al propagandismo político sino que aspiró a un cambio en profundidad, que atendiera a la regeneración espiritual del hombre y de la sociedad tanto como a la material.
En cuanto a sus ideas políticas, en el primer número se publica "Nuestro programa", sintetizado en catorce artículos, que coincide en gran medida con cualquier programa socialista. Estos son los puntos fundamentales: 1. Sistema democrático; 2. Justicia gratuita; 3. Autonomía administrativa del municipio; 4. Obligación de todos los ciudadanos de servir a la patria con las armas; 5. Renovación del código civil para la nacionalización de bienes por muerte intestada; 6. Instrucción primaria gratuita y obligatoria; 7. Fiscalización del Estado en el régimen del trabajo industrial y agrícola; 8. Reversión al Estado de todo capital improductivo por voluntad del dueño o por carencia de medios de explotación; 9. Derecho a la vida y a los medios para que sea digna; 10. La pena como reparación del daño y medio de corrección del culpable; 11. Creación del Ministerio del Trabajo, como centro de las reformas sociales; y 12. Derecho al trabajo.
Al margen de declaraciones expresas, a través de los múltiples artículos sobre tema sociopolítico pueden verse los asuntos que más les preocupaban y la orientación que les daban. Uno de los temas más frecuentes es la cuestión religiosa, con una separación tajante: por un lado, el sentimiento religioso, que es respetado y aun potenciado; por otro, la relación Iglesia-Estado, que es criticada y combatida. A la histórica unión de los poderes públicos y religiosos en España se le achacan todos los males del país, por lo que debe ser combatida. Ernesto Bark (núm. 21) llega a afirmar que la nefasta marcha de la economía del país depende del problema religioso, por dos factores: la enorme carga económica que le supone a España el sostenimiento de los clérigos de la península y aun los de Cuba y Filipinas, y el espíritu antiprogresista de la Iglesia, que frena cualquier reforma en los terrenos de la ciencia, la industria, la agricultura o el comercio. Bark deja claro que no ataca "la religión, sino a Roma" y que él no es enemigo de los sentimientos religiosos, pero que éstos son algo íntimo y personal, que no debe influir en la marcha de la sociedad. De hecho, la revista acoge frecuentemente artículos de opinión, relatos o poemas de contenido religioso.
Otra tema que aparece con frecuencia es la represión política y, más en concreto, la situación de los presos de Montjuich, anarquistas encarcelados con motivo de la explosión de una bomba durante la procesión del Corpus. La amplitud de las detenciones y la dureza de las condiciones en prisión suscitó una viva polémica, en la que nuestros intelectuales no se inhibieron (de hecho, parece que fue por entonces y asociado a este asunto cuando comenzó a utilizarse este término en España, como sustantivo y con el sentido actual). Se suceden artículos en favor de los presos en los números 14, 22, 26, 27 y 28 de Germinal.
Los redactores de Germinal tienen conciencia de pertenecer a la gente nueva y tienen sus esperanzas puestas en la modernidad que traerá el siglo XX. La inquietud por la reforma político-social discurría paralela a la preocupación por el cambio de mentalidad del individuo; o mejor, éste se sabía indispensable para afrontar un cambio a gran escala. Así pues, Germinal concede una gran importancia a la difusión de la cultura, a la instrucción general y a la educación de la sensibilidad. Por todo lo anterior, los germinalistas se mostraron muy favorables a las nuevas tendencias literarias. Si bien es cierto que a menudo el tema de las colaboraciones literarias es de fondo social, esto no es condición indispensable para ser admitidas. En la sección "Cuentos nuestros" colaboraron Julio Burell, Pío Baroja, Valle Inclán, Eduardo Zamacois, Eusebio Blasco, Nicolás Salmerón, Antonio Palomero, Ramiro de Maeztu. Paralela a ésta, la sección "Cuentos de todo el mundo" acoge relatos de E. Zola, P. Mantegazza, P. Adam, J. Richepin...
Publican poesías Joaquín Dicenta, Arturo Reyes, Eusebio Blasco, Antonio Palomero, Ramón de Campoamor, Benavente, Salvador Rueda, Manuel Reina y Ramiro de Maeztu, entre otros. Se publican poesías de varios poetas franceses -a los que se dedica especial atención en los números 10 y 11 de la revista-: Victor Hugo, Gautier, Prudhomme, Richepin, Rollinat y A. Silvestre. Son también frecuentes las traducciones de Stecchetti y Leopardi. Seriada se publica la obra dramática Baal, de A. F. Pisemsky.
Un periódico festivo: el Madrid Cómico
De las publicaciones periódicas festivas, las más representativa resulta Madrid Cómico, tanto por su larga vida como por su amplia tirada, datos ambos que demuestran el interés despertado por este periódico. Había sido fundado en Madrid, en 1880 y su vida se prolongó hasta 1902, con breves interrupciones. En 1905 reapareció, pero la aventura sólo alcanzó veintiséis números. Este semanario estaba editado en gran formato y en papel prensa; tan característico como su contenido literario festivo, era el aspecto gráfico, con ilustraciones, casi siempre caricaturescas, a cargo de dibujantes tan importantes como Cilla, Mecachis o Pons, entre otros. En Madrid Cómico aparecieron caricaturas de los escritores más celebrados del momento (Echegaray, Pérez Galdós, Clarín, Pardo Bazán, Pereda, Valera, Núñez de Arce...), pero se prestó escasa atención a los jóvenes valores (Valle-Inclán).
La mayor parte de la vida de este periódico se hizo bajo la dirección de Sinesio Delgado y los colaboradores habituales eran Juan Pérez Zúñiga, Luis Taboada, Vital Aza y otros humoristas. Este semanario ilustra muy bien los gustos de una mayoría de lectores que busca la diversión y el entretenimiento: la política, los problemas sociales o la cultura les interesan sólo desde el prisma del humor, fin a cuyo servicio se pone la literatura. Hubo, no obstante, dos intentos de renovación; el primero al acceder a la dirección Luis Ruiz Velasco, en 1897: en su aspecto externo el periódico se moderniza, reduciendo el formato e incluyendo el color en la portada. En el contenido, se quiere dar una mayor importancia a la literatura, hasta el punto de que se ofreció la dirección a Clarín (éste la aceptó, pero la ocupó poco tiempo, alejado como estaba de Madrid). El segundo intento, mucho más serio y efectivo, se produjo al asumir la dirección Jacinto Benavente, en septiembre de 1898: en el aspecto externo, los nuevos aires se manifiestan en las ilustraciones de gusto modernista que comparten el espacio con las habituales caricaturas y chistes gráficos; en el contenido, se hace notar un mayor interés por lo literario, con nuevas secciones y nuevos colaboradores (Martínez Sierra, Martínez Ruiz, Gómez Carrillo...) Pero esta aventura renovadora duró poco y en octubre de 1897, Madrid Cómico recupera su antigua personalidad.
El contenido literario de Madrid Cómico tenía dos vertientes, una creativa y otra crítica. El género literario predilecto era la poesía, o dicho con mayor precisión, las colaboraciones más frecuentes estaban escritas en verso; su contenido era muy variado y muy a menudo, el poema estaba motivado por algún suceso de la actualidad, desde delitos a estrenos teatrales, o satirizaba costumbres sociales; pero fuera cual fuera su tema, la orientación solía ser humorística. Los versificadores más asiduos fueron Sinesio Delgado, Pérez Zúñiga, López Silva, Vital Aza, Eduardo de Palacio... Por contra, en la etapa en la que Jacinto Benavente fue el director, se publicaron poemas de Rubén Darío, Manuel Machado o Juan Ramón Jiménez. Junto a la poesía, también eran habituales relatos o historietas dialogadas; entre los cuentos, cabe destacar los publicados por Clarín. Bajo la dirección de Benavente, Martínez Ruiz se encargó de una "Gaceta de Madrid", en la que comentaba, desde un punto de vista personal, aspectos de la actualidad política y social de la capital; y Gómez Carrillo publicó también sus crónicas impresionistas sobre usos y costumbres sociales.
En el terreno literario, el mayor interés del Madrid Cómico para la historia de la literatura reside en su dimensión crítica. Desde el Madrid Cómico se pasó revista a las novedades literarias que iban apareciendo, se satirizó las nuevas modas y modos literarios y, quizá por esa misma actitud censora e intransigente, se desarrollaron allí algunas sonadas polémicas. La actitud antimodernista del Madrid Cómico se agudizó cuando Benavente dejó la dirección del periódico y los colaboradores habituales retomaron las riendas. Entonces se publicaron los artículos más intransigentes y satíricos. Los críticos más habituales y famosos del Madrid Cómico fueron Clarín y Emilio Bobadilla, Fray Candil.
Clarín desarrolló gran parte de su labor crítica en el Madrid Cómico, allí fue publicando sus "Paliques", hasta su muerte, en 1901. En ellos, elogia a los escritores ya consagrados, especialmente a Valera y Pérez Galdós, y defiende a los poetas del Madrid Cómico. De los autores realistas, con quien más riguroso se muestra es con Emilia Pardo Bazán. A partir de 1893, comienza a fijarse en los autores que representan una corriente de renovación, primero en Salvador Rueda (con bastante rigor e incomprensión) y después, en los más jóvenes. Cuando critica las nuevas modas literarias se muestra severo e intransigente y asoma su vena satírica; pero en la crítica concreta a algunos autores representativos del cambio que se está produciendo (Benavente, Martínez Ruiz, Valle Inclán, Eduardo Marquina), adopta un tono condescendiente, censurando sus excesos, que considera como un "sarampión" juvenil, y mostrándose esperanzado de que, una vez asentados, retornen a los caminos del clasicismo y del tradicionalismo.
El otro crítico asiduo de Madrid Cómico es Emilio Bobadilla, Fray Candil, con su sección de "Baturrillos", en donde se muestra muy severo. Criticó duramente a los escritores hispanoamericanos que caían en los excesos modernistas. También censuró obras de Unamuno y de Martínez Ruiz; en cambio, elogió ampliamente a Maeztu. Otros escritores importantes que publicaron artículos críticos fueron Martínez Ruiz (sobre Tres Ensayos de Unamuno); Ramiro de Maeztu (censurando a Martínez Ruiz su "pose" frente al éxito de Electra); o Gregorio Martínez Sierra (celebrando Camino de perfección, de Baroja).
Desde el Madrid Cómico, Clarín sostuvo varias polémicas; las más importantes, con Manuel del Palacio, con Fray Candil y con Francisco Navarro Ledesma. La primera se desarrolló en 1889, con cuatro artículos por parte de Clarín, que se burla del medio poeta, como ya antes lo había llamado, y llega al insulto personal calificando a Manuel del Palacio de "tontiloco". Este responde con mayor respeto y mesura (un solo artículo), en actitud defensiva, pero culpando a Clarín del tono de disputa callejera que ha tomado la polémica. Parece ser que al final tuvo que intervenir el director del periódico para que acabara esta disputa.
También con Fray Candil mantuvo Clarín una agria polémica. En un artículo en el que Clarín satirizaba al Padre Muiños, hablando de curas, hizo una breve e irónica alusión a Fray Candil. Dos números después, éste enviaba a Madrid Cómico un artículo y en nota de la dirección se explicaba que, habiéndose sentido aludido su autor, había rogado que se publicara su réplica. Así comenzaba una polémica que se prolongó durante seis números más. Fray Candil llamó viejo a Clarín y afirmó que estaba agotado literariamente, instándole a que se retirara. Clarín se defendió atacando, llamando a Fray Candil refractario, declasé y raté. También en esta polémica, ahora entre dos asiduos colaboradores de Madrid Cómico, tuvo que terciar su director, Sinesio Delgado.
La tercera polémica se inició en el Madrid Cómico, pero se desarrolló realmente en otro periódico satírico, Gedeón. Clarín escribió un "Palique" contra este periódico y, en concreto, contra su director, Navarro Ledesma. Este reaccionó de manera muy violenta, con una serie de artículos, repletos de acusaciones personales muy concretas.
Para un lector actual, Madrid Cómico no despierta demasiado interés. Su humor ha perdido su efectividad, anclado en unos chistes de época o en un costumbrismo trasnochado. Su interés queda casi reducido a haber sido el campo de batalla de la reacción del convencionalismo y del conformismo burgués contra las innovaciones modernistas.
Una revista "del corazón": La Vida Galante
La Vida galante es una revista vitalista, consagrada al amor y a todo aquello que puede hacer la vida más grata: el fino humor, la belleza, los espectáculos... Le he dado el calificativo de "revista del corazón" porque éste es su objeto y su fin (todo gira en torno al sentimiento, al amor); pero también porque, en cierto sentido, podría considerarse un antecedente de las actuales revistas del corazón puesto que busca entretener a un amplio público sin grandes pretensiones culturales. La diferencia está en que mientras que en las actuales el interés prioritario es la información sobre las celebridades de la vida pública, en La Vida galante ésta es una parte secundaria frente al interés que suscitan las historietas inventadas. Son frecuentes los artículos en que se da cuenta de la vida o de la personalidad de actores y actrices, ilustrados con fotos de los protagonistas, pero todavía la literatura se impone sobre la vida, la ficción sobre la realidad. El texto comparte el protagonismo con las imágenes visuales; unas veces se trata de escenificaciones del propio texto en estampas y otras, de imágenes independientes: fotografías de actrices o modelos (a menudo ligeras de ropa), reproducciones de pinturas, chistes gráficos... Entre los responsables de la parte artística figuran nombres tan importantes como Julio Romero de Torres o Solar de Alba. El tema de ambos componentes (texto e imagen) gira siempre en torno a la belleza y el amor.
Desde el primer número (6 de noviembre de 1898), la redacción hace explícito el fin y el contenido de la revista, con toda clase de matizaciones: “La Vida galante cultivará el verso festivo, el cuento alegre, volteriano, la crónica que relata los amoríos y enredos más sobresalientes de la sociedad que constituye la flor y nata de las grandes ciudades... Pero sin rebasar nunca los moldes del más acendrado sabor literario, ni incurrir en alardes indecorosos ni en chocarrerías bufas de mal gusto".
A los ojos de espectador actual, esta revista puede resultar inocente y, sin embargo, en su época llegó a ser tachada de "pornográfica", hasta el punto de que en el número 281 (1904) la dirección de la revista publica una carta dirigida al Gobernador Civil de Madrid en la que se queja de la persecución que padecen los vendedores de su revista en Madrid, con amenazas de multa y cárcel. Para la empresa, la acusación de pornográfica que padece su revista es absolutamente injusta y, en cualquier caso, la responsabilidad debería caer sobre la dirección (no sobre los vendedores) y seguirse el procedimiento legal adecuado.
La Vida Galante se publicó inicialmente en Barcelona, aunque era bien distribuida en Madrid. A partir del número 100 (30-IX-1900) se imprimió ya en la capital. Estaba editada en papel de calidad, en formato pequeño y lista para ser encuadernada. Su periodicidad era semanal. El fundador fue Eduardo Zamacois, quien fue sustituido como director, a partir del número 168, por Félix Limendoux, pero la huella de aquél permaneció impresa, así como sus frecuentes colaboraciones. Otras firmas habituales son las de Joaquín Dicenta y Antonio Palomero, así como la del escritor festivo Juan Pérez Zúñiga. Atendiendo a la fecha de aparición, a la lista inicial de colaboradores y al interés corrosivo de la revista, puede suponerse asociada al grupo germinalista. La dirección, aunque no manifiesta explícitamente su compromiso ideológico y menos aún el estético, se muestra abierta a todas aquellas actitudes sociales o artísticas que se opongan a los viejos valores y planteen nuevas alternativas. En el terreno literario, dedica una sección -con el significativo título de "Germinal"- a presentar a las nuevas voces que empiezan a dejarse oír: Arturo Reyes, E. Gómez Carrillo, G. Martínez Sierra, Francisco Villaespesa, Maeztu, etc. En el terreno ideológico, La Vida Galante muestra una actitud muy moderna, burlándose de ciertas actitudes (como el donjuanismo) y de valores morales ya trasnochados y apostando por nuevos comportamientos más sinceros y naturales. Aunque lo frecuente es que este espíritu corrosivo se presente diluido bajo el prisma del humor, lo cierto es que la actitud emergente se adivina mucho más moderna y más favorable a un nuevo tipo de mujer y a unas nuevas relaciones de pareja, basadas en el amor y en la igualdad.
La atención a la actualidad se concreta en las secciones tituladas "La semana" y "De oro y azul", con comentarios desenfadados de los últimos acontecimientos sociales. La vida teatral es un frecuente foco de atención: por una parte, se reserva un apartado crítico a los estrenos teatrales tanto de Madrid como de Barcelona; por otra, son los actores dramáticos las figuras de la vida pública que más interés parecen despertar en los lectores.
El género literario más cultivado en La Vida Galante es el narrativo. Se publican seriadas novelas de A. de Musset, H. de Balzac, Luis Jacolliot y varias de E. Zamacois. Pero, sobre todo, es el relato breve el que ocupa mayoritariamente las páginas de La Vida Galante y el que resulta más definitivo a la hora de mostrar unos nuevos modos de comportamiento social. En los relatos de La Vida Galante se satirizan determinados valores tradicionales y se difunden nuevas actitudes sociales: se contempla con la misma naturalidad el adulterio femenino que el masculino; del crimen pasional se resalta su aspecto más grotesco; se aprecia un nuevo tipo de mujer, decidida y activa, etc. En este sentido, las firmas más comprometidas resultan las de Eduardo Zamacois, Ramón Asensio Más, Juan Pérez Zúñiga, Antonio S. Briceño...
En el género poético predominan los versos humorísticos, pero se van infiltrando también nuevos intereses estéticos. Colaboran Juan Pérez Zúñiga, Francisco Villaespesa, Ricardo Catarineu, E. Fernández Vaamonde, Francisco de la Escalera, Luis Falcato, Félix Limendoux, José Brissa, Miguel Toledano, Manuel Soriano, Juan José Cadenas y Pedro Barrantes. El dramático es el género menos favorecido por la revista. Se publican, no obstante, breves piezas de los hermanos Alvarez Quintero, J. Menéndez Agusty, J. Ortiz de Pinedo, José Francés..., y, en verso, de Vital Aza y José Brissa.
Es posible que algunos receptores de La Vida Galante adquirieran sus ejemplares sólo para recrearse la vista con las fotos de las actrices y cantantes de moda. Es posible que algunos lectores se quedaran en una lectura meramente humorística de su contenido. Pero es seguro que muchos otros sabrían abstraer la propuesta implícita que representaba esta moderna revista.
Una revista juvenil combativa: Juventud
Esta revista es un claro ejemplo de publicación realizada por unos jóvenes que quieren tomar posiciones en el panorama cultural del momento. Para ello, no dudan en criticar con acritud instituciones y personajes públicos y realizar manifestaciones sumamente provocadoras en cuanto a los valores de la sociedad burguesa. ¿Quién forma esa juventud combativa? Las firmas más repetidas son las de José María Llanas Aguilaniedo, Pío Baroja (unas veces con su nombre y otras con el pseudónimo de J. G. Nessi) y Manuel Machado, todos ellos con artículos muy significativos respecto a la posición ideológica o estética de la juventud intelectual. En un segundo plano de importancia aparecen Martínez Ruiz y Maeztu (desde el número 5 y desde el 6, respectivamente). Otros nombres que se repiten son los de Enrique F. Lluria, Viriato Díaz Pérez, Carlos del Río y los regeneracionistas Ciro Bayo, Adolfo Posada y Rafael Altamira. Además hay alguna colaboración suelta de Valle-Inclán, Ramón y Cajal, Joaquín Costa, Francisco Giner, Unamuno, etc.
Juventud se editó en Madrid. Como proyecto juvenil, sin demasiados recursos, su vida fue breve: doce números, entre octubre de 1901 y marzo de 1902. Su aspecto era humilde: pequeño formato y papel de poca calidad; sólo la portada, desde el número 3, aparece ilustrada con el dibujo de una mujer apoyada en un balcón, con fondo de chimeneas de fábricas. A partir del nº 6 se limita a una mujer coronada de laurel.
En el segundo número de la revista se publica una especie de declaración de intenciones, titulada "España por siempre", en la que se manifiesta el "deseo de hacer labor nacional, de estimular las energías latentes de nuestro país, donde tantos son a disolver, a desacreditar y tan pocos a hacer labor constructiva". El punto de partida para pasar a la acción es "fomentar el desarrollo de la personalidad hispana". En suma, se propone conocer bien las peculiaridades de la tierra y las gentes de España -en el fondo, late el concepto del volkgeist hegeliano-, para poder adaptar a ellas las soluciones propuestas. En el número 5, la redacción publica "Juventud. Con rumbo fijo", en el que se especifica más el camino que se va a seguir: sigue siendo prioritario el conocimiento de las peculiaridades de la patria, pero se propone hacerlo de una manera científica y atendiendo sobre todo al aspecto social. Por otra parte, el autoanálisis anterior parece haber llevado a una conclusión definitiva, el atraso que sufre España, fuente de gran parte de sus males. Por eso, la primera solución concreta que se propone es abrirse a Europa, al progreso material y cultural que ella representa.
El afán autoanalítico se traduce en artículos que van desde el interés por la geografía (de Viriato Díaz Pérez sobre distintas comarcas de Salamanca), a ciertas estructuras sociales ("Costumbres vascas: la sociedad agricultora", por Carlos del Río) o al carácter de los españoles (Adolfo Posada "Como somos" y "La puntualidad"; Rafael Altamira, "Psicología Nacional"; M. Salas Ferré, "Psicología del pueblo español"; y Miguel de Unamuno, "¡Qué dulce es la siesta!")
La solución más general que se propone es la europeización de España. Esta debe empezar por el aperturismo en la educación: Enrique F. Lluria, en "Contra la rutina", denuncia el elevado número de analfabetos existentes en España y el escaso presupuesto destinado a la instrucción pública; observa la relación existente en los países desarrollados entre instrucción y progreso y, en consecuencia, insiste en la conveniencia de enviar jóvenes a estudiar en el extranjero. También Joaquín Costa (núm. 3) manifiesta la necesidad de becar a jóvenes españoles en el extranjero. Aspectos concretos de la educación son tratados por Ramón y Cajal y por Francisco Giner ("La idea de la Universidad", núm. 1). En cuanto a las soluciones de tipo económico, en general, se prefiere el modelo de los países del norte de Europa, frente al influjo francés o italiano que predomina en la cultura. Un estudio de diferentes alternativas lo ofrece Enrique Lluria en "La economía moderna" (núm. 2).
Pero, por lo descrito hasta aquí, Juventud no diferiría demasiado en sus preocupaciones y propuestas de otras revistas, como Germinal. ¿Dónde está, pues, su espíritu combativo y provocador? En el tono más agresivo de algunos de estos artículos y, sobre todo, en otros que desvelan actitudes iconoclastas, en temas como la moral o la estética, y con firmas tan importantes como las de Pío Baroja, Manuel Machado o Ramiro de Maeztu.
Pío Baroja responde a la generalizada acusación de anarquismo que padece, explicando su concepto de moral (núm. 10): "Soy un individualista rabioso, soy un rebelde: la sociedad me parece defectuosa porque no me permite desarrollar mis energías, nada más que por eso". Sólo reconoce una fuerza superior a sus instintos, la Evolución; así, en una mezcla de ingredientes darwinistas y nitzscheanos, declara como noción central de su concepto moral que "todo precepto moral que ayude a la evolución es bueno: todo precepto que lo dificulte, es malo"; y, como consecuencia de esta noción central, declara que "el bien y el mal no son absolutos; aceptando para expresarse la palabra derecho, la fuerza tiene más derecho que la debilidad desde el momento que el fuerte promete más a la evolución que el débil; el culto del yo es ventajoso, puesto que el hombre fuerte y ególatra trata de convertir su ley en ley general"; Baroja exalta el individualismo frente a la masa y la rebeldía frente al convencionalismo. Sin duda, la nueva moral propuesta por Baroja escandalizaría al lector medio: subordinar la moral, puntal básico de la sociedad burguesa, al denostado concepto de la evolución provocaría las más furibundas reacciones.
En otro artículo, titulado "Crónica sentimental" (núm. 11), que sigue de cerca la afición finisecular por la literatura intimista de diario, Baroja expone varias impresiones personales, algunas tan inocentes como la sensación que le produce la primavera; pero otras tan provocadoras como su intransigencia hacia los presos, que resultan una carga social, o su oposición a las mujeres "modernistas" y, en general, al progreso. Al final de estas impresiones, declara exaltado: "¡Muera la democracia! ¡Mueran las máquinas! ¡Muera el progreso! ¡Muera la consecuencia en política, en religión y en todo! ¡Viva el caos! ¡Viva el placer! ¡Viva el Sagrado Corazón de Jesús y de María! ¡Españoles al Pilar!" Y concluye su crónica implicando al lector y exhortándole a participar de su misma actitud relativista y corrosiva: "Riámonos de todas estas majaderías; la vida vale poco para tomarla en serio, no tengamos nunca ideas fijas, y tratemos de alcanzar el título más alto que pueda alcanzar un ser humano, y el ser un buen cerdo de la piara de Epicuro".
En el terreno estético, la actitud iconoclasta corre a cargo de Blanco Belmonte, de Maeztu, y, sobre todo, de Manuel Machado. La actitud de M. R. Blanco Belmonte es interesante porque parece constituirse en portavoz de la postura estética de la revista. En el artículo titulado "El fin del arte" (núm. 2), parte primero de un repaso de las posturas más relevantes al respecto: Benlliure, partidario del arte socialista; Unamuno, de un arte útil, docente; Manuel Reina, partidario de la Belleza por encima de todo; y Anatole France que recurre al arte en busca de la felicidad. Después manifiesta su postura personal: el fin del arte "es la creación de obra que responda a las necesidades del espíritu moderno y a las exigencias del momento actual". Así pues, declara que "El Arte nuevo, el Arte joven, nuestro Arte, ha de ser hoy homicida".
Maeztu (núm. 11), como venía siendo habitual en él, arremete contra todo: contra los modernistas y contra los antimodernistas; contra Campoamor, Victor Hugo y contra el propio Quevedo, "deshonra de España"; contra la crítica, en general, y contra los críticos, en particular (Clarín, especialmente). Pero la realidad es que no hace una propuesta concreta. Todo su espíritu iconoclasta se traduce en una abstracta declaración de intenciones: su independencia de criterio, puesto que escribe "de balde", sin los condicionamientos que impone el tenerse que ganar el pan.
Probablemente la propuesta estética más seria y concreta sea la de Manuel Machado. También parte de una rebeldía hacia lo anterior, inicialmente en actitud defensiva. En "El modernismo y la ropa vieja" (núm. 1), se hace eco de las acusaciones que los viejos lanzan contra todo lo nuevo: "Modernista. La palabreja es deliciosa. Representa sencillamente el último gruñido de la rutina contra los pobres y desmedrados innovadores". Manuel Machado pasa enseguida al contraataque: si acusan a los jóvenes, desde posiciones tradicionalistas, de influencias extranjeras, incurren en una contradicción, porque los viejos se quedan en Moratín, que era un afrancesado; o en el Romanticismo, que también provino de allende nuestras fronteras; o en el naturalismo, que es una creación de Zola. El problema, pues, no es el de las influencias foráneas. El problema es que a los viejos les asusta todo lo nuevo, no quieren despojarse de su "ropa vieja" y aceptarán el modernismo..., pero cuando ya sea viejo, cuando ya otros aires se respiren en Europa. En otro artículo, con motivo de la recepción de Benlliure en la Academia de San Fernando, Manuel Machado comenta su discurso, centrado en censurar distintos "ismos", discurso que Machado califica de convencional, hecho para halagar a los académicos. Machado va rebatiendo las afirmaciones de Benlliure, especialmente las que se refieren al anarquismo en el arte, la inmoralidad y la indisciplina de escuelas. Machado ve en estas mismas características el valor del arte moderno: individualismo, exaltación de la personalidad del artista sin estar sometido a mandatos de escuela; y arte como valor absoluto, más allá del bien y del mal.
En correspondencia con la actitud iconoclasta de los protagonistas de Juventud, la creación literaria está a cargo de jóvenes plumas. Apenas se publican poemas; en cambio, el género narrativo está muy bien representado. Publican relatos o capítulos de novelas Valle Inclán, Pío Baroja, Llanas Aguilaniedo, Manuel Machado, Gregorio Martínez Sierra, etc. El único autor extranjero del que se selecciona una muestra de su creación es, significativamente, Baudelaire, con el relato "Apaleemos a los pobres" (núm. 11).
Juventud es una buena muestra del empuje juvenil. Pero en un mundo en el que la prensa había entrado ya en una economía de mercado, la revista nacía con el estigma de su corta vida. Fueron pocos números, pero los suficientes para permitirnos contemplar la actitud iconoclasta en todo su vigor.
Una revista al servicio de la belleza: Helios
Helios nació como un proyecto entusiasta del grupo de amigos que visitaban a Juan Ramón Jiménez cuando éste estuvo ingresado en el Sanatorio de Rosario, en 1903. El artículo inaugural, titulado "Génesis", aparece firmado por Pedro González Blanco, Juan Ramón Jiménez, Gregorio Martínez Sierra, Carlos Navarro Lamarca y Ramón Pérez de Ayala. Junto a éstos, de la parte artística se encargaron desde el principio Edmundo Abel y Emilio Sala. La lista de colaboradores es amplia y selecta. La dicotomía viejos/jóvenes parece superada y en Helios se mezclan las firmas de los autores más prestigiosos (Valera, Pardo Bazán), con las de modernistas militantes (Benavente, Rubén Darío), con las de algunos autores noveles que aspiran a ser oídos (José Ortega y Gasset, Rafael Cansinos Assens). La calidad es la única condición exigida. Helios es una revista modernista, pero en su más amplio sentido, tanto conceptual como geográficamente. Sus responsables se sienten unidos por un mismo espíritu tanto a los escritores del otro lado del Océano (Navarro Lamarca y Pérez de Triana colaboran desde el principio y esporádicamente lo hacen Rubén Darío, Rufino Blanco Fombona y otros) como a los españoles del litoral, los que tienen lengua propia (Jacinto Verdaguer, Santiago Rusiñol y Joan Maragall).
Aunque el entusiasmo y las pretensiones eran grandes, Helios nace con las limitaciones propias de un proyecto privado, no empresarial y por ello, su vida fue breve (de abril de 1903 a mayo de 1904; en total catorce números). Se intentaba cuidar la presentación, pero la precaria situación económica no permitía ornamentaciones y lujos. Estaba editada, eso sí, con gran cuidado, en pequeño formato y papel de calidad, lista para ser encuadernada en forma de libro (de hecho la paginación de los números es consecutiva, por volúmenes). Las ilustraciones eran escasas. La portada representa al dios Helios que conduce sus caballos en veloz carrera. En el interior, las ilustraciones se limitan a orlas de iniciales o a sencillos dibujos de gusto modernista: motivos vegetales enmarañados, serie de gaviotas entrelazadas, o mujeres de inspiración prerrafaelita, como la que encabeza el glosario del mes, vestida con vaporosa túnica con un dibujo de flor de lis y con un tocado del que prende una larga gasa que se resuelve en volutas.
Los propósitos de la revista se exponen de manera explícita en el artículo inaugural y se pueden resumir en cuatro principios: servicio a la Belleza; libertad absoluta; concepción idealista de la poesía (fundir el alma del poeta con la naturaleza); y conciencia de la inefabilidad de la experiencia poética y como única vía de salida, el símbolo.
La Belleza es el ideal absoluto, pero esto no debe interpretarse como una servidumbre al esteticismo formal; al contrario, la concepción idealista que tienen de la poesía les hace creer en una Belleza ideal, que surge de la armonía del poeta con el cosmos. Es una concepción neoplatónica, que trasciende todo materialismo huero. Aunque aquí, como en la cadena plotiniana, se considera la belleza formal como un puente hacia el Ideal, hacia la Belleza, con mayúscula, hacia la armonía y la plenitud más absolutas. En consecuencia, nada puede limitar al genio; él sólo puede dejarse guiar por su intuición, por la inspiración poética: nada de normas coartantes; se proclama la libertad absoluta. Pero precisamente por estar moviéndonos en un terreno de absoluto idealismo, el poeta siente a la vez que sus ansias de aspiración a lo absoluto chocan con la realidad de su materialidad: la palabra es insuficiente para expresar lo ideal; si la vía del significado objetivo es una vía muerta, habrá que recurrir a otras alternativas, la más evidente el redescubrimiento del símbolo.
El simbolismo es la concepción estética sobre la que se levanta el edificio de Helios. Simbolistas son los poemas que se publican de Juan Ramón Jiménez o de Antonio Machado o la prosa poética de Martínez Sierra o Santiago Rusiñol Simbolista es la lectura que hace Juan Ramón Jiménez de Paul Verlaine (núm. 7). Hasta en los autores realistas (Pérez Galdós, Palacio Valdés) lo que se elogia y subraya es también su evolución hacia el simbolismo.
Si bien es cierto que la belleza formal no es el ideal de los responsables de Helios, sino que ésta es considerada sólo un medio, como tal medio guía su proyecto. Helios no depende de la improvisación, sino que responde a un plan preestablecido. Hay secciones fijas, que desvelan los intereses de los redactores en un amplio abanico de temas: los "Glosarios" del mes son una especie de "libro de memorias de la redacción", en el que de forma anónima los responsables de la revista van anotando sus impresiones sobre cuestiones de actualidad o de estética. "Los Libros" da cuenta de las últimas novedades editoriales; se trata de crítica impresionista a cargo de Juan Ramón Jiménez, Martínez Sierra o Pérez de Ayala, preferentemente. "Notas de algunas revistas" selecciona y sintetiza artículos aparecidos en otras publicaciones periódicas que resultan del interés de los redactores. Hay también unos "Apuntes internacionales", casi siempre de contenido político, aunque con un enfoque objetivo y distanciado. "Letras de América" presenta a los poetas modernistas del otro lado del Atlántico. Y existe una interesante sección, a cargo de Margarita María de Monterrey, titulada "Fémina" y dirigida a la nueva mujer; sección que no se centra como otras revistas en la moda, la cocina o el hogar, sino que va dirigida a sus facultades intelectuales; comenta temas de interés humano o social que tienen repercusión en la mujer -"El dinero en el matrimonio" (núm. 1), "De la influencia social del celibato sobre el feminismo. Capacidad política de la mujer" (núm. 3)-, o informa sobre artistas y escritoras -"La misión del artista por Eleanora Duse" (núm. 1), "La poetisa polaca María Konopnitchka" (núm. 2).
El interés prioritario de Helios es, pues, estético. Esto no quiere decir que esté ausente todo planteamiento de tipo político o social. Pero los artículos centrados en estos aspectos presentan unas peculiaridades respecto a los de otras revistas ya vistas. En primer lugar, es frecuente que el tema no esté motivado por un acontecimiento de la actualidad más inmediata, sino que suele tratarse de planteamientos de tipo general y de orientación idealista. Los hombres de Helios se sienten desengañados de las grandes soluciones, de la fe en el progreso material. Ellos proclaman la fe en el individuo, la regeneración personal y por ella la de la Patria. Así pues, en la educación se encuentra la solución a los males endémicos que padece España y, en consecuencia, se presta especial atención a este tema. No obstante, la modernidad y el cosmopolitismo de esta revista, se manifiesta en el planteamiento de algunos problemas, como el del regionalismo, que en otras revistas está totalmente solapado. Aquí se encara el tema, porque se respetan y se fomentan las peculiaridades. En un nivel teórico, plantean el tema Juan Valera (núm. 4) y Pablo Salvat (núm. 10, 11); si bien, es en el nivel práctico, en el de la atención prestada a las manifestaciones específicas de las otras nacionalidades que componen España, en donde mejor se manifiesta dicho interés. Atención especial se presta a la literatura catalana, con estudios críticos dedicados a José Carner y Santiago Rusiñol y con la reproducción de obras de Maragall, Jacinto Verdaguer, Rusiñol, José Carner.
La misma actitud abierta y receptiva muestran los hombres de Helios hacia el pensamiento y el arte de allende nuestras fronteras, tanto mediante estudios o recensiones de obras como en cuanto a la divulgación directa de sus obras. Además del hermanamiento espiritual que se siente hacia la literatura de Hispanoamérica, que se concreta en una sección propia -"Letras de América"-, los hombres de Helios se sienten partícipes de un espíritu común con aquellos autores europeos que caminan también a la busca del ideal: en el primer número se analiza de manera general el impacto del parnasianismo y del simbolismo y su superación en Francia por un nuevo humanismo (núm. 1). En sucesivos números se publican artículos críticos sobre De Quincey, Richter, N. Hawthorne por Carlos Navarro Lamarca; sobre el portugués Eugenio de Castro, por Angel Guerra; sobre P. Verlaine, por Juan Ramón Jiménez; y se demuestra también un especial interés por las literaturas del norte de Europa (núm. 5). En el apartado de creación, se publican poemas o fragmentos de obras con las firmas de Verlaine, Rodembach, Maeterlinck, Regnier, Rollinat, etc.
El compromiso con la literatura de su tiempo lo aborda Helios desde dos perspectivas: la crítica y la creación. Los artículos críticos son muy abundantes y conviene resaltar que su especial orientación caracteriza a esta revista de manera especial. Los artículos críticos están hechos desde la sensibilidad artística del crítico, que en este caso es también escritor. Se trata, pues, de un tipo de crítica impresionista, subjetiva desde su misma concepción. A menudo, no sólo se manifiestan las impresiones que la obra reseñada ha promovido en el lector-crítico, sino que éstas dan pie a una reflexión estética. Así, por ejemplo, Ramón Pérez de Ayala, en la introducción al apartado de poesía en "Los libros", explica que la poesía es expresión de realidades trascendentes, lo que se traduce en un desprecio de los temas "baladíes" y de la contemplación impersonal del mundo exterior, "para seguir con ritmo de arrobamiento, en sus estrofas místicas, el vuelo de la Sophia santa" (núm. 1). Martínez Sierra insiste en que el ideal del arte es la belleza, pero sin menospreciar la verdad, y recuerda también que no se trata de una belleza meramente formal (núm. 3); en otro lugar, insiste en que, lejos de la poesía anterior de ideas, el motivo de inspiración actual es para el poeta su alma y la naturaleza; el paisaje ya no es simple marco, sino que "en fuerza de mirarlo como es, los escritores hemos llegado a descubrirle un alma" (núm. 12).
Helios es testigo privilegiado de una temprana relación entre Antonio Machado y Miguel de Unamuno. En realidad, sólo conocemos la respuesta que el Rector de Salamanca envió a aquél (núm. 5), en contestación a una carta suya, pero Unamuno transcribe párrafos de la misiva machadiana, que permiten contemplar la evolución de su pensamiento en materia de arte: Unamuno comienza haciendo alusión a una frase de la carta machadiana: "Empiezo a creer, aun a riesgo de caer en paradojas que no son de mi agrado, que el artista debe amar la vida y odiar el arte". Unamuno, tras despreciar el "arte por el arte", aconseja al joven poeta: "Recorra, pues, la virgen selva española, y rasgue su costra y busque debajo de la sobrehaz calicostrada el agua que allí corre, agua de manantial soterraño. Huya sobre todo del arte por el arte, del arte de los artistas, hecho por ellos para ellos solos". La carta unamuniana fue contestada por Antonio Machado en El País, en agosto de 1903.
La crítica de Helios se concentra especialmente en la presentación de autores jóvenes. Son comentados, entre otros, Valle Inclán, por Juan Ramón Jiménez; Pío Baroja, por F.M. Torner; Martínez Ruiz, por Juan Ramón Jiménez, por Manuel Machado y por Martínez Sierra; Luis Valera, por Pedro González Blanco; Juan Ramón Jiménez, por J. Ortiz de Pinedo, por J. Ruiz Castillo y por Rubén Darío, en el célebre artículo "La tristeza andaluza. Un poeta" (núm. 13); Antonio Machado, por Martínez Sierra. Angel Ganivet es ampliamente recordado: además de publicarse durante varios números su Epistolario, F. Navarro y Ledesma ofrece un retrato suyo, en toda su trascendencia humana y literaria (núm. 10). Como se observa, tanto los autores reseñados como los críticos pertenecen a la joven literatura. Desde la redacción, se celebra una corriente de afinidad, unos intereses comunes, en favor de una nueva sensibilidad, que abarca por igual a Baroja o Martínez Ruiz y a Juan Ramón o Martínez Sierra.
La creación literaria también concede lugar privilegiado a los jóvenes autores. En narrativa publican Pedro González Blanco, Gregorio Martínez Sierra, Juan Ramón Jiménez, Ramón Pérez de Ayala, Carlos Navarro Lamarca, Manuel Machado, Navarro Ledesma, etc. Además de los relatos cortos, se publica seriada la novela El porvenir de Paco Tudela, de Mauricio López Roberts. Publican poemas Juan Ramón Jiménez, Ramón Pérez de Ayala, Salvador Rueda, Manuel y Antonio Machado, Enrique de Mesa, Rubén Darío, etc. Además hay que destacar la inclusión, como género distinto con lugar propio, de la prosa poética o poema en prosa. Publican en este apartado Juan Ramón Jiménez, G. Martínez Sierra y Santiago Rusiñol. También el género dramático tiene abundante representación. Se publican breves obras de los hermanos Alvarez Quintero, de Benavente, de Pérez de Ayala, de Francisco Acebal y de Salvador Rueda.