La medicina y las ciencias biológicas

Juan Riera Palmero



El pensamiento científico en la España del siglo XIX, tras un marcado hundimiento en el primer tercio de la centuria, inició una clara recuperación en los decenios centrales, proceso que culminaría en los años finales del Ochocientos al incorporar los métodos experimentales a partir de la Restauración de 1874. Esta fecha representa la definitiva transición al positivismo y la incorporación de hábitos experimentales conforme a la pauta de la ciencia europea del momento. Las ciencias médicas y biológicas ofrecen a finales de siglo un elenco de prestigiosos cultivadores, cuya enumeración comprende una gavilla estimable de figuras de primera magnitud en el ámbito español y europeo. Esta "generación de sabios", nacidos en torno a 1852, fueron los artífices de la incorporación en el orden médico y científico de España al movimiento europeo positivista. Figuran destacados morfólogos y anatomistas como Federico Oloriz y Aguilera (1855-1912), cultivadores de la pesquisa micrográfica como Maestre de San Juan , Eduardo García Solá (1845-1922), y Leopoldo López García (1854-1932). Especial notoriedad alcanzó el histopatólogo Luis Simarro Lacabra (1851-1921), antecesor de la eminente figura de Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), creador y maestro de la escuela más universal de la Medicina española en los últimos siglos. Entre los fisiólogos, José Gómez Ocaña (1860-1919), vinculado a la Universidad de Madrid, y los catalanes Jaime Ferrán y Clúa (1852-1929) y Ramón Turró y Darder (1854-1926), representan uno de los mejores ejemplos de médicos y biólogos de fin de siglo. En el terreno de la cirugía Alejandro San Martín y Satrústegui (1853-1908) en Madrid o Salvador Cardenal y Fernández (1852-1916) desde Barcelona son ejemplo de la aportación española al proceso de renovación de técnicas quirúrgicas. Como internistas destacaron en Cataluña Pedro Esquerdo (1852-1922) y en Madrid brilló la eminente figura del fundador de la gastroenterología española Juan Madinaveitia Ortiz de Zárate (1861-1938). La relación de médicos y biólogos, a pesar de ser incompleta, debe incluir entre otros, a José Ribera y Sans (1852-1938), eminente cirujano, así como a los creadores de diferentes especialidades médicas y quirúrgicas. Sirvan como referencia las figuras de Ricardo Botey Ducoing (1855-1921) creador de la Otorrinolaringología en nuestro país, José Antonio Barraquer Roviralta (1852-1924) eminente Oftalmólogo, o los tocoginecólogos Miguel Angel Fargas y Roca (1858-1916), Eugenio Gutiérrez González (1851-1914) y Sebastián Recasens y Girol (1862-1933). En el campo de la Higiene Pública realizaron destacada contribución Rafael Rodríguez Méndez (1845-1919) y Carlos María Cortezo (1850-1933). La definitiva europeización de las Ciencias Médicas y Biológicas en España tuvo lugar precisamente en el lapso histórico que abarca desde la Restauración de Sagunto hasta el advenimiento de la Primera Gran Guerra Europea de 1914. La celebración en España del XIII Congreso Internacional de Medicina e Higiene en Madrid en 1903 era la prueba evidente del alto nivel alcanzado por el continuado esfuerzo de esta generación que, nacida en torno a 1850-60, alcanzó la plena madurez de su labor científica en los años finales del siglo XIX. La siguiente generación, nacida en torno a 1880, llevó a la Medicina española anterior a la última contienda civil a un envidiable nivel. A la introducción del positivismo y la medicina de laboratorio, tuvo lugar la difusión en España de la Biología evolucionista, doctrina que suscitó un apasionado debate en el seno de las instituciones y comunidad científica peninsular. La compleja realidad histórica, exige al menos una parcelación de nuestro estudio, desglosando en diferentes epígrafes los contenidos de la exposición.


Las ciencias biológicas.

Dos hechos contribuyeron a mejorar el clima de los saberes biológicos en España a lo largo de la segunda mitad de la centuria, en primer lugar los estudios zoológicos y la creación de nuevas instituciones científicas, en segundo término la polémica del evolucionismo darwinista fue un estímulo que animó a la pesquisa e investigación científica.

Los estudios de Malacología fueron uno de los campos preferidos por nuestros zoólogos como los trabajos de Joaquín González Velasco; sobre todo destacó el precursor de las Ciencias Naturales en España, Mariano de la Paz Graells (1808-1898), médico que desde el cargo de Dirección del Museo de Ciencias Naturales influyó decisivamente en las promociones de naturalistas. En su haber figura la decisiva gestión en la "Expedición al Pacífico", siendo uno de los fundadores de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Junto a Graells, Laureano Pérez Arcas (1824-1894), fue destacado precursor de la gran figura de Ignacio Bolivar Urrutia (1850-1944), cuya obra supuso la fundamentación y proyección internacional de la Historia Natural Española. A esta renovación contribuyó Augusto González Linares, que jugó un papel destacado en la creación de la Estación de Biología Marina en las costas españolas, entre sus discípulos figuran José Rodríguez Carracido y Odón (1863-1945).

La difusión del darwinismo en España fue el capítulo más destacado de las polémicas científicas. Las primeras versiones de la obra Origen de las Especies se imprimió en Madrid (1876) en versión castellana. Las obras alcanzaron una difusión extraordinaria y prolongaron una dilatada polémica hasta entrado el siglo actual. Entre los biólogos evolucionistas destacó el profesor universitario Odón de Buen y del Cos (1863-1945) y Pedro Estasen y Cortada (1855-1913). Uno de los focos más importantes y mejor estudiados fue Valencia, donde la Biología darwinista encontró un cálido defensor en la figura del Catedrático de Anatomía Pelegrín Casanova y Ciurana (1849-1919), que convirtió a la Facultad de Medicina en un foco del evolucionismo. Había sido este profesor discípulo directo de Ernst Haeckel, y bajo su gestión se celebró en Valencia en 1909 el primer centenario del nacimiento de Charles Darwin. Las doctrinas darwinistas encontraron defensores y detractores. Clara defensa del darwinismo fue formulada por Máximo Fuertes Acevedo, Ramón Gómez Ferrer y Nicolás Achúcarro, este último había tomado contacto con el evolucionista valenciano Luis Simarro. En el Ateneo de Madrid se suscitó una airada polémica entre partidarios y detractores, en tanto la Real Academia de Medicina y la de la Lengua se mostraron claramente antievolucionistas. En la capital del Reino, Antonio Cánovas del Castillo se sumó al coro de defensores del ideario evolucionista, a la par que en Granada y Sevilla en las últimas décadas del siglo XIX, germinaron claros ecos favorables a la doctrina darwinista. No faltaron quienes, de plano, rechazaron los postulados de la Biología evolucionista, otros en cambio buscaron suavizar la polémica adoptando posiciones conciliadoras como el Cardenal Ceferino González y el teólogo Juan González.


Antropología y morfología humana.

Los saberes acerca de la realidad humana, su estructura y forma, fueron motivo de reflexión antropológica y de investigación experimental. Dos brillantes expositores resumen lo más destacado del pensamiento antropológico en la medicina española finisecular: Pedro González Velasco (1815-1882) y Federico Olóriz Aguilera (1855-1912). La contribución más valiosa de González Velasco fue la fundación en 1875 de un "Museo Antropológico" y de la "Sociedad Española de Antropología, Etnografía y Prehistoria". Fundamental fue la creación de Federico Olóriz del "Laboratorio y Museo de Antropología", unido a la Cátedra de Anatomía que llegó a contar con una importante colección de piezas anatómicas. Entre los anatomistas más ilustres en la etapa finisecular figuran junto a los nombrados, Julián Calleja y Sánchez y más joven Ramón López Prieto.

En las ciencias morfológicas fue la investigación histológica donde brillaron los médicos españoles agrupados en torno a la obra de Santiago Ramón y Cajal. La Histología y la Anatomía patológica en España alcanzaron su edad de oro bajo el fecundo magisterio cajaliano. Discípulo de Maestre de San Juan, aprendió Cajal de Luis Simarro el método de la impregnación cromoargéntica, a partir del cual llevó a cabo sus investigaciones sobre los cuerpos neuronales. La modificación técnica denominada "doble impregnación" permitió a Cajal elaborar su doctrina de la neurona, descubrimiento que le llevaría a obtener el Premio Nobel en 1906. Entre las grandes aportaciones deben citarse su Histología del sistema nervioso del hombre y los vertebrados, aparecida entre 1897 y 1904, posterior es la obra Degeneración y regeneración del sistema nervioso (1913-14). Mención especial merece su participación en el Handbuch der Neurologie de Bumke y Foerster, en el que redactó el capítulo "La Doctrina de la Neurona". La vida de Cajal transcurrió por cuatro etapas científicas, como señala el profesor Laín Entralgo, la inicial entre 1878 a 1888, en la que se fraguó su vocación histológica. En una segunda etapa, entre 1888 a 1903, sus investigaciones sobre el sistema nervioso, mediante el método de Golgi, llamado procedimiento de "doble impregnación", forjó la teoría de la neurona. La tercera etapa, un decenio entre 1903 y 1913, empleó la técnica del nitrato de plata reducido, aportando nuevos conocimientos sobre la degeneración y regeneración del sistema de los nervios y vías centrales. La última etapa supuso la incorporación de nuevos métodos histopatológicos que abrió el camino a su discípulo Pío del Río-Hortega (1882-1845).

La importancia de Cajal radica en su obra personal y de un grupo de eminentes histopatólogos agrupados en torno a su magisterio, discípulos suyos fueron, entre otros, el ya citado Pío del Río-Hortega, Jorge Francisco Tello, Nicolás Achúcarro y Lund, Gonzalo R. Lafora y otros destacados cuya obra brillaría en pleno siglo actual.


La Medicina de Laboratorio.

La Revolución de 1868 marcó un periodo de febril institucionalización de centros consagrados a la enseñanza de la Medicina, favoreció el movimiento positivista, permitiendo la renovación docente y científica. La Restauración borbónica de 1874 afianzaría aún más dando continuidad al creciente proceso de europeización de la experimentación médica en España. Destacado protagonismo tuvo la Escuela Libre de Medicina de Sevilla, cuya actividad inaugurada en 1868, fue centro de investigación de fisiólogos profesionales. Federico Rubio y Galí (1827-1902) promotor de la Escuela supo agrupar a su entorno a figuras como el fisiopatólogo Ezequiel Martín de Pedro y Eugenio Olavide. Amplia repercusión tuvo la Academia y Laboratorio de Ciencias Médicas de Barcelona, promovido entre otros, por Salvador Cardenal y Fernández en 1872, que en los años finales del siglo contó con un prestigioso Laboratorio de Bacteriología (1897) y otro de Histología inaugurado en 1904. Entre sus promotores figuran eminentes positivistas y experimentalistas como Ramón Turró y Darder, Alvaro Esquerdo, Bartolomé Robert Yarzabal, Pedro Esquerdo y Lluis Suñé.

La difusión en España de la obra fisiológica de Claude Bernard (1823-1878) y los nuevos descubrimientos bacteriológicos de Luis Pasteur y Roberto Koch, suscitaron en nuestro país el auge de la investigación de Laboratorio y Micrografía.

El fisiólogo con mayor obra personal a finales del siglo en la Universidad de Madrid era José Gómez Ocaña, ya citado, Catedrático de Granada (1886), más tarde docente en la Universidad de Madrid. Entre sus aportaciones deben citarse las consagradas a las funciones tiroideas, los centros ópticos y el nervio vago. Amplia difusión alcanzó su Fisiología humana, cuya primera edición apareció en 1896.

En el ámbito barcelonés la Fisiología ochocentista inaugurada por Jaime Pi y Suñer, contó con la labor experimental del bacteriólogo Ramón Turró y Darder, antes citado, cabeza de la Escuela de Biología en el Instituto de Estudios Catalanes.

La investigación bacteriológica fue promovida a partir del influjo de la obra de Pasteur en Francia y Roberto Koch en Alemania. Sin disputa fue en este campo en el que la Medicina española realizó aportaciones de primera magnitud. Destacan por su labor personal junto al ya citado Turró, Jaime Ferrán y Clúa, y Vicente Llorente y Matos. La obra de Jaime Ferrán y Clúa (1850-1929) fue decisiva en la preparación de la vacuna anticolérica. Los primeros ensayos, realizados en Tortosa, fueron recogidos en sus Memorias sobre el parasitismo bacteriano (1884). El nombre de Ferrán alcanzó proyección universal por sus brillantes estudios sobre el cólera, designado al efecto miembro de la Comisión que trabajó sobre esta enfermedad en Marsella, tuvo la fortuna de aislar y cultivar el vibrión colerígeno. La epidemia de 1885 en la España mediterránea le llevó a ensayar las primeras vacunas sobre humanos en la población valenciana de Alcira. Su obra comprende ensayos de vacunación antitífica, tratamiento de la rabia mediante el llamado "método supraintensivo". Los resultados de sus numerosas vacunaciones, inmortalizadas en un lienzo de Sorolla, las expuso en su obra La inoculación preventiva contra el cólera morbo asiático (Valencia, 1886). Con Ferrán la bacteriología española ha alcanzado uno de sus más ilustres representantes en la ciencia europea de finales del siglo XIX.

Completa la nómina de ilustres bacteriólogos la obra personal de Ramón Turró, que sucedió a Ferrán en la Dirección del Laboratorio Municipal de Barcelona, institución de marcado protagonismo en la experimentación biológica de la España de la Restauración. La obra de Turró se halla dedicada de preferencia a los problemas de la inmunidad, citándose entre otros sus trabajos sobre La anafilaxia (1911) y Los fermentos defensivos en la inmunidad natural y adquirida (1916).

La Terapéutica y Farmacología experimental durante los últimos decenios del siglo contó la Cátedra de la que fue titular Benito Hernando Espinosa (1846-1916). Sin embargo el gran maestro de la Farmacología española en los primeros decenios del siglo actual fue el segoviano Teófilo Hernando Ortega, autor de una importante obra de investigación original.


La Cirugía de fin de siglo.

El renovador de la Cirugía española ochocentista fue Federico Rubió y Galí, fundador de la Escuela Libre de Sevilla, y creador en 1880 del "Instituto de Terapéutica Operatoria" en Madrid, donde residió hasta su muerte en 1902. En este centro madrileño se iniciaron las especialidades quirúrgicas de las que más tarde nos ocuparemos. Las dos grandes figuras de la Cirugía madrileña en los últimos años de la centuria fueron José Ribera y Sans (1852-1912) y Alejandro San Martín y Satrústegui (1853-1908), cuya obra personal fue pionera en los ensayos técnicos de anastomosis vasculares en animales. San Martín fue Catedrático de la Universidad Central desde 1882, entre cuyas aportaciones figuran novedades instrumentales y técnicas, siendo originales sus investigaciones de cirugía experimental. Los progresos desarrollados en colaboración con José Goyanes Capdevila, fueron expuestos en su discurso Cirugía del aparato circulatorio (1902). Entre sus aportaciones figuran la realización de fleborrafias y suturas arteriales y arteriovenosas. Su discípulo Goyanes, una generación más joven, realizó anastomosis termino-terminal para reparar una sección traumática (1906), y colaboró activamente en el laboratorio fisiológico de Gómez Ocaña.

En la renovación de la Cirugía española destacó la labor realizada en Barcelona de Salvador Cardenal y Fernández, cirujano que contribuyó decisivamente a la implantación de la asepsia en España. Cardenal se formó en los mejores centros europeos, viajó con frecuencia a París, y aprendió en la clínica vienesa de Theodor Billroth las mejores técnicas de cirugía abdominal, más decisiva fue su estancia en Londres junto al creador de la Cirugía antiséptica Joseph Lister. Entre sus mejores trabajos destaca la Guía práctica para la cura de las heridas (1879), ampliada más tarde en el Manual práctico de cirugía antiséptica (1894), la mejor contribución de la cirugía peninsular a la difusión de la asepsia quirúrgica. El listerismo alcanzó unánime aceptación en el Congreso de Ciencias Médicas de Barcelona (1888) que presidiera Cardenal, sobresaliendo en apoyo de sus doctrinas Antonio Espina y Capo, Ramón Serret y Comín y Juan Manuel Mariani. La nómina de los cirujanos españoles más ilustres en el tránsito del siglo XIX al actual debería completarse con los nombres de Enrique Diego Madrazo, fundador de un Sanatorio quirúrgico en Santander (1896), y ya en nuestro siglo León Cardenal Pujals, Laureano Olivares y Antonio Morales Pérez.

Entre los grandes cirujanos españoles de fin de siglo cumplió una labor enciclopédica José Ribera y Sans, antes citado, enfrentado profesionalmente con San Martín, fue Ribera un cirujano con dotes excepcionales. Desde su Cátedra de Clínica quirúrgica en la Universidad de Madrid, desarrolló su actividad, de preferencia, en el Hospital del Niño Jesús, fruto de esta labor son sus Estudios clínicos de cirugía infantil (1887) y el manual docente Clínica quirúrgica general (1895). Es el cirujano que realizó la primera gastrectomía en España, casi en las mismas fechas que Theodor Billroth.


Oftalmología y Otorrinolaringología.

La Oftalmología española se convirtió en especialidad a finales del siglo XIX. Los orígenes modernos de esta rama quirúrgica deben buscarse en la creación, por Amadeo I, del Instituto Oftálmico cuyo primer director fue el hispano-venezolano Francisco Delgado Jugo (1830-1903). Colaboraron en el Instituto madrileño Santiago de los Albitos y López Díaz. Antes de finalizar la centuria la Oftalmología española inició una nueva etapa con la fundación de la revista Anales de Oftalmología, obra de Rodolfo del Castillo. Similar papel debe atribuirse a la escuela catalana iniciada en torno a José Antonio Barraquer y Roviralta en el Hospital de la Santa Cruz de Barcelona, que ocuparía la Cátedra de la especialidad en la Universidad de Barcelona en 1910.

La mayoría de edad de la Oftalmología española tuvo lugar a comienzos del siglo actual con la institucionalización profesional, científica y docente. En 1903 en Barcelona se funda a instancias de Manuel Menacho Peiron la Sociedad Oftalmológica Hispanoamericana, y con Manuel Santos Fernández los Archivos de Oftalmología Hispano-Americanos, publicación en la que se dieron cita la mejor producción en lengua castellana de la Oftalmología. A comienzos de nuestro siglo la disciplina se incorporó definitivamente a los planes docentes como asignatura reglada.

El ulterior desarrollo y la labor de las grandes figuras de la Cirugía ocular como José Barraquer (1852-1924) y Manuel Márquez Rodríguez (1872-1961) superaron los límites cronológicos de nuestro estudio.

La creación de la Otorrinolaringología como especialidad en España fue obra preferente de Rafael Ariza y Espejo (1826-1887), que colaboró con Federico Rubió en el Instituto de Terapéutica Operatoria de Madrid. En este centro Ariza se consagró a la especialidad, introduciendo en nuestro país la práctica de la laringoscopia y otoscopia. La obra de Ariza apareció parcialmente en revistas de la especialidad, siendo publicada en su totalidad después de su muerte. En Barcelona destacaron dos ilustres profesionales, Luis Suñé y Molist (1852-1914) y Ricardo Botey Ducoing, el primero de los cuales fundó la Sociedad Española de Laringología, Otología y Rinología en 1886, siendo editor asimismo de la Revista de Laringología y Otología.

La enseñanza universitaria de la Otorrinolaringología se inaugura en Madrid en 1902, de cuya docencia se encargó Juan Cisneros, Jefe de Servicio de la especialidad. Los primeros especialistas surgieron en Madrid, además del citado Rafael Ariza, figura Celestino Comparaid, Eustaquio Uruñuela y Antonio García Tapia (1875-1950), sin embargo la obra de este último, la más importante aportación española a la especialidad, supera el límite temporal del presente estudio.

Contribuyó al afianzamiento de la Otorrinolaringología en Barcelona Ricardo Botey Ducoing, antes citado, autor de una dilatada labor profesional y científica. Fundador de la revista Archivos de Laringología, Otología y Rinología, redactó numerosas monografías de las cuales el Tratado de Otorrinolaringología, impreso en 1902, alcanzó amplia difusión entre médicos y estudiantes.

Al auge del especialismo quirúrgico debe sumarse la creación de la Odontología con reconocimiento académico y científico en España a finales del siglo XIX. La importancia social de la profesión fue reconocida cuando en 1893 Cayetano Triviño, Florestán Aguilar y Ramón Portuondo promovieron elevar la especialidad a rango equiparable a las restantes actividades quirúrgicas. Apenas inaugurado el siglo actual, en 1901, se dotaron dos Cátedras universitarias en la Facultad de Medicina de Madrid para la enseñanza de la Odontología. La Escuela de Odontología quedaba constituida por R.O. de 17 de Agosto de 1914, gracias a la vinculación de Florestán Aguilar como dentista de la Corte.

La creación de la especialidad fue el resultado de un creciente auge de las publicaciones y el ascenso social de los dentistas. Las primeras revistas fueron fundadas en los primeros años de la Restauración, como la Revista Odontálgica (1872), a la que siguieron otras como La Odontología (1892). Entre los tratadistas del último tercio del Ochocientos merecen citarse Antonio Rotondo y Rabasco, José Boniquet y José Martínez Sánchez.


Los Higienistas de fin de Siglo.

Las graves epidemias del siglo XIX y el proceso de industrialización suscitaron amplio interés higiénico-sanitario. En el ámbito barcelonés destacaron por su labor sanitaria, entre otros, Rafael Rodríguez Méndez y Luis Comenge y Ferrer (1854-1912) que representan la continuidad de sus predecesores. La actividad industrial en Cataluña suscitó un creciente interés que reflejan las obras de Pedro Felipe Monlau y Roca, autor de uno de los primeros tratados de Higiene Industrial (1856), José Salarich y Verdacer y Juan Giné y Partagás.

El grupo de higienistas vinculados a Madrid fue más numeroso, especialmente en el campo de la política sanitaria destacaron Francisco Méndez Alvaro, Manuel Alonso Sañudo y los doctores que ejercieron cargos políticos, Carlos Mª Cortezo, Angel Pulido y Fernández y Amalio Gimeno y Cabañas. La Sociedad Española de Higiene se fundaba en 1882, de cuya iniciativa surgió la revista Boletín de Higiene (1882-1889) y la Higiene Práctica, cuyo primer número apareció en 1904. Destaca la actividad sanitaria en los años finales del siglo de Carlos María Cortezo, que ocupó la Dirección General de Sanidad y a cuya iniciativa se creó el Instituto Central de Higiene y Seroterapia.

Entre los tratadistas figura Francisco Javier Santero, autor de los Elementos de Higiene Privada y Pública (1885). La copiosa actividad de los médicos higienistas comprende los numerosos libros de Angel Púlido, entre los que destaca el Saneamiento de las Poblaciones españolas, y La Sanidad Pública en España, ambos textos aparecidos en 1902. La creciente importancia de los problemas higiénicos contó con el Instituto Alfonso XIII, que reunió centros hasta entonces dispersos, como el Instituto de Vacunación y el Instituto de Bacteriología.

Destaca en el campo de las luchas sanitarias la obra cumplida por Gustavo Pittaluga, especialmente por sus Investigaciones y Estudios sobre el paludismo en España (1903). La medicina laboral contó, entre otras con las exposiciones de Enrique Salcedo y Ginestal con sus Estudios elementales de Higiene Industrial, y las Nociones de Higiene Industrial, obra ésta de José Ignacio Elezegui López, impresas en 1904. En el ámbito vascongado el doctor Muguruza recogió su labor sanitaria en un curso de Conferencias sobre la higiene del obrero siderúrgico. En el campo de la cirugía minera la figura más sobresaliente en la península en los años finales del siglo fue Enrique Areilza y Arregui (1860-1926), director de los Hospitales Mineros de Triano.


Tocoginecología y Urología.

El primer centro hospitalario en España que cultivó la Tocoginecología como servicio independiente fue el Instituto del Doctor Rubio en Madrid, cuya figura más importante fue Eugenio Gutiérrez González (1851-1914), nacido en Santander y formado científicamente en París, donde bajo el magisterio de Ranvier cultivó la Histopatología. Entre los testimonios escritos, fruto de su quehacer profesional, destaca el discurso pronunciado en 1894 con el título "Límites de la Cirugía radical en Ginecología". A la escuela madrileña pertenecen Pedro Calderín, que trabajó junto a Eugenio Gutiérrez en el Instituto de Terapéutica Operatoria, y Ricardo Becerro de Bengoa, fundador del dispensario ginecológico en el Hospital de la Cruz Roja en Madrid. Cierta notoriedad alcanzó Francisco Cortejana y Aldevó, autor de un estimable Manual de Partos (1871).

La escuela catalana de la especialidad se afianzó en los últimos dos decenios del siglo XIX, cuando se creaba la Cátedra de Partos, separándola de la de Pediatría. La Ginecología se encargó a Joaquín Bonet y Amigó, en cambio la Ginecología estuvo en manos del verdadero fundador de la especialidad en Barcelona, Miguel Fargas Roca (1858-1916). Fargas alcanzó notoriedad en el ámbito profesional y ciudadano barcelonés, fundador de la primera clínica ginecológica en 1889, y Catedrático de la especialidad en la ciudad natal desde 1893. Entre su amplia obra de publicista alcanzó especial notoriedad su gran Tratado de Ginecología, impreso por vez primera en 1903.

Creada la Sociedad Española Ginecológica celebró su primer Congreso en 1888. En Barcelona la obra de Fargas fue continuada por Pedro Nubiola Espinós.

A comienzos de nuestro siglo inició su labor en la Universidad Central Sebastián Recasens y Girol (1866-1932), formado en Barcelona junto a Fargas y Salvador Cardenal, y que cumplió amplia labor docente en Madrid desde 1902; sus manuales ejercieron amplia aceptación en los primeros decenios del siglo actual.

La Urología quirúrgica venía siendo quehacer limitado a las intervenciones usuales de la talla perineal, como recuerdan los textos de Juan Benjumeda (Talla perineal, 1870), y Juan Ceballos Gómez (De las tallas perineales y el cateterismo perineal forzado, 1869). Es a partir de la fundación del Instituto por Federico Rubio en Madrid, cuando la especialidad empezó a cobrar su mayoría de edad. El primer servicio de Urología fue dirigido por Enrique Suender, formado en París bajo el magisterio de Bigelow, quien introdujo en España la litotricia con el auxilio de la anestesia. Suender debe considerarse como el padre de la Urología española, pues fue el primer urólogo que se consagró exclusivamente a este quehacer quirúrgico, contribuyendo decisivamente a la independización de la Urología de la Cirugía general. Además de Suender merece citarse a Rafael Mollá y Rodrigo, autor de un tratado sobre las enfermedades de las vías de orina aparecido en 1888.

La figura de mayor proyección universal fue el hispano-cubano Joaquín Albarrán (1860-1912), nacido en Sagua la Grande (Cuba), que residió en Barcelona y más tarde marchó a París donde trabajó en el Hospital Necker junto a Félix Guyon, aunque se nacionalizó francés; distintos urólogos españoles recibieron su generoso magisterio como Víctor Azcárate, que tras su formación parisina junto a Albarrán, ejerció amplio influjo en Barcelona introduciendo el citoscopia perfeccionado por el propio Albarrán. A comienzos de nuestro siglo, una nueva generación de profesionales afianzó definitivamente la Urología en España, entre otros deben recordarse Salvador Pascual, Leonardo de la Peña y Pedro Cifuentes.


La Clínica Médica.

A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX la Medicina Interna incrementó de forma considerable sus conocimientos, apoyados en los avances de la Anatomía Patológica, Fisiopatología y Bacteriología; ello obligó en los años finales del Ochocientos y primer decenio de nuestro siglo actual, a la creciente especialización de nuevas ramas de la Medicina. El reconocimiento académico, profesional y científico fueron tres aspectos de una misma realidad, la aparición de la Clínica Médica especializada.

La renovación de la Clínica tuvo lugar en la segunda mitad de la pasada centuria, sobre todo a partir de la Restauración. Se debe a una generación de médicos, entre los que sobresalen clínicos madrileños como Juan Manuel Mariani y Larrión (1853-1909), autor de valiosos trabajos sobre Patología cardiorespiratoria. Asimismo son dignos de mención Nicolás Rodríguez Abaytúa, Francisco Huertas (1847-1933), Jacobo López Elizagaray (1860-1934), Antonio Simonena Zabalegui (1861-1941), Eduardo Moreno Zancudo y Francisco Moliner (1851-1915) entre otros. En Barcelona dos clínicos atestiguan en los años iniciales del siglo actual la renovación de la Clínica Médica en Cataluña, Bartolomé Robert Yarzabal y Pedro Esquerdo Esquerdo (1851-1922) ya citados.

El clínico más eminente en la España de la Restauración fue el Catedrático Manuel Alonso Sañudo (1856-1912), docente primero en la Universidad de Zaragoza y desde 1894 en Madrid. Entre sus mejores exposiciones figuran las Lecciones de Patología y Clínica médicas, que se imprimieron en dos volúmenes entre 1891 y 1893. Sañudo fue médico de la Corte y su magisterio fue decisivo en la Medicina española del primer tercio del siglo actual. El otro gran maestro de origen guipuzcoano, pero con ejercicio en Madrid, fue Juan Madinaveitía Ortíz de Zárate, de cuya obra nos ocuparemos más tarde.

Entre los tratadistas de Medicina Clínica destacó el interés en torno al problema de la Tuberculosis, cuya importancia social motivó una amplia respuesta sanitaria. La lucha contra esta enfermedad y su organización científica fue promovida en España por José Codina Castelví (1867-1934). Algunos internistas se consagraron de preferencia a su estudio, entre otros además de Codina, en Madrid destacaron Antonio Espina y Capo y Simón Hergueta.

Codina y Castelví promovió la creación de la "Asociación Española contra la Tuberculosis", cuya actividad se centró en campañas preventivas y de información. La creación de los primeros dispensarios antituberculosos fue decisiva en la lucha contra la enfermedad. Codina fue Director del dispensario antituberculoso "Príncipe Alfonso" en Madrid, y años después estuvo encargado del Sanatorio Victoria Eugenia de Valdelatas. A su amplia labor científica le corresponde un lugar destacado como publicista; entre sus mejores trabajos sobresale su Demostración clínica del contagio en la Tuberculosis que apareció en 1895 y la monografía El problema social de la Tuberculosis (1916). En los primeros decenios del siglo actual contribuyeron con sus trabajos al conocimiento de la tuberculosis Juan Manuel Mariani, médico del Hospital de la Princesa de Madrid, y Francisco Moliner entre otros.

Como tisiólogos en los primeros decenios de la centuria actual alcanzaron prestigio internacional Luis Sayé y Sempere, que dirigió la lucha contra la enfermedad en los dispensarios catalanes, aunque la obra de Sayé supera ampliamente los límites cronológicos del siglo XIX. Entre las aportaciones más originales de la Medicina española finisecular figuran en lugar destacado las investigaciones de los bacteriólogos Jaime Ferrán y Vicente Llorente. Al primero le debemos la creación de la vacuna "anti-alfa" con relación al grave problema del contagio de la tuberculosis, hallazgos que reunió en sus Investigaciones sobre la Tuberculosis y su bacilo (1901). El estudio de esta enfermedad, su clínica e importancia epidemiológica y social encontró amplio eco entre los tratadistas españoles, motivando la convocatoria del Primer Congreso que se celebró en Barcelona en 1910. Dos años más tarde en San Sebastián tuvo lugar el Segundo Congreso de esta naturaleza.


La Psiquiatría.

En sus comienzos la Psiquiatría española contó en los años centrales del siglo XIX con la figura de transición de Pedro Mata y Fontanet (1811-1877), introductor en la península de las concepciones somaticistas de los alienistas franceses. La orientación positivista de Mata se proyectó en la Escuela de Madrid, representada sobre todo por José Mª Esquerdo Zaragoza (1842-1912), cuya actividad profesional se orientó, de preferencia, a la difusión y creación de centros asistenciales destinados a mejorar la atención a los enfermos mentales. Las enseñanzas dispensadas por Esquerdo en Madrid sobre patología y enfermedades mentales significaron un enorme avance en la incipiente profesionalización de esta reciente especialidad médica. Discípulo destacado de Esquerdo fue Jaime Vera (1859-1918) autor de una monografía dedicada al Estudio clínico de la parálisis general progresiva (1880).

En Cataluña la Psiquiatría y el estudio de los trastornos mentales contó con el decidido impulso del polifacético Juan Giné y Partagás (1836-1903), Director del Nosocomio de Nueva Belén en Barcelona. Desde este centro asistencial destinado a los dementes Giné contribuyó a promover la primera revista de la especialidad, la Revista frenopática barcelonesa, fundada en 1881. La labor de Giné fue decisiva en favor de la institucionalización de la Psiquiatría como especialidad. Fue autor de una dilatada obra científica de la que destacamos su Tratado teórico-práctico de Frenopatología (1878), sin lugar a dudas el primer gran texto español sobre la materia. Entre sus discípulos fue posiblemente Arturo Galcerán Granés (1850-1919), quien además de continuar la obra del maestro, fundó una nueva publicación, los Archivos de Terapéutica de las Enfermedades nerviosas y mentales (1904), siendo uno de los promotores más destacados en el nacimiento de la Sociedad de Psiquiatría y Neurología.

Al margen de la escuela positivista de Giné, profesó doctrinas espiritualistas Emilio Pi y Molist (1824-1892), cuya amplia formación intelectual orientó sus proyectos a buscar la mejora asistencial de los alienados.

La Psiquiatría finisecular y del primer decenio del siglo actual contó con la ilustre figura de Luis Simarro Lacaba (1851-1921), cuya formación parisina junto a Charcot le valió un amplio influjo en España. Simarro, de origen valenciano, fue el primer Catedrático de Psicología experimental.


La Pediatría.

En la creación de la especialidad tuvo destacada participación el médico madrileño Mariano Benavente (1818-1885), que dirigió en Madrid el Hospital del Niño Jesús. La primera Cátedra universitaria creada en Madrid en 1886 fue ocupada por Francisco Criado Aguilar, cuya labor docente se prolongó en los primeros decenios del siglo actual.

A partir de 1888 puede considerarse constituida la Pediatría como disciplina académica al crearse las cátedras en las Universidades de Barcelona, Valencia y Granada. El Hospital del Niño Jesús inaugurado en 1877 fue el centro de formación de los primeros pediatras españoles. Los primeros centros de asistencia a la infancia se multiplicaron a finales de la centuria; cabe citar el Instituto de Federico Rubio en Madrid, el centro creado en Barcelona en 1890 por Francisco Vidal Solares y las primeras Gotas de Leche, o dispensarios pediátricos en 1904 gracias a la labor desarrollada por Rafael Ulecia y Cardona (1850-1919). A la primera Gota de Leche, creada en Madrid por Rafael Ulecia, siguieron las de Barcelona, Valencia, Palma de Mallorca y San Sebastián, entre otras ciudades españolas. Las primeras revistas de la especialidad son de estos años, como la Cirugía de los Niños o El Hospital de Niños.

En la fase de consolidación de la especialidad debe subrayarse la contribución de Andrés Martínez Vargas (1861-1928), catedrático primero en Granada y más tarde en 1892 en Barcelona. Se debe a Martínez Vargas un excelente Tratado de Pediatría (1915) y la creación de la revista La Medicina de los Niños. La creación de la Sociedad Española de Pediatría y de los primeros congresos en España patentizan el auge que las enfermedades de la infancia tuvieron entre los médicos españoles del periodo sometido a rememoración.


Dermatología.

El creador de la especialidad en España fue José de Olavide Landazabal (1841-1901), formado en París y seguidor de las doctrinas de Cazenave y Bazin. La labor asistencial la desarrolló en el Hospital de San Juan de Dios, autor de una amplia obra escrita que apareció en el último cuarto de siglo. Contribuciones a la Dermatología se deben, entre otros, a Juan Giné y Partagás, ya citado, a Jerónimo Pérez Ortiz y a Enrique Slocker de la Pola.

Los comienzos de la especialidad quedaron confirmados al crearse la Cátedra de la especialidad en Madrid, que ocupó Juan de Azúa y Zuárez (1852-1922), discípulo primero de Olavide en el Hospital de San Juan de Dios y más tarde formado en clínicas extranjeras de las que introdujo en España las concepciones de Ferdinand Hebra y Moritz Kaposi, de orientación anatomoclínica. A comienzos de nuestro siglo ejercían como destacados dermatólogos Jaime Peirí Rocamora en Barcelona y José Sánchez Covisa en Madrid. El órgano de expresión de los profesionales fueron las Actas Dermosifilográficas, iniciadas en 1908.

Entre los problemas dermatológicos más importantes en la España contemporánea fue la lepra la enfermedad que suscitó mayor interés, razón por la cual la R.O. de 1877 dispuso la obligación de contar con salas destinadas a enfermos de lepra en los hospitales de aquellas provincias que no contaban con leproserías. La bibliografía española sobre la lepra cuenta con aportaciones de Francisco Méndez Alvaro, Juan Bautista Peset y Vidal, Gaspar de Sentiñón, así como contribuciones de Juan de Azúa y Jaime Peirí.


Gastroenterología.

Las enfermedades del aparato digestivo fueron motivo de especial dedicación entre algunos ilustres médicos internistas, destacando la labor desarrollada por Juan Madinaveitia, ya citado, a quien debe considerarse como el fundador de la Gastroenterología en España. Los últimos años del Ochocientos y primer decenio del siglo actual fueron decisivos en la institucionalización de esta nueva rama de la Medicina. El internista catalán Bartolomé Robert Yarzábal es autor del tratado Enfermedades del aparato digestivo (1899). La especialidad nació a partir de la labor de tres grandes internistas, Eduardo Monero Zancudo (1853-1908), Nicolás Rodríguez Abaytúa (1855-1921) y Juan Madinaveitia, ya citado. El primer decenio de nuestro siglo conoció la aparición de los dos grandes textos de la especialidad en España, ambos de Madinaveitia, las Enfermedades del esófago y del estómago y la Fisiología y patología de la digestión, que suponían la definitiva consagración de la especialidad, desgajándose de la Cirugía.


El fin de Siglo y la organización médica profesional.

El último decenio del Ochocientos fue decisivo en la nueva configuración del ejercicio médico. Las primeras asociaciones de médicos a lo largo del siglo XIX iniciaron su existencia con la fundación en 1838 de la "Sociedad Médica Matritense". Similares organismos surgieron en los años centrales de la centuria, como el Instituto Médico Valenciano o la Sociedad Médica de Emulación, esta última en Barcelona.

El triunfo de la Revolución de 1868 favoreció la libertad de enseñanza y el asociacionismo, cuyo clima más favorable permitió, consolidada la vida española tras la Restauración, la creación de los primeros Colegios Médicos profesionales. A partir de 1890 este proyecto inició la difusión de bases para una "Asociación General de Médicos y Farmacéuticos Rurales" en España.

El movimiento favorable a la colegiación, inaugurado en 1894, cobró plena realidad en algunas ciudades españolas. Al año siguiente, en 1895, se constituyeron las primeras asociaciones profesionales de esta naturaleza. El Real Decreto de 28 de Junio de 1894, que venía a desarrollar la Ley de Sanidad de 1855, reconocía a estas agrupaciones profesionales. La creación de los Colegios Médicos y su definitiva institucionalización tuvo lugar mediante Real Decreto de 12 de Abril de 1898, bajo la jefatura de Sagasta, siendo Ministro de la Gobernación Trinitario Ruíz y Capdepón. A partir de este Real Decreto entraron en vigor los Estatutos para el régimen de los Colegios de Médicos, que suponía una profunda reforma en el ejercicio médico que llega hasta nuestros días. La colegiación obligatoria suscitó en un primer momento recelos, lo que motivó, siendo Ministro de Gobernación Eduardo Dato, una Real Orden de 30 de Junio de 1900, con la que pretendía acallar las posibles críticas. Aunque los colegios eran de ámbito provincial, la R.O. de 1900 reconoció agrupaciones profesionales en algunas ciudades como Cartagena, Vigo o Gijón, que no reunían este requisito de capitalidad.

Los primeros años del siglo actual acabaron perfilando la obligatoriedad y situación profesional de los facultativos como la Instrucción General de Sanidad Pública de 1903 y el Real Decreto de 1904. Estas disposiciones reconocían el carácter de corporaciones oficiales a un elevado número de agrupaciones provinciales. Esta regulación sería nuevamente ampliada y reforzada en 1917, periodo que supera el ámbito cronológico de nuestro estudio.