La Historia a finales del siglo XIX
Enrique Gavilán DomínguezIntroducción En el caso de la historia, el paso del siglo XIX al XX, el "Fin de siglo", representa algo más que una ocasión conmemorativa derivada de la magia de las cifras. Aquí la sensación general de crisis y metamorfosis fue, vista desde el otro final de siglo que nos toca vivir, algo más que parte de un clima general de
decadentismo elegante. El siglo XIX había sido "el siglo de la historia", el momento de máximo esplendor de la historiografía, no sólo por la genialidad de sus creadores, sino también por su prestigio social, por el peso de la enseñanza de la historia en el sistema educativo, por la influencia política y de todo tipo que alcanza la disciplina. La genial creación alemana había sido imitada en la mayoría de las universidades occidentales, ciertamente con distintos tiempos y con un grado de implantación diferente, pero, en conjunto, puede decirse que en la segunda mitad del siglo la historia alcanzaba un fulgor académico sin igual. Sin embargo, ese fulgor era también preludio de una crisis. Sus principales síntomas fueron las interminables disputas en torno a la identidad, el método, el objeto y la utilidad de la historia. Esos debates se desarrollaron justamente en el final de siglo, y permiten situar en esa fecha el inicio de una crisis tras la cual la historia nunca ha recuperado el brillo del siglo anterior.
En lo que sigue pasaré revista a las características de la historia que se escribía en el XIX, para analizar después la crisis, sus síntomas y sus posibles causas. Me centraré en lo ocurrido en Alemania, porque si el siglo XIX fue el "siglo de la historia", aquel país fue en esa centuria la indiscutible "patria de la historia". Allí se creó el modelo universalmente imitado, allí acudían quienes deseaban ser historiadores para recibir de los maestros alemanes la iniciación en el oficio y allí se inició la crisis que se extendería con extraordinaria rapidez, en una repetición exacta de argumentos, aunque -como se verá- no de resultados.
La profesionalización de la historia Tres rasgos principales caracterizan la historiografía del siglo XIX: el abrumador dominio del historicismo, la profesionalización de la historiografía, y la relevancia social, política e intelectual que la historia llega a tener en occidente, hasta el punto de que con frecuencia se designa a esa centuria como el siglo de la historia.
De los tres la profesionalización del trabajo histórico es el rasgo más evidente y el que plantea menos problemas de exposición. La profesionalización de la historia -la conversión de la historia en una profesión-, es una novedad de aquel siglo. Hasta entonces la historia había sido obra de aficionados (literatos, filósofos, políticos, memorialistas, militares, anticuarios). Para hacer del trabajo de historiador una profesión fue preciso convertir la historia en una disciplina académica con un objeto, un método y un modo de exposición propios que actuaran como señas de identidad, y que alcanzara expresión institucional con la aparición y generalización de seminarios, revistas especializadas, historiadores "científicos", es decir, profesionales de la historia, con una formación específica alcanzada tras largos años de trabajo y su conversión en elemento central de las universidades alemanas primero, y más adelante, ya en la segunda mitad del siglo, de buena parte de las universidades occidentales.
El historicismo La tradición historiográfica alemana que domina el siglo XIX presenta tres rasgos característicos: un método de investigación, una concepción sobre la naturaleza de la historia y el carácter del poder político, y un modo de exposición caracterizado por un tipo de narración que pretende combinar la elegancia formal y una concepción realista de la representación. Generalmente se ha hecho más hincapié en el primero de esos rasgos debido a que en muchos casos los historiadores que imitaban el modelo fuera de Alemania asimilaron el método, pero no comprendieron en absoluto las concepciones en que se sustentaba la historia alemana, como ocurrió, por ejemplo, con los historiadores norteamericanos, fascinados por el modelo alemán, pero que cuando lo trasplantan a Estados Unidos, desarrollan una caricatura empirista de la historia de Ranke, por fieles que pretendan ser a su método
[Novick: 1988].
Con Ranke cristaliza definitivamente una concepción de la historia que tiene sus principales fuentes intelectuales en el romanticismo y el nacionalismo. El historicismo sostiene que pueblo, poder estatal y espíritu toman cuerpo en las individualidades históricas, pero su historia no se entiende ya como el desarrollo de las etapas de un progreso de la humanidad concebido de forma abstracta, sino como el despliegue de una realidad metafísica que se encuentra tras ellas, de ideas que sólo pueden captarse a través de la intuición. Ello supone entender la historia como algo distinto en sus propósitos, y por tanto, en sus métodos, de las ciencias de la naturaleza. Los métodos abstractos y clasificatorios de esas disciplinas resultan inadecuados para captar personalidades únicas, singulares, irrepetibles, encarnadoras de esos espíritus o ideas que se mueven por detrás de los acontecimientos de la historia. El historicismo define un objeto propio, y establece para alcanzarlo unos principios metodológicos diferentes de los de las ciencias de la naturaleza. Ello implica el rechazo de uno de los principios capitales del positivismo, la unidad de método de las ciencias, es decir, la reducción en última instancia del trabajo científico a observación, establecimiento de regularidades y aplicación de procedimientos matemáticos. De ahí el despropósito de etiquetar la historiografía del XIX como "historia positivista". Si hay una historia positivista esta será la que se enfrenta a la historia rankeana para derribar los "ídolos de la tribu de los historiadores", el ídolo individual, el ídolo político y el ídolo cronológico
[Simiand: 1903], para sustituirlos por la sobria actividad científica del establecimiento de las regularidades que rigen el desarrollo de los pueblos. Como veremos, al tratar la 'controversia Lamprecht' quienes defendían los principios positivistas no eran los historiadores tradicionales, sino justamente el innovador Lamprecht.
En su excelente estudio Iggers destaca tres elementos principales que caracterizarían la concepción alemana de la historia: una teoría del conocimiento (rechazo del pensamiento conceptual), una filosofía del valor (el rechazo del pensamiento en términos normativos) y una determinada concepción del estado
[Iggers: 1983]. Al ser lo individual el objeto del historiador, se limitan los conceptos y las generalizaciones y se valora solo el elemento de
Verstehen que no opera por razonamiento sino mediante contemplación, que es la única vía de acceso a lo único. El elemento central pasa a ser pues la intuición.
El rechazo de la existencia de unos valores normativos es un presupuesto de todo historicismo. Todos los valores surgen de situaciones históricas concretas. No hay por tanto valores absolutos; no hay un derecho natural, sino solamente derecho positivo. La historia de Ranke surgió en estrecha asociación con la escuela histórica de derecho de Friedrich Karl von Savigny. Pero la historia historicista presenta una coloración peculiar. Da un paso más allá del relativismo y afirma que todo individuo, toda etapa histórica es valiosa en sí misma. Como afirmaba Ranke, "[toda época] está igualmente cerca de dios" o " tiene su centro en sí misma". Al no existir unos valores absolutos el historiador renuncia a cualquier función crítica respecto al pasado; éste es el sentido del conocido
dictum que Ranke situó en el prólogo de su primer trabajo histórico relevante: "Se ha otorgado a la historia la función de juzgar al pasado y de instruir a los contemporáneos para provecho de los años futuros. Esta obra no se plantea objetivos tan ambiciosos: quiere simplemente mostrar cómo ocurrió realmente".
Finalmente, el estado ocupa el primer plano en el interés de la historia rankeana. El estado ya no se explica como un instrumento al servicio del interés y el bienestar de su población. El estado es aquí un fin en sí; el estado contiene un elemento espiritual, algo que se sitúa por encima de cualquier interés personal o de grupo. En la formulación hegeliana, "El estado es la realidad de la idea moral". El estado representa lo general, y en este sentido es la auténtica encarnación histórica del
Volksgeist. Cada estado, como quería Herder, tiene una evolución análoga a la de un individuo. Es un individuo. En sus peripecias y en particular en sus relaciones con otros estados, se manifiesta el espíritu íntimo de la nación. Escribir la historia del estado es, por tanto, la única vía para captar la esencia de un pueblo.
La historia rankeana, que exige la renuncia a la crítica o al análisis en el momento de la contemplación de los acontecimientos, reintroduce sin embargo esos elementos en el proceso de investigación de los hechos, acentuándolos hasta tal punto que el rigor de su método se convertiría en su característica más conspicua; para muchos de sus imitadores y algunos historiógrafos poco perspicaces, la única relevante.
El método -la filología, la crítica documental más escrupulosa-, no fue una innovación de Ranke; era algo que había desarrollado una generación anterior de filólogos, historiadores y estudiosos de la Biblia. Antes que Ranke, Niebuhr había aplicado los métodos de la filología a la historia de Roma. La innovación de Ranke fue utilizar un método que ya estaba perfectamente desarrollado para fundamentar una historia basada en las concepciones historicistas.
Sin embargo, el implacable rigor del método y el establecimiento de unos límites precisos al trabajo histórico -el ámbito de lo político- permitieron hacer aparecer la historia como disciplina de objetividad inapelable, independiente de la actitud del historiador. Su obra no era ya fruto de una elección, sino mero resultado de la aplicación controlada de un método a una realidad indiscutible, ajena a la selección del historiador. La historia rankeana aparecía a los ojos de sus practicantes como algo tan sagrado como una ciencia, más aún, como un "saber".
Concepción histórica, tema -lo político-, forma expositiva -narración- y método llegan a formar en la primera etapa del historicismo un todo armonioso. El concepto de personalidad como algo misterioso, encarnación de ideas o esencias espirituales, propio del historicismo dirigía la atención a las acciones o actitudes de los principales actores del escenario político mucho más que al marco institucional o a la situación socio-económica, que a lo sumo aparecían en la narración como consecuencia o como condición de los movimientos de los protagonistas políticos. La narración era el modo de exponer de forma adecuada el despliegue de la idea a través de la historia de esas figuras emblemáticas. En cuanto a las fuentes, la preferencia por las fuentes escritas y la lectura interpretativa era inmanente al método rankeano; capacitaba mucho mejor al historiador para el estudio de motivaciones, actitudes y acciones que para el análisis de procesos y estructuras supraindividuales
[Kocka: 1986, 28].
Dos rasgos de los libros de historia académica del XIX reflejaban con nitidez la concepción historicista y el método filológico: el estilo narrativo que persigue un orden cronológico y no sistemático de la exposición, y la estructura dual de la página, dividida en texto narrativo y notas al pie. La narración era la expresión de la concepción individualizadora que pretendía “
mostrar exclusivamente", los hechos del pasado, como elementos objetivos cuya existencia era totalmente independiente del historiador que los incorporaba a su narración. La introducción de un aparato de notas a pie de página, donde se reflejaba el origen documental de las informaciones históricas que contenía la parte narrativa, era el signo del uso del método rankeano. Su presencia en un libro de historia "científica" lo diferenciaba de la historiografía "popular". El contenido de verdad del relato historiográfico se hacía así visible para el lector
[Raphael: 1993].
La difusión del estilo alemán de escribir historia El historicismo alemán alcanzó tan enorme prestigio que se convirtió en el modelo historiográfico de historia académica en el resto de los países occidentales. Pero además la influencia del historicismo no quedó limitada al ámbito exclusivo de la historiografía; sus planteamientos influirían también de forma decisiva sobre otras disciplinas en Alemania, en particular, la teología, la filosofía, el estudio del derecho y la economía política alemana, en su forma peculiar de
Nationalökonomie. Esta última es quizá el ejemplo más interesante del grado de penetración del historicismo en el mundo intelectual alemán. A diferencia de la economía clásica o de la economía neoclásica, la
Nationalökonomie rechazaba el enfoque sectorial de los problemas económicos, como fragmentador de la realidad, postulando por el contrario una perspectiva que abarcara todos los aspectos de la realidad con un criterio histórico.
Por lo que se refiere a la proyección del historicismo fuera de Alemania, dadas las dimensiones de este trabajo no es posible extenderse sobre el abigarrado panorama internacional de las diversas historiografías unidas a fin de siglo por la imitación del modelo alemán. Bastarán unas palabras sobre algunos de los tipos más característicos.
La historiografía francesa ocupa en el siglo XIX el segundo lugar por detrás de la alemana. Posiblemente, el ejemplo francés es la mejor muestra del prestigio alemán en este campo. En efecto, la historiografía francesa tenía una tradición propia imponente. Los nombres de Michelet, Guizot o Tocqueville en el XIX, sin olvidar la tradición ilustrada, encarnada en la obra de Voltaire, representaban un patrimonio historiográfico sin paralelo. Sin embargo, los historiadores franceses acabaron adoptando el modelo alemán, su método histórico, lo que los franceses llegarían a denominar simplemente
El Método, convertido en marca indiscutible de cientificidad. A partir de ese momento el interés de los historiadores franceses se dirigirá fundamentalmente al refinamiento de los procedimientos filológicos que permiten establecer "científicamente" los hechos históricos. Se produce aquí una absoluta identificación de historia científica y método histórico, entendido como un cierto empirismo escéptico, plasmado en un conjunto de técnicas y actitudes. El signo externo de la escuela sería también aquí la introducción del aparato crítico en forma de notas a pie de página que garantizaba el rigor científico y la autenticidad del relato histórico que cubría el resto de la página.
Sin embargo, la adopción de los métodos del otro lado del Rin no fue acompañada en el caso francés de la adopción de las ideas y los principios epistemológicos que le habían dado origen. La historia metódica francesa era así a fines de siglo de una llamativa pobreza teórica. Seguramente esta diferencia contribuyó decisivamente a la diversa suerte de la salida a la crisis del historicismo en Francia y Alemania.
Una situación bastante diferente se produjo en Inglaterra. Allí también se adoptó el estilo metódico de la historiografía alemana, pero la historiografía profesional británica no alcanzó el prestigio de la francesa ni, desde luego, el de la alemana. Ello estaba en relación con la muy distinta situación de las universidades inglesas, que no habían experimentado la modernización de las continentales (a pesar de que irónicamente la reforma universitaria alemana siguiera el modelo de la universidad "inglesa" de Göttingen). Entre los factores que reducían la influencia social de los historiadores profesionales estaba el hecho de que en Inglaterra la historia no profesional conservó siempre un gran peso social. En Gran Bretaña los historiadores universitarios nunca han conseguido un monopolio de la interpretación histórica socialmente aceptada. Además, el interés público por la historia retrocedió en la segunda mitad del siglo XIX. Otras disciplinas y corrientes de pensamiento atraían mucho más el interés, como la naciente etnografía y el evolucionismo.
[Osterhammel: 1993, 175].
En el caso español nuestro retraso secular era particularmente notable en el terreno historiográfico. El fenómeno de la profesionalización, iniciado en Alemania, e imitado progresivamente en el resto de las universidades occidentales a lo largo del siglo pasado, tuvo que esperar aquí hasta nuestro siglo. En España no existían facultades de historia sino de filosofía y letras, dentro de las cuales eran escasísimas las cátedras de historia. En la última parte del siglo XIX los historiadores aprendían su oficio en la Escuela Superior de Diplomática, una institución al margen de la universidad. En el aspecto "teórico", la institución directriz, la Academia de la Historia, era también ajena a la universidad. Solo en nuestro siglo el estudio de la historia empieza a integrarse en la universidad, cuando se suprime la Escuela Superior de Diplomática y sus asignaturas son integradas en los planes de la Universidad (1900). Nada expresa mejor ese retraso que la ausencia de una publicación científica especializada en historia. Hasta 1940, con
Hispania, no se crea una revista especializada en historia general, equiparable a las de otros países europeos, como las revistas alemana (
Historische Zeitschrift, fundada en 1859), francesa (
Revue historique, 1876), italiana (
Rivista storica italiana, 1884) o inglesa (
English Historical Review, 1886).
[Pasamar: 1994]Anomalías del modelo A fines de siglo la historia académica había alcanzado el punto culminante de su prestigio. El modelo alemán estaba completamente asimilado en las universidades de los principales países occidentales. Se publicaban más libros de historia que nunca y el interés público por la historia parecía máximo. Como consecuencia de la extensión de la educación, el público lector había crecido extraordinariamente a lo largo del siglo XIX. En Francia entre la Revolución y el final del siglo XIX la producción anual de libros se había multiplicado por doce y había crecido además la proporción de libros de historia en el total. Hacia 1784-88 en Francia los libros de historia suponían aproximadamente un 19 por ciento del total de títulos publicados; en 1909, esa proporción había ascendido a un 30 por ciento del total
[Raphael: 1993, 102]. Si se considera que al mismo tiempo ese total se había multiplicado por doce, podrá apreciarse el interés que despertaba la historia a finales de siglo. Ciertamente no todos esos libros eran obra de historiadores profesionales y la proporción de autores aficionados (especialmente, sacerdotes católicos) era muy notable, pero en todo caso nos proporciona un índice muy claro del interés público por la historia a finales de siglo. Esta situación estaba unida al papel extraordinariamente relevante que se otorgaba a la historia en el sistema de enseñanza. En la época del imperialismo la historia era la disciplina clave para infundir en los futuros ciudadanos el amor a la patria necesario en quienes, como soldados, estaban llamados a defenderla en las trincheras.
Sin embargo, la audiencia y el prestigio de que goza la historia no pueden ocultar del todo la crisis que se incuba y que empieza a manifestarse, primero en Alemania y más tarde en el resto de los países que han adoptado el modelo alemán. Al principio los síntomas de esa crisis se manifiestan exclusivamente en el ámbito restringido de los especialistas, en la forma de permanentes debates sobre la identidad de la disciplina, sobre la necesidad de renovarla o conservarla en su forma tradicional. La causa más aparente de esa crisis es el propio agotamiento del programa de investigación rankeano, su conversión creciente en un proyecto anquilosado y regresivo, con una perspectiva cada vez más estrecha y más alejada de los nuevos problemas que abrumaban a las sociedades occidentales. Antes de examinar los síntomas que en el campo de la historiografía acusan la crisis, conviene tratar los principales cambios en el clima espiritual y en las inquietudes sociales que irán haciendo disminuir el interés público por la historia.
Cuando se aborda el progresivo oscurecimiento de la estrella de la historia a partir del fin de siglo, se intenta establecer cuáles son las razones de ese oscurecimiento, y naturalmente se encuentran sin mucha dificultad. Sin embargo, si se observan las cosas con cierto detenimiento se advierte que lo anómalo no es que la historia ocupe una posición secundaria en la escala del prestigio académico o social. Desde su invención por Heródoto el trabajo histórico había tenido muy diversa fortuna, pero nunca había alcanzado un papel tan destacado como el que tuvo en Europa en el siglo XIX. Esta es la situación anómala y por ello es esto lo que debe explicarse en primer lugar. Se pueden indicar causas muy diversas de la pasión histórica de aquel siglo, pero sin ninguna duda una de las claves está en la formación de las naciones europeas y el interés que se despierta por los signos de identidad nacional, es decir por el pasado de esos estados. Desde esa perspectiva resulta bien explicable que los historiadores tuvieran tanta audiencia en Alemania y tan escasa en Gran Bretaña. Sin embargo, a fines de siglo las inquietudes de la sociedad están cambiando; el tema nacional no desaparece, pero empieza a retroceder, y el interés público se desplaza progresivamente hacia lo que los publicistas de la época denominan la "cuestión social". Pero en ese terreno la historia historicista, exclusivamente interesada en la historia política, tiene muy poco que decir. Por ello ese tipo de historia pierde su capacidad para influir como elemento orientador decisivo de la cultura de su tiempo
[Rüsen: 1993, 331]. Esta es también la principal razón del ascenso de lo que en aquel momento se denominaban "ciencias morales" y que en nuestro siglo van a rebautizarse como "ciencias sociales". Por todo ello, desde el campo de la historia, se trata de desarrollar un tipo de disciplina que se adapte a las nuevas demandas sociales, pero ese intento de reforma tropieza con la resistencia de buena parte de los historiadores, como una corrupción inaceptable de los principios intangibles que les habían convertido en príncipes de las universidades europeas.
El principal problema de los historiadores sería su incapacidad de hacer frente al desafío de las ciencias sociales nacientes de otra forma que no fuera el encastillamiento en las viejas recetas y el uso del poder académico como mecanismo represivo frente a todo intento que desde el interior de la fortaleza asediada pretendiera modificar la vieja perspectiva historicista. Especialmente en el caso alemán la desventura de los historiadores derivó de que a finales de siglo eran todavía demasiado poderosos para perder el control sobre el gremio, pero al mismo tiempo demasiado débiles, para atreverse a hacer concesión alguna que pudiera minar su poder.
Uno de los rasgos característicos de la historia historicista era su exclusivismo. En Alemania la simple sospecha de "materialismo" -positivista o, especialmente, marxista- convertía al historiador sospechoso en un apestado dentro del gremio. El marxismo, surgido en la propia Alemania, y que había producido algunas de las obras históricas más influyentes del siglo XIX, sólo pudo desarrollarse al margen de la universidad. Como veremos al tratar el "debate-Lamprecht", la acusación de marxismo dirigida contra Karl Lamprecht -reforzada por la circunstancia de haber recibido el respaldo expreso de Franz Mehring, y a pesar de los esfuerzos desesperados del propio Lamprecht por desmarcarse de tan peligroso apoyo- sería uno de los argumentos decisivos en contra de sus propuestas. La marginación de los historiadores marxistas alemanes se vería reforzada a finales de siglo por la propia legislación prusiana. Los socialdemócratas no podían entrar en los archivos. Franz Mehring, principal historiador marxista a finales de siglo, no disponía de otro material que el publicado por otros historiadores, al tener prohibido, como socialdemócrata, consultar los documentos de los archivos alemanes
[Grebing y Kramme:1972, 79-80].
El credo historicista había de ser suscrito
in toto por parte de sus fieles. Ello aisló completamente a los historiadores alemanes en su práctica, volviéndola cada vez más amanerada y más alejada de una realidad que cambiaba de modo acelerado. Ese aislamiento era al mismo tiempo síntoma de la debilidad que iba a mostrar la historia alemana a largo plazo y, en parte también, causa de esa debilidad al impedir cualquier modificación favorable que permitiera una mejor adaptación de la historia a las nuevas realidades.
El manierismo degenerativo del historicismo de finales de siglo se ponía de manifiesto en la exclusión sistemática de la dimensión económica y social de la historia, en el eurocentrismo, la inhibición del componente analítico, la hipertrofia del
Verstehen y la tendencia consiguiente a una historiografía "conmemorativa" o esteticista. Por otro lado, y en particular en el estudio de los períodos temporalmente más alejados, se daba una infinita especialización que conducía a un virtuosismo metodológico dirigido al rastreo de fuentes siempre nuevas. La finalidad teórica de ese despliegue era el establecimiento de nuevos hechos que permitieran al historiador mejorar el cuadro de lo realmente ocurrido, pero acababan convirtiéndose en una tarea que se agotaba en sí misma, cada vez más estéril, cada vez más separada de la proyección de la historia sobre la sociedad.
En este punto hay que señalar los desplazamientos que se habían producido en el ámbito de la propia historiografía, algo de lo que los propios historiadores eran poco o nada conscientes, y cuando creían continuar simplemente el proyecto historicista de la primera mitad del siglo estaban llevando adelante algo un tanto diferente. El primer historicismo fue la síntesis afortunada de una concepción de la historia entendida como la encarnación de espíritus o ideas perceptibles a través de la intuición posible y de un método de investigación dirigido exclusivamente a establecer los "hechos" del pasado a partir de los "documentos". Esa síntesis conseguía distanciarse tanto de la actitud especulativa de la filosofía de la historia hegeliana como del interés puramente anticuario en el coleccionismo de la anécdota. A fines de siglo esa síntesis estaba rota; había desaparecido la fe en la realidad metahistórica de esas ideas y fuerzas morales, cuya percepción era el objetivo que guiaba el trabajo investigador de Ranke
[Faber: 1979, 15]. El equilibrio se había volcado progresivamente del lado de la mera búsqueda de los hechos, dando lugar a lo que Herbert Schnädelbach denomina un "positivismo de las ciencias del espíritu"
[Schnädelbach: 1974, 19], una paradoja que, de ser así entendida, habría sido insoportable para los historiadores, que veían su actividad como la disciplina más opuesta concebible a los principios positivistas.
Ese empirismo chato todavía era más perceptible en el modo de escribir historia en los países que habían imitado el modelo alemán, y que estaban por tanto más alejados del clima espiritual que le dio origen. En general la modificación del tono espiritual dominante en Europa influyó decisivamente en ese desplazamiento de las concepciones históricas. El clima romántico había sido sustituido por el realismo sobrio. El romanticismo, que había cantado a lo individual e insistido en la primacía del hecho único sobre los sistemas abstractos y universalistas de la Ilustración, era sustituido por el culto al hecho frío
[Novick: 1988, 43]. La inmersión en el abismo de lo individual como vía de acceso a la contemplación de las fuerzas morales (en su versión teísta o exclusivamente popular-nacionalista), que estaba en el origen del historicismo, fue abandonada progresivamente en favor de la simple recopilación del hecho individual.
Otro elemento sintomático que aparece en esta etapa es un nuevo tipo de
filosofía de la historia. Anteriormente había existido una filosofía de la historia, pero en el sentido material que pretende considerar la historia como un proceso con sentido. Lo nuevo al final del siglo es la aparición de una filosofía de la historia en sentido puramente formal, como la lógica y la epistemología del pensamiento histórico, cuyos representantes más conocidos son Dilthey, Windelband y Rickert
[Iggers: 1983, 125]. La aparición de esta nueva filosofía de la historia se ha interpretado de formas opuestas.
Por una parte, se convierte en síntoma de la crisis historicista, en la medida que supone un cuestionamiento de la lógica del conocimiento histórico, algo que hasta este momento se había dado por supuesto. Pero por otra parte, la obra de Dilthey y de los neokantianos contribuye a afirmar la peculiaridad de la historia, situada además como paradigma y modelo del conjunto de las "Ciencias del espíritu" o de las "Ciencias de la cultura". En este sentido Iggers tiene toda la razón
[Iggers: 1973, 46] cuando rechaza la interpretación de este fenómeno como fruto de la desilusión con la tradición historiográfica alemana, subrayando que sus representantes justamente trataban de fundamentar las posiciones teóricas de los historiadores historicistas. La obra de estos nuevos filósofos de la historia será una de las principales armas de los historiadores en su combate contra el positivismo, en cuanto permitía legitimar la independencia del método histórico frente a las ciencias de la naturaleza. Sin embargo, este uso encerraba considerables peligros de los que los adversarios de Lamprecht no eran completamente conscientes. Fundamentalmente, la acentuación del papel activo del historiador en la
elaboración de la historia, y por tanto el debilitamiento del realismo historiográfico.
Otras transformaciones provocan vientos que soplan contra la vieja forma de escribir historia. A finales del siglo XIX el ambiente intelectual cambia de signo: hay una pérdida de fe en las ideas optimistas del evolucionismo; el pesimismo se abre paso, asociado en ocasiones a un cierto espiritualismo, pero de una índole muy distinta al del clima romántico en el que se configuró el modelo rankeano. Si las teorías de la sociedad desde Comte hasta Spencer, pasando por Marx, habían mantenido una absoluta fe en el progreso, a fines de siglo el tono pesimista comienza a minar el evolucionismo optimista que habían dominado el siglo.
[Dahme: 1984, 459] Simmel, una de las figuras más interesantes del final de siglo, sintetizaba el cambio en la mirada de la teoría social cuando decía que al analizar el presente había que captarlo, no como pasado de un presente futuro, sino solo como futuro de un presente pasado
[Simmel: 1989].
Como observa certeramente Raymond Aron, el sentimiento de crisis no es algo original del final de siglo; pocas generaciones no han tenido la impresión de vivir una "crisis" o incluso de encontrarse en medio de un "viraje decisivo". A partir del siglo XVI lo que resulta difícil es encontrar una generación que haya creído vivir en un período de estabilidad. La impresión de estabilidad es casi siempre retrospectiva. Sin embargo, el hecho de que los tres principales teóricos de la sociedad a fines de siglo -Durkheim, Pareto y Weber- coincidieran en la sensación de que la sociedad europea se encontrara en medio de una enorme crisis, tiene un profundo significado.
[Aron: 1967, 309]El debate Lamprecht El debate alemán de fines de siglo en torno a la figura de Karl Lamprecht constituye el símbolo más acabado de los problemas con los que se ha de enfrentar la historiografía dentro y fuera de Alemania en las primeras décadas de nuestro siglo, y plantea también cuestiones que aparecerán de forma recurrente a lo largo de todo el siglo XX, en relación a la historia. Ese carácter anticipatorio del debate no es algo puramente metafórico, ni una simple consecuencia del avance de la historiografía alemana respecto a la de los demás países, sino que el debate, en términos idénticos o muy parecidos, se volvería a plantear años después en países que, como Francia o Estados Unidos, habían adoptado el modelo historiográfico alemán. Incluso en algunos de esos casos, el bando que sostenía la postura positivista reivindicaba expresamente el nombre de Lamprecht, quien al final de su vida encontraría fuera de Alemania un reconocimiento espectacular en forma de doctorados honoris causa, en agudo contraste con la marginación absoluta sufrida en su propio país.
El debate Lamprecht era consecuencia de la crisis de la historia historicista cuyos síntomas he tratado de describir en las páginas anteriores. Sin embargo, esa crisis no tuvo reflejo inmediato en la historiografía; lo tendría, sobre todo fuera de Alemania, después de la Guerra. Pero a fines de siglo la enfermedad sólo se manifestaba en el terreno de la teoría histórica, aunque con una virulencia tal que llegó a desembocar en demandas por difamación. Aunque el ojo del huracán se cerrara sobre la cabeza de Lamprecht, en los años anteriores pueden encontrarse antecedentes ciertos de ese debate, en la polémica entre Schäfer y Gothein, y aun antes en el debate entre Treitschke y von Mohl, sobre la virtualidad de una ciencia de la sociedad; las mismas propuestas de Lamprecht tienen un interesante paralelo en la obra de Kurt Breysig, a quien le correspondería la memorable tarea de recitar la oración fúnebre de uno de los más agudos críticos del gremio histórico-filológico, Friedrich Nietzsche.
Conviene examinar brevemente el contenido de estas polémicas "prelamprechtianas" para poder establecer lo peculiar de la que se desarrolla en torno a Lamprecht y disponer así de algunas de las claves que permitan comprender su trascendencia.
Aunque movida por uno de los principales historiadores prusianos, la polémica entre Treitschke y von Mohl es la que afecta menos de lleno a la historia. A mediados de siglo Robert von Mohl había propuesto la constitución de una ciencia de la sociedad que integrara los resultados de las disciplinas que trataban aspectos parciales, como el arte, el derecho, la economía, la religión, etc. Heinrich von Treitschke dedicó su tesis doctoral a demostrar la futilidad de la propuesta; tal como la planteaba von Mohl, esa ciencia de la sociedad no era otra cosa que un cajón de sastre, incapaz de articular en una unidad superior los resultados de las ciencias parciales. La única entidad que reflejaba transfigurándolos los distintos aspectos que estudiaban las diversas disciplinas históricas, la historia del arte, la de la religión, la de la economía, etc., era el estado ("el estado es la vida del pueblo organizada de forma unitaria"; "el estado no es sólo un elemento práctico, sino que posee sobre todo valores propios..."; "el ser humano es un ser político que a través de la participación consciente en los asuntos de una unidad integradora, el todo, va más allá de su limitada existencia individual y se convierte en parte de su ser superior. El estado es algo tan corporal como cualquiera de sus ciudadanos", etc.)
[Burger: 1994, 46, 51]. Sólo en torno al estado podía constituirse un saber como síntesis expresiva de los aspectos que trataban las disciplinas parciales; tal saber existía: era el que venían practicando los historiadores profesionales desde Ranke.
En esta primera escaramuza el conflicto aparece solamente como la oposición entre la historia y una hipotética sociología que no llegó a cuajar en ese momento. No es todavía la guerra total de finales de siglo. La discusión es fundamentalmente una disputa sobre el carácter del estado, en la que Treitschke justifica el papel central de una historia historicista orientada por la política, como reina de las ciencias.
Gothein-Schäfer A finales de los años ochenta y comienzos de los noventa se desarrolla el segundo capítulo del conflicto. Esta vez la controversia se entabla entre un discípulo de Treitschke, Dietrich Schäfer, y Eberhard Gothein, que no ocupaba una cátedra de historia, sino de economía política. En este conflicto estamos ya mucho más cerca del problema Lamprecht: se alza ya la bandera de la
Kulturgeschichte, el emblema que aglutinará a los adversarios del modelo rankeano de historia. El contenido que sus partidarios adjudicaban a la
Kulturgeschichte era algo distinto de lo que hoy llamaríamos historia de la cultura, y estaba mucho más cerca de lo que hoy entenderíamos como "Historia social". La bandera y la idea eran en buena medida herencia del gran historiador suizo Jacob Burckhardt, que veía además en Gothein a su auténtico discípulo y sucesor.
Schäfer repetía los argumentos de Treitschke en favor del mantenimiento de la vieja historia política, sosteniendo el carácter privilegiado del estado como objeto de estudio. El establecimiento y desarrollo del orden estatal constituía el hecho más grande del espíritu humano, pues ese orden estaba gobernado por las fuerzas morales más elevadas: patria, pueblo y estado
[Burger: 1994, 62] "La tarea del historiador solo podía ser comprender el origen, la evolución, las condiciones de existencia del estado; sólo esa tarea establecía el centro unificador de la infinita multiplicidad de cuestiones concretas que aguardan solución del historiador"
[Alter: 1982, 48].
Eberhard Gothein recogía la herencia de Burckhardt pero era discípulo directo de Wilhelm Dilthey, que situaba a la historia al frente de las ciencias del espíritu; la historia, pensaba Gothein, sólo podía estar a la altura de esa tarea si superaba el estrecho marco estatalista que le adjudicaba Schäfer y asumía su papel de
Kulturgeschichte. Es decir, constituía como su objeto la cultura general de una época. Gothein estaba de acuerdo con Schäfer en que las fuerzas morales regían la historia y que la esencia del progreso histórico consistía en el progreso ético, pero los principales avances morales se habrían realizado, no dentro del estado, sino en contra suya. El desarrollo de los contenidos espirituales y de los ideales se produce en la religión, el arte, el derecho, etc. Por ello la continuidad histórica tiene su lugar en la vida de la cultura. La cultura es algo más que la suma total de actividades económicas, instituciones, ideas religiosas, descubrimientos científicos y formas artísticas; consiste en las tendencias de la vida espiritual, que se plasman en aquellos ámbitos, y también en el estado, cuya historia está también regida por la cultura. La
Kulturgeschichte se convierte en la ciencia del espíritu que integra los resultados de las ciencias históricas -del arte, del derecho, de la economía, de la religión y también del estado, que había venido siendo la historia
par excellence- en un cuadro que abarca toda la cultura.
Sin embargo, como se desprende de lo anterior, la oposición entre ambos contendientes no es absoluta. Gothein reconocía la peculiaridad de la historia política a la Ranke; únicamente planteaba su papel subordinado frente a la nueva disciplina, la
Kulturgeschichte. Por ello, y también por el hecho de que Gothein no estaba propiamente integrado en el gremio histórico, al tratarse de un profesor de historia económica, el debate quedó circunscrito a una polémica académica menor. Incluso en el posterior "Debate Lamprecht" Gothein se mantendría al margen, o incluso se mostraría ligeramente crítico frente a este partidario iconoclasta de la
Kulturgeschichte [Alter: 1982, 47-50]. Como señala Burger, la diferencia entre los programas de Gothein y de Lamprecht es la que existe entre un proyecto de reforma y una revolución
[Burger: 1994, 66].
La polémica no era algo aislado; reflejaba un estado de espíritu que iba a producir otras tomas de posición análogas en el final de siglo. En general los partidarios de la
Kulturgeschichte ocupaban posiciones marginales dentro del gremio, como era el caso del propio Gothein, o como ocurriría con Breysig o Bernheim; o serían brutalmente marginados, como Lamprecht. Sin embargo, sus obras tuvieron una acogida escandalosamente favorable entre el público culto, más allá del frío desprecio o la persecución abierta entre los historiadores profesionales. Incluso en las universidades los estudiantes mostraban gran interés por ese nuevo género histórico, que contrastaba, de modo muy desagradable para los historiadores, con el escaso interés por los cursos de historia política. En una carta a Lamprecht, Ernst Bernheim le decía en 1893: "Es una rara ironía de la 'historia' que precisamente ahora, cuando en todas partes seminarios y bibliotecas están opulentamente dotados de medios auxiliares, la carrera haya decaído de forma tan fuerte. ¿Hemos sido demasiado tiempo historiadores del estado?"
[Oestreich: 1969, 337].
Karl Lamprecht El primer trabajo de investigación realizado por Lamprecht fue resultado del encargo de un banquero, Gustav von Mevissen, interesado en la investigación de la historia económica y social de Renania. El fruto del encargo, recompensado con la nada despreciable cantidad de 600 táleros al año, fue "Vida económica alemana en la edad media", libro que dirigía su atención a las condiciones materiales y a la organización política feudal, en tanto que las grandes personalidades, protagonistas habituales de los libros de historia, pasaban a un muy segundo plano.
En 1891 empezó a aparecer el estudio fundamental de este polémico personaje, la "Historia alemana", una obra de dimensiones descomunales: dieciocho volúmenes y más de siete mil páginas. Sin embargo, ese tamaño no dificultó su carrera editorial. La obra tuvo una extraordinaria acogida y en 1920 había alcanzado las cinco ediciones. Lamprecht supo conectar con un público culto al que le ofrecía aquello que este parecía demandar: una visión completamente nueva de la historia alemana en forma de un relato histórico que se presentaba como una verdad científica, con el mismo rigor que las verdades de las ciencias de la naturaleza, y que demostraba la superior fuerza psicológica del pueblo alemán, y por tanto, la seguridad de su éxito político y económico. La historia aparecía como un proceso conforme a reglas, cuyas claves se encontraban, no en las personalidades de los dirigentes, sino en las condiciones generales de la sociedad, lo que Lamprecht sintetizaba en el concepto de
Zustand.
En parte como respuesta a la extraordinaria polémica provocada entre los historiadores, Lamprecht fue clarificando los presupuestos teóricos de la nueva historia en una serie de artículos que aparecieron al mismo tiempo que la "Historia Alemana". En esos trabajos consideraba la historia al uso como una disciplina superficial que sólo captaba las relaciones inmediatas de causa y efecto, al fijarse solamente en los aspectos individuales. Para Lamprecht, por el contrario, lo importante eran los aspectos colectivos. Por tanto, la historia debía abandonar la idea de descripción, y adoptar el principio de evolución. Se trataba de captar aquellas causas profundas que subyacían a las instituciones y que se manifestaban como tendencias de desarrollo. Para conseguirlo, Lamprecht pretendía recurrir a los métodos "científicos", es decir, al empirismo inductivo (es curioso que tanto Lamprecht como sus antagonistas se acusaran mutuamente de metafísicos, reivindicando ambos el carácter "empírico" y "científico" de su propio método), pero utilizando en su apoyo disciplinas "no-históricas", en particular la psicología experimental. Bajo la influencia de la psicología de Wilhelm Wundt, Lamprecht encontraba el fundamento de todo conocimiento histórico científico en una nueva psicología que fuera capaz de captar la psique social. Mediante el estudio psicológico-inductivo de grandes cantidades de hechos podían alcanzarse verdades científicas más acabadas.
Lamprecht partía del supuesto de que la cultura de una etapa tenía carácter homogéneo; existía un elemento que penetraba todas las manifestaciones de esa época. La atención del historiador debía desplazarse por tanto, del estudio de los actos y las personas individuales a las condiciones generales de esa época, denominadas por Lamprecht
Zustände. El
Zustand es la suma de todo el devenir anterior que persiste en un presente, y la suma del devenir actual, la voluntad global, el intelecto global y la sensibilidad global de la nación (y no el estado, que quedaba desplazado por la nación, como pivote del desarrollo histórico). La historia, si quería ser científica, debería eliminar al estado como centro de referencia, y situar al
Zustand en su lugar. El estado seguía siendo naturalmente la más importante de las comunidades humanas, pero ahora debía estudiarse como un resultado de la acción del
Zustand, nuevo núcleo motor de la historia; la historia del estado no debía ser el punto de partida sino el punto de llegada del trabajo histórico. Pero el
Zustand era en última instancia un impulso psicológico. Un gran cambio en la economía, por ejemplo el paso de la economía natural a la economía monetaria no era otra cosa que el resultado del cambio de comportamientos, pensamientos y sentimientos en una gran masa de individuos anónimos e intercambiables. Por tanto, ese cambio psicológico debía ser el objeto cuyo estudio debía fijarse la historia como tarea fundamental.
La concepción de Lamprecht estaba coronada por un esquema evolucionista convencional de siete etapas en las que dominaba un determinado espíritu colectivo. En las épocas antigua, moderna, contemporánea, etc. predominaba un espíritu simbolista, convencional, individualista, subjetivista, etc. La trivialidad llegaba a caracterizar la época contemporánea como de predominio de la "excitación"; algo que demostraría la multiplicación de los tranvías o la frecuente aparición del cartero (sic).
El planteamiento de Lamprecht supone un importante desplazamiento en relación al núcleo del debate de las controversias anteriores entre los defensores de la
Kulturgeschichte y los historiadores historicistas convencionales. En aquel caso se discutía ante todo si debía escribirse una Historia Política o una Historia de la Cultura. Ahora lo que se va a debatir es la relación de una interpretación histórica "individualista" y otra "colectivista". El flanco de Lamprecht batido por los historiadores alemanes, no va a ser tanto la necesidad de estudiar los fenómenos económicos, sociales y otras, al lado o por delante de la historia política -eje de la
Kulturgeschichte anterior-, como la acentuación del
Zustand, como sinónimo de materialismo en los oídos de sus adversarios.
Los bandos en la durísima polémica están bien definidos: de un lado, Lamprecht; del otro, la gran mayoría de los historiadores alemanes. El terreno donde se desarrolló el debate fue el órgano de los historiadores alemanes, la
Historische Zeitschrift; los principales hostigadores fueron Max Lehmann, Felix Rachfahl, Friedrich Meinecke, y finalmente Georg von Below, cuya disputa con Lamprecht terminaría en una demanda por difamación en los tribunales. Incluso los defensores de la
Kulturgeschichte, como Gothein, se mantuvieron al margen o llegaron a condenar en términos moderados el "materialismo" de Lamprecht. Hasta los economistas alemanes de la escuela histórica, practicantes de una especie de historia social, como Schmoller, mantuvieron una actitud de hostilidad hacia Lamprecht. En ese bando se encontraba también Max Weber
[1988], quien sentía una profunda antipatía por el positivismo de Lamprecht. Algunos de los más encarnizados (y aquí el adjetivo debe entenderse en su sentido literal) antagonistas de Lamprecht, como Eduard Meyer o Georg von Below, eran partidarios entusiastas de las propuestas teóricas de Weber y Rickert.
Es obvio que en la disputa que lleva su nombre, Lamprecht fue derrotado en Alemania por la superioridad abrumadora, en términos de poder académico, de sus antagonistas. En otros países, como Francia o Estados Unidos, donde se producirían conflictos similares -de un lado, los defensores de la vieja historia, de otro los partidarios de una historia con un cuestionario menos cerrado sobre lo político y un enfoque menos intuicionista- los resultados fueron más abiertos, lo que a la larga se tradujo en la victoria, si no absoluta, al menos bastante amplia, de los defensores de la "nueva" historia. El triunfo final en nuestro siglo de quienes abogaban por una historia que se presentaba como antihistoricista, tiende a hacernos ver el resultado final del conflicto alemán como algo anómalo: justamente el país que había inventado y desarrollado la historia fue incapaz de un
aggiornamento, por la tozudez o el enorme poder de sus historiadores, cuando Lamprecht planteó el embrión de la alternativa que se impondría en nuestro siglo. Esa perspectiva conduce a engrandecer inevitablemente la figura de quien habría tratado de sacar a la historia de la vía sin salida en que se encontraba a finales de siglo. Su derrota no sería así resultado de la fuerza de los argumentos de sus contrincantes, sino de la superioridad aplastante de un gremio que defendía sus viejas posiciones. Pero esa obviedad aparente tiende a oscurecer aspectos del debate que contribuyeron considerablemente a la derrota del profesor de Leipzig. El impetuoso ataque de Lamprecht pudo ser resistido en un primer momento y contraatacado después, por las deficiencias teóricas y empíricas de la obra de aquél. Las inconsistencias de su propuesta derivaban en parte de su escasa preparación teórica; en parte, de la necesidad de respetar ciertos tabúes, cuyo quebrantamiento resultaba entonces ominoso. La principal acusación en su contra era la de materialismo, una acusación que para desesperación de Lamprecht coincidía con el apoyo expreso de Franz Mehring. Éste era el delito supremo: olvidar el carácter misterioso y sublime de la personalidad humana para caer en el "mecanicismo grosero" del materialismo. Lo individual sacrificado en los vulgares altares de las masas anónimas. A medida que avanzaba la polémica, para eludir cualquier sospecha de materialismo, Lamprecht se vio impulsado a desarrollar el aspecto psicológico de su propuesta, a entender los
Zustände menos como "condiciones económicas y sociales" y más como "condiciones psicológicas". El resultado fue un híbrido poco coherente y extremadamente vulnerable a los ataques de los historicistas.
La segunda debilidad que presentaba la obra de Lamprecht era aún más difícil de defender. Su Historia de Alemania era una síntesis muy ambiciosa, pero de unas dimensiones tan colosales que estaba llena de imprecisiones, algo imperdonable para los representantes de una disciplina que había hecho su divisa de la precisión absoluta, del rigor sin fisuras en la crítica de las fuentes. Las críticas se cebaron en los errores de la Historia de Lamprecht, descalificando a su autor como historiador por haber confiado en fuentes secundarias, y no haber recurrido exclusivamente a fuentes primarias, rasgo distintivo de la historia como "ciencia". Lamprecht intentó defenderse argumentando que a él le interesaban las cuestiones fundamentales del método y la interpretación general, y que su obra no podía elaborarse con el cuidado de una monografía, que la cientificidad no residía tanto en el rigor filológico como en la capacidad para desarrollar comparaciones acertadas que permitieran descubrir lo peculiar de cada época, etc.
Tras el final de siglo, con la derrota de la posición de Lamprecht cesará el debate sobre la historia en Alemania. En los años siguientes, la decisiva “
Methodenstreit" ("Disputa del método") es un conflicto que apenas afecta a los historiadores y queda limitado a los científicos sociales, en particular, a los que trabajaban en la
Nationalökonomie, la singular forma que en Alemania tenía la economía política. Lo mismo ocurre con el otro gran debate intelectual, sobre la
Werturteilsfreiheit (ausencia de valoraciones u objetividad). Aunque implícitamente una de las cuestiones centrales de esos debates sea la cuestión de la cientificidad de la historia, los historiadores no participan en ellos, salvo como espectadores que individualmente aplauden a unos u otros contendientes. Aún más relevante como expresión del grado de postración en el que había quedado la historia es que algunos de los protagonistas de ese debate -Weber, Sombart, Troeltsch- sean los autores de obras históricas que ejercerán una influencia muy superior sobre la historiografía de nuestro siglo que todas las producciones historiográficas académicas de la época -con la excepción de Lamprecht, si es que cabe considerarlo historiador académico. Más adelante volveré sobre este punto.
El debate sobre la historia no desaparece, por tanto, de Alemania, pero desde la derrota de Lamprecht deja de ser un debate entre historiadores. Para los historiadores alemanes el modo de escribir historia queda definitivamente consagrado como el intangible estilo rankeano. Desde comienzos de siglo los intentos de reformar la historia se trasladan a Francia; allí se desarrollará ahora ese debate bajo la influencia decisiva de Émile Durkheim, cuyas ideas y cuyos discípulos impulsarán un modo alternativo de concebir la historia que tendrá que recorrer todavía un largo camino hasta cuajar en el tipo de historia que ha dominado nuestro siglo.
Conclusión A fines de siglo la historiografía, a pesar del prestigio social y cultural acumulado a lo largo de la centuria, del papel relevante alcanzado por la historia dentro del sistema educativo de los principales países de Europa, atraviesa una profunda crisis de identidad, cuyos síntomas más importantes se observan en Alemania, principal centro de la historiografía en el siglo XIX. Las manifestaciones de esa crisis son diversas; van desde los intentos de fundamentar el conocimiento histórico a través de una filosofía de la historia en sentido formal, hasta las disputas cada vez más virulentas en el seno de los historiadores sobre el cuestionario histórico, pasando por las disputas desarrolladas en el conjunto de las ciencias sociales sobre la cientificidad y el papel de la historia. En las páginas anteriores he intentado mostrar cómo el origen de esa crisis se encuentra en los cambios experimentados por las sociedades europeas en la segunda mitad del siglo XIX, y las dificultades de la historia para adaptarse a las nuevas demandas (o quizá, si se quisiera ser más riguroso, por la desaparición de una situación extremadamente favorable a la historia -la formación de los estados europeas- y la incapacidad de la historia para asumir esa pérdida). Quisiera terminar este trabajo con unas últimas consideraciones sobre esta cuestión.
Elegiré como punto de partida una cierta interpretación del conflicto de fines de siglo que ha tenido gran predicamento entre los historiadores, en particular entre los franceses. Según esa interpretación, la crisis no sería otra cosa que una solución de continuidad; se trataría de la sustitución de un cierto tipo de historiografía que se había vuelto obsoleta por su exclusiva atención al estado, su carácter narrativo, es decir, no-"científico", su pasión por el detalle insignificante, etc., por un nuevo tipo de historia, la "historia-problema" o historia "social" o "socio-económica", que habría liberado a la historia de las viejas sujeciones, ampliando el cuestionario, mejorando sus métodos con las aportaciones de las ciencias sociales, abriéndose a todo tipo de teorías, desde el marxismo al estructuralismo, e iniciando lo que sus más ambiciosos representantes califican de "historia total", y que llevó a algunos a coronarla como "reina de las ciencias". Para aumentar la confusión, se suele estigmatizar el viejo modo de hacer historia, definitivamente obsoleto, como "historia positivista", por su pasión por los hechos. Esto último no deja de tener un punto siniestro si se tiene en cuenta el horror absoluto que los historiadores historicistas sentían ante el positivismo, cuya negación de la metafísica era entendida por ellos como la negación del espíritu -objeto último del trabajo histórico-, y cuyo rechazo de la singularidad de la historia respecto a las ciencias de la naturaleza, como el rechazo del elemento individual, y como la forma más grosera de reduccionismo materialista. No parece necesario subrayar que los auténticos representantes del positivismo eran los adversarios de la vieja historia, es decir, los padres de la nueva: Karl Lamprecht en Alemania o los discípulos de Durkheim en Francia.
La interpretación de la solución de continuidad resulta muy difícil de sostener. Me limitaré a la idea de que la historia "social" es propia de la historia del siglo XX, de la que acaba imponiéndose frente a la historia historicista, limitada en sus horizontes al estudio de lo político. Esta idea sólo puede mantenerse si se identifica exclusivamente como historia aquello que escriben los historiadores. Pero si abandonamos esa limitación encontramos que algunas de las mejores obras de historia social de todos los tiempos se escribieron mucho antes de que los historiadores adoptaran esa pauta. Me refiero a obras como
La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Weber,
El capitalismo moderno de Sombart,
La guerra de los campesinos en Alemania de Engels o
El dieciocho brumario de Luis Bonaparte de Marx. De acuerdo con un criterio estrictamente académico, las mencionadas no serían obras de historia, porque no habrían sido escritas desde seminarios de historia. Serían obras de Economía política, de Sociología o incluso obras políticas sin relevancia académica, como eran para la mayor parte de los historiadores académicos las obras de Marx. Sin embargo, visto desde el tipo de historia que dominaría posteriormente la disciplina, las mencionadas han de reconocerse como algunas de las mejores obras de "historia-problema" que jamás se han escrito. Ni esas ni otras obras similares, como las que escribían los historiadores de la economía que se agrupaban en torno a Gustav Schmoller, despertaban la más mínima objeción entre los historiadores, cuya respuesta indignada solo se dirigía contra los intentos de escribir ese tipo de historia por parte de "historiadores profesionales", lo que los alemanes llamaban
Fachhistoriker. Todo esto permite considerar de un modo muy distinto la querella entre Historia historicista e Historia social, y en definitiva la crisis de fin de siglo en el ámbito de la historiografía.
A los historiadores se les presentaban dos alternativas ante la crisis: ceder a la presión y tratar de reformar su disciplina para hacer frente a los nuevos desafíos que la demanda social planteaba, atendiendo a nuevos temas, utilizando métodos propios de otras ciencias, pero dañando así la identidad de la disciplina como algo único y superior. Esto es lo que en última instancia representaba la propuesta de Karl Lamprecht. La segunda alternativa era bunkerizarse ante esa presión, intentando preservar a toda costa la identidad de la historia como una disciplina peculiar, diferenciada de las ciencias de la naturaleza, o de las ciencias sociales, inmaculada de toda contaminación de positivismo cientifista o de materialismo reduccionista. El poder y el prestigio de los historiadores fue decisivo a la hora de hacer triunfar la segunda alternativa en Alemania, donde sólo los golpes de la historia real a lo largo de este siglo acabarían quebrando la hegemonía de la vieja historia historicista ya en los años sesenta de nuestro siglo. Por debajo de la disputa teórica entre las dos alternativas puede detectarse una disputa por el poder académico entre quienes se sentían amenazados en sus posiciones, temerosos de verse arrinconados por la transformación de la historia, y perder aquel poder, y quienes al sostener una alternativa renovadora ponían en peligro la distribución de papeles en el teatro académico.
Por tanto, la crisis de fin del siglo pasado y la sustitución en el nuestro de una forma de hacer historia, la "historia historicista", por otra, la "historia social", no puede interpretarse como una especie de cambio "kuhniano" de paradigma, admitiendo -cosa que el propio Kuhn negaba- que en el caso de la historia pueda hablarse de paradigmas. Es pura y simplemente, la renuncia a la identidad de la historia como un tipo de disciplina cerrada sobre sí misma, construida sobre una concepción, un tema y un método absolutamente estrictos, que actúan como señas de identidad inviolables, y la admisión de todo tipo de temas de estudio con el mero requisito que se refieran al pasado, la adopción de toda clase de métodos procedentes de otras ciencias, con la exclusiva condición de mantener a su lado los clásicos procedimientos filológicos de crítica documental, propios de la disciplina, y la admisión finalmente de las más diversas teorías procedentes de las más diversas y opuestas filosofías, con el único requisito de que admitan la relevancia de la historia como disciplina científica. A partir de ese momento las posibilidades del trabajo del historiador se dilatan de forma portentosa, pero a costa de que ese trabajo pierda su identidad específica.
DOCUMENTACIÓN Fragmentos del debate celebrado en la Sorbona el 28 de mayo de 1908, en el que un grupo de distinguidos académicos discute el método de la historia. Los dos protagonistas principales, Émile Durkheim y Charles Seignobos, representan las dos concepciones opuestas de la historia enfrentadas a fines de siglo. El representante de la corriente historicista, Charles Seignobos, se ve sometido a un martirio dialéctico que anuncia el que iba a sufrir en general su disciplina en la larga decadencia del siglo XX.
DURKHEIM. En su exposición, el señor Seignobos parecía oponer la historia y la sociología, como si se tratara de dos disciplinas que utilizan métodos diferentes. En realidad, en lo que yo conozco, no hay sociología que merezca ese nombre y que no tenga carácter histórico[...] No hay dos métodos ni dos concepciones opuestas. Lo que será verdad de la historia, será verdad de la sociología[...]
La cuestión es saber si verdaderamente en historia no se pueden admitir otras causas que las causas conscientes, las que los mismos hombres atribuyen a los acontecimientos y a las acciones de las que son agentes.
SEIGNOBOS. Pero yo nunca he dicho que no hubiera otras. He dicho que las causas conscientes eran a las que llegamos más fácilmente.
DURKHEIM. Usted ha dicho que las únicas causas que el historiador puede alcanzar con cierta seguridad son las indicadas en los documentos por los agentes o por los testigos. ¿Por qué ese privilegio? Creo que, por el contrario, son las causas más sospechosas.
SEIGNOBOS. Pero al menos los testigos o los agentes vieron los acontecimientos, y esto es mucho.
DURKHEIM. No se trata de acontecimientos, sino de los móviles interiores que han podido determinar estos acontecimientos. ¿Cómo conocerlos? Hay dos procedimientos posibles. O bien se intentará descubrir esos móviles objetivamente y por un método experimental: eso no han podido hacerlo ni los testigos ni los agentes. O bien se intentará alcanzarlos por un método interior, por introspección. Ese es el único método que pueden aplicarse a sí mismos los testigos y los agentes. Por tanto es el método introspectivo el que introduce usted en la historia, y de forma ilimitada. Ahora bien, todo el mundo sabe hasta qué punto está llena de ilusiones la conciencia.
[...]
Esas causas, indicadas por los agentes, lejos de tener importancia alguna, deben considerarse en general hipótesis muy sospechosas. Para explicar fenómenos como las prohibiciones religiosas o la
patria potestas de los romanos, ¿va usted a aceptar como fundamentadas las razones que daban los jurisconsultos romanos? ¿Cómo explicar hechos de ese género, si no es con un método experimental que opere lenta y objetivamente? ¿Es que la conciencia individual puede conocer bien las causas de hechos tan considerables y tan complejos?
SEIGNOBOS. No hablamos de los mismos hechos; yo hablo simplemente de los acontecimientos, de los hechos históricos que no se produjeron más que una sola vez.
DURKHEIM. ¿Pero qué se diría de un biólogo que no considerara su ciencia más que como un relato de los acontecimientos del cuerpo humano sin estudiar las funciones de ese organismo? Y usted mismo, por otra parte, ha hablado de las religiones, de las costumbres de las instituciones.
SEIGNOBOS. He hablado de ello como de la segunda línea de fenómenos que trata el historiador, y sobre la que se siente ya mucho menos a gusto.
DURKHEIM: Pero no puede comprender absolutamente nada de los acontecimientos propiamente dichos, de los hechos, de las alteraciones, de los cambios, usted no puede estudiar lo que denomina la primera fila, si no conoce ante todo las religiones, las instituciones que son la osamenta de la sociedad.
[...]
SEIGNOBOS. No hay ninguna seguridad, ninguna certidumbre en historia cuando se pretende llegar a las causas. La prueba de ello es que las explicaciones de los fenómenos son siempre diferentes y no están nunca de acuerdo.
DURKHEIM. Su método conduce al nihilismo más absoluto. ¿Para qué otorgar un sitio importante a la enseñanza histórica? Sería mucho tiempo perdido para llegar a un resultado singularmente mediocre.
SEIGNOBOS. Perdón. La historia tiene como función recordar a las personas que la olvidan, la interdependencia y la reacción continua de las diversas series de hechos que hay la tendencia natural a separar en compartimentos estancos. Y por esa vía, puede influir considerablemente en la orientación del espíritu. Muestra que no hay nunca fenómenos aislados o discontinuos.
DURKHEIM. Todos los que se ocupan del estudio del pasado saben perfectamente sin embargo que los motivos inmediatamente visibles, que las causas aparentes son con mucho las menos importantes. Hay que bajar mucho más abajo en lo real para poder comprenderlo. O bien, si no hay posibilidad de llegar a otras causas hay que decir francamente que no se puede alcanzar ninguna causa verdadera.
[...]
SEIGNOBOS. Mi propósito es pura y simplemente explicar, si es posible, a través de qué cadena de acontecimientos bien asociados hemos llegado a la situación actual. Y en esta explicación tiendo a atribuir una grandísima importancia a los motivos expresados por los agentes, porque conocieron directamente los hechos.
[...] En historia nos encontramos a menudo fenómenos inexplicables, y que en apariencia parecen derivar de causas inconscientes. A causa de ese fenómeno la "escuela histórica" y Lamprecht han hecho intervenir la acción de realidades supra-individuales, y yo creía que era obedeciendo a un sentimiento del mismo género por lo que los sociólogos contemporáneos se habían visto conducidos a plantear una realidad colectiva
sui generis.
[...]
LALANDE. En suma habría dos formas de entender la palabra
comprender, la del historiador y la del sociólogo. Para el historiador, comprender es representarse las cosas bajo el aspecto de la motivación psicológica de la que tenemos actualmente el modelo en nosotros mismos; para el sociólogo, por el contrario, es representárselas bajo el aspecto de casos particulares, que pueden encerrarse en una ley o al menos en un tipo general ya planteado [...]
DURKHEIM. En dos palabras, no aceptamos como tales las causas que nos indican los agentes mismos. Si son ciertas, se las puede descubrir directamente estudiando los hechos mismos; si son falsas, esta interpretación inexacta es ella misma un hecho que se ha de explicar.
Bulletin de la société française de philosophie, nº 8, 1908 pp. 229-32 y 243-45 (Traducción, Enrique Gavilán Domínguez)