Los estudios filológicos a finales del siglo XIX
César Hernández AlonsoSituación sociocultural y académica La situación y las circunstancias, de toda índole, condicionan y mediatizan siempre la tarea de la investigación y del progreso cultural.
Y a finales del siglo pasado el panorama intelectual y científico en España era realmente lamentable en lo que a la Filología respecta. Para hacernos una idea, convendrá asomarnos a mediados de siglo para poder ver las complejas peripecias de los estudios universitarios; para ello nos referiremos especialmente a la Universidad vallisoletana.
El 9 de septiembre de 1875 las Cortes aprueban la Ley de Instrucción Pública, elaborada por el Ministro de Fomento, y antiguo Rector de nuestra
alma mater, Claudio Moyano y Samaniego; ley que introduce una notable reforma en los tres niveles de enseñanza. En ella se reparten las Facultades en las diez Universidades: Madrid, la central, Barcelona, Granada, Oviedo, Salamanca, Santiago, Sevilla, Valencia, Valladolid y Zaragoza
[Arribas Arranz: 1971].
Salamanca y Valladolid -cuyo distrito universitario comprendía las tres provincias vascas, Santander, Burgos y Palencia, situación que ha perdurado durante bastante más de un siglo- se vieron favorecidas con los estudios, entre otros, de Filosofía y Letras, que abarcaban seis años: los tres primeros exigidos para obtener el grado de Bachiller en Filosofía y Letras; el cuarto y el quinto, además, para el grado de Licenciado; y el sexto para el Doctorado. Pues bien, en lo que respecta a las lenguas, sólo había un curso de lengua griega (en 2º), dos de hebreo (en 4º y 5º) y otro de árabe.
Como se ve, escasos rendimientos y corta especialización se podía adquirir con tales estudios lingüísticos.
Un año después, bajo el ministerio de O'Donell, se modificaron los estudios de enseñanza media y los de Universidad; y en lo que nos atañe variaron las materias exigidas en cada curso. Con ello se redujeron aún más los estudios de lenguas, quedando solamente una lengua hebrea (en 2 cursos y lección alterna) o lengua árabe (en las mismas condiciones). La opción reducía posibilidades y casi anulaba el interés por estas materias en los estudios de Licenciatura.
El 9 de octubre de 1866, el ministro M. de Orovio publica un decreto por el que se suprime la Facultad de Filosofía y Letras de Valladolid
[Alcocer Martínez: 1918-31, 261], en aras de una supuesta racionalización y utilidad de tales estudios.
Tras el triunfo de "la Gloriosa" (1868) y bajo el gobierno provisional, vuelve a crearse la Facultad Libre de Filosofía y Letras, bajo el patrocinio azaroso de instituciones locales, y así se vuelven a cursar estudios en el curso 1869-70.
Los planes de estudio se acercan bastante a los de 1857, reponiéndose una
lengua griega en los primeros cursos, así como una
lengua hebrea en cuarto o quinto.
Cinco cursos después, la Facultad pasa a formar parte de la de Derecho, con lo que se pierden las enseñanzas lingüísticas.
A partir de 1896 vuelve a funcionar como Facultad oficial, con escasas repercusiones en la cuestión que nos afecta.
Si nos hemos extendido en presentar la suerte de los estudios de lenguas en una Universidad de provincias durante la segunda mitad del XIX es para comprobar la mínima atención que la Universidad española prestaba a los estudios de las lenguas; pues las otras Universidades, punto arriba o abajo, seguían la misma suerte. Es más, la situación en la Central no era mucho mejor. Menéndez Pidal, que estudió allí entre 1885 y 1890, recuerda que el panorama era desolador, hasta el extremo de reconocer un cierto rigor científico a un solo catedrático, Francisco Codera
[Conde: 1969, 28 y ss.].
El propio Menéndez y Pelayo mostraba un considerable desprecio por el positivismo y la filología alemana
[Real de la Riva: 1956, 323].
Para no insistir más en la penuria científico lingüística de la España de finales del siglo pasado, recordemos, por fin, las palabras del Miguel de Unamuno filólogo, a su amigo Múgica en 1892
[Mancho: 1995]:
Pero ¿usted no sabe que aquí se estudia en el Instituto una cosa que llaman latín y francés; griego, hebreo y árabe en la licenciatura de Letras; sánscrito en el doctorado?, pero... ¡castellano! con el de la escuela basta... A otros, muy pocos, les parece otra vergüenza que no tengamos una cátedra de filología castellana, ni aun el Doctorado de Letras".
Y en la
Introducción de su trabajo sobre el
Poema del Cid es más tajante en este sentido:
"Antes de dar fin a esta introducción debemos expresar nuestros votos porque se establezca oficialmente en España el estudio histórico-comparativo, es decir, rigurosamente científico de nuestra lengua propia... Es vergonzoso que nuestra Facultad de Letras no tenga algún curso de filología castellana, ya que no románica, estudio este último reducido a una cátedra de la Escuela Diplomática"
[Huntley y Liria: 1977, 100].
En efecto, esta institución, dedicada esencialmente a la formación de bibliotecarios y conservadores de museos, incluía en sus estudios un
Latín de los tiempos medios y conocimiento del romance castellano, que suponía la gran avanzadilla oficial de los estudios históricos de nuestra lengua. Ocupó dicha cátedra durante un tiempo Pedro Felipe Monlau -del que hablaremos más adelante-, autor del primer diccionario etimológico moderno del castellano.
Y no estará de más cambiar la mirada a otros ámbitos y contemplar el lamentable panorama sociocultural de aquella España.
La situación social y cultural de la España de finales del XIX no era el campo ideal para que se desarrollase debidamente la ciencia y la investigación filológica. El nivel cultural del pueblo era bajísimo; no hay más que asomarse a las estadísticas de analfabetos para entender que aquel país era -con las excepciones lógicas- un yermo cultural. Y gracias a la ley Moyano quedó establecida la escolaridad obligatoria y la existencia de escuelas para todos los españoles en edad escolar. Pero la miseria de los presupuestos de educación impedían lograr los objetivos.
Como mero recordatorio, pensemos que en 1860 el porcentaje de analfabetos era del 75,52% (11.837.391 sobre una población de 15.673.481) y que en 1900 había descendido solamente al 63,78% (11.874.890 sobre 18.618.086 personas).
En provincias más afortunadas, como Valladolid, por ejemplo, los analfabetos totales (que no sabían leer ni escribir) ascendían a un 61,45% de la población, índice que bajó al 55% en 1877.
Con este panorama no se podía esperar demasiado apoyo a unos estudios que la mayoría de la población juzgaba de inútiles y especulativos.
En estas circunstancias las condiciones para investigar no eran nada favorables, y los apoyos oficiales, mínimos.
Repercusión de la Filología comparada Pese a la organización y funcionamiento de la Universidad española en la época que nos ocupa, y aun cuando las instituciones y sus "prohombres" despreciaban los nuevos avances de la filología, hubo unos pocos personajes que de una manera u otra conectaron con las corrientes científicas europeas, en mayor o menor grado.
En primer lugar, veamos brevemente la labor y actitud de algunos de aquellos hombres, los más notables, para comprender cómo fue entrando en España la filología comparada
[Gutiérrez Cuadrado: 1987, 149-168].
I. En un primer periodo, entre 1857 y 1877 son varios personajes los que dieron entrada a los estudios y métodos comparatistas en España: P. Felipe Monlau, Milá y Fontanals, García Ayuso, y otros. A través de ellos penetran en nuestro país los avances de Franz Bopp (1791-1867), autor de una impresionante
Gramática comparada de las lenguas; y particularmente de Friedrich Diez (1794-1876), autor de la monumental
Grammatik der romanischen Sprachen y del primer gran Diccionario comparado de las lenguas románicas, el
Etymologisches Wörterbuch der romanische Sprache (1854); y de otros grandes filólogos.
-
Monlau (1808 - 1871), doctor en Medicina, catedrático de Literatura e Historia en la Universidad de Barcelona, escribió el primer
Diccionario etimológico de la lengua castellana (1856), importante obra que aprovechó las enseñanzas y progresos científicos de Bopp, Grimm y especialmente el Diccionario de Díez; y que va precedido de unos principios teóricos que sustentan la obra. Unos años más tarde (1859), publica un estudio titulado
Del origen y formación del romance castellano, así como otra serie de trabajos menores, en los que se plasma el método comparatista.
Siempre que pudo se lamentó del retraso de los estudios filológicos en España:
"Es un dolor que España, país donde se fantasea, y hasta encuentra protección una
lengua universal, se mantenga tan indiferente a la Filología comparada, ramo del saber humano que, creado apenas ha medio siglo, se profesa ya en toda Europa culta"
[Breves consideraciones acerca del idioma…, 1868, pág. 359.] De todos modos, aunque lentamente al principio, fue tanto el vigor con que arraigó el movimiento comparatista que aun en la enseñanza de la Literatura general algunos -como Francisco de Paula Canalejas, catedrático de la Universidad Central- dedicaban un buen número de clases y temas a explicar el concepto de lenguaje, la clasificación de las lenguas, la historia de la escritura, etc.
[Roca y López: 1895, LXV].
- Otro de los pioneros de este moderno movimiento filológico fue el también catalán,
Manuel Milá y Fontanals (1818-1884), autor de unos
Estudios sobre los orígenes y formación de las lenguas romances y especialmente de la provenzal, que suponen, pese a ser modestos artículos de divulgación, una desfasada toma de conciencia de la necesidad de descubrir "una gramática comparada de las lenguas neolatinas", cuando se venía desarrollando en Alemania desde años atrás. A él nos referiremos más adelante nuevamente.
- Bastante olvidado está uno de los mejores conocedores españoles de la filología,
Francisco García Ayuso; cuyas obras principales (
El estudio de la filología en su relación con el sanskrit, Madrid, 1871; y
Ensayo crítico de gramática comparada de los idiomas indo-europeos sanskrit, zend, latín, griego, antiguo eslavo, lituánico, godo, antiguo alemán y armenio, Madrid, 1886) demuestran un sólido conocimiento de la historia de la filología, así como un dominio de las técnicas comparatistas. En la primera de sus obras citadas, analiza y critica detalladamente los trabajos de Bopp, Pott, Grimm, Schleicher, Diez, Miller, Herder, Humboldt, Renan, etc., cuyos planteamientos aplica sagazmente. Y por si esto fuera poco, alza su voz en una crítica dura contra la situación académica y científica del momento, culpando de ella directamente a los políticos y a los profesionales conservadores:
"En éste, como en otros muchos puntos de la enseñanza, existen en nuestra patria preocupaciones envejecidas, que por todos los medios posibles se deben desterrar, porque son un poderoso obstáculo a los progresos de la ciencia. Quien, con incalificable presunción y orgullo, condena y anatematiza como imperfectos y llenos de errores
todos los trabajos
nacionales y extranjeros, gramaticales y lexicográficos, que sobre las lenguas sabias han visto la luz pública hasta nuestros días[...]"
[García Ayuso: 1871, p. 288].
"Y cuando esos hombres [los que se erigen en autoridad árbitra de la juventud española y eliminan materias de los ramos del saber], fatales para las letras, cuyos principios ignoran y cuyas no comprenden, han sido arrojados del lugar que ocupaban, […] sus sucesores, que ven en la opinión pública la condenación de los desacertados actos de aquellos, respetan lo acordado, dispuesto y ejecutado por tan mezquinas inteligencias, cuyo único objeto parece haber sido destruir, perder y dar muerte a la sublime ciencia española[...] hoy en algunas de sus ramas despreciada y desatendida aun por aquellos pueblos que antes apellidábamos bárbaros […]; ¡desgracia de la ciencia española el verse
tratada, regida y pisoteada por tenebrosas o pobres inteligencias, cuyos absurdos decretos son acatados y respetados por otros que pudieran y debieran anularlos para que con más razón les llamásemos 'regeneradores de su patria'!" (Cursiva nuestro).
Aboga en otro momento por la necesidad del estudio de los idiomas, como base de la educación y de aprender a razonar.
Y aún más, con los pies en la tierra, y sabedor de que muchos estudiosos españoles no pueden comprender el alemán, se permite aconsejar las
Nociones de gramática comparada de Egger
[Egger: 1852], si bien reconoce que no es la más completa.
Sus conocimientos del sánscrito, del griego, del latín, y de otra serie de lenguas, así como su concepción de la lingüística "como un ramo de la filología general que aporta preciosos materiales para la geografía, historia y etnografía de los pueblos" hacen de García Ayuso uno de los pioneros más preparados en la filología española durante el último tercio del siglo XIX.
De su amplitud de criterios y conocimientos da cumplida prueba en el Discurso de recepción en la RAE -1894- sobre
Leyes y procedimientos seguidos en la formación de las lenguas neo-sánskritas y neo-latinas.
Su obra, en conjunto, contra la opinión de algunos
[Gutiérrez Cuadrado: 1987, 159], no es un trabajo de vulgarización ni superficial; aún más, recibió grandes elogios por su primera obra de parte de los mejores orientalistas.
Los aciertos de aquella obra los encarece la
Gaceta universal de Augsburgo (30-III-1873).
No sólo escribió esto, sino que publicó varios volúmenes de la
Biblioteca sanskrita (el
Kalidasa, Sakuntala,...), una
Gramática árabe, y un buen número de traducciones
[Roca y López: 1895, LXVIII-LXXXI].
Nos hemos extendido intencionadamente en este autor, porque creemos que no se le ha hecho la debida justicia, y porque fue uno de los promotores más activos en nuestro país de los estudios filológicos, especialmente del sánscrito y de la filología comparada.
- Al mismo grupo de los pioneros dentro de ese primer periodo que hemos fijado pertenece también V. Vignau y Ballester, autor de una
Gramática comparada de las lenguas neolatinas en el periodo de su formación (Madrid, 1876), que reelaboraría y ampliaría más tarde, con carácter más didáctico, en
Apuntes de la asignatura de Gramática comparada de las lenguas neolatinas (1889), y que también tiene en consideración los trabajos de Grimm, Schleicher y Diez.
Fue, asimismo, autor de varias ediciones de textos medievales.
II. Podemos establecer un segundo periodo de la penetración de la filología comparada en España a partir de 1877, fecha en que se crea una cátedra de sánscrito en la Universidad de Madrid (R.O. 3-III-1877), ocupada al principio por Francisco María Rivero y Godoy. En esta etapa hay que situar la labor de una buena parte de la vida de García Ayuso.
Durante este tiempo crecen extraordinariamente las actividades filológicas, en especial en los ámbitos del sánscrito, tanto entre los catedráticos de instituto como en los de Universidad. Alguien dijo que "había llegado para el sánscrito la plenitud de los tiempos en España"
[Roca y López: 1895, XCIV]. Cundió el gusto de la Antigüedad en todas sus manifestaciones (historia, filosofía, arqueología...), pasados los momentos de violencia y conmociones político-religiosas.
Pese a la falta de protección oficial, se incrementaron los estudios de lenguas y literaturas griegas y latinas; los análisis sobre los orígenes, evolución y estado de la lingüística (González Garbin, en Granada y Moreno Nieto en Madrid); las aplicaciones del sánscrito para esclarecer los orígenes del latín y del castellano (Barcia Commelerán, Costa Eguilaz y Yanguas, Pascual, etc.); las versiones al romance de las obras en sánscrito, etc.
Paralelamente aumentaban los estudios particulares siguiendo el método comparatista. Catedráticos de Institutos, de gran prestigio y valía en aquella época y durante muchos años, profesores de Seminarios Conciliares y de Universidad descubrieron la filología comparada y la aplicaban como podían, y con un nivel elemental, salvando las dificultades que suponía el desconocimiento de varias lenguas por parte de los alumnos.
Probablemente el primero en aplicarla fue Sebastián Obradors y Font, catedrático del Instituto de Gerona, en la enseñanza del latín y en una serie de publicaciones. Le siguieron Vicente Calatayud (de Institutos de Alicante y Valencia), Eugenio Méndez (del San Isidro de Madrid), Aquilino Fuentes (del de Sevilla), etc. Merece destacarse en este sentido la interesante
Gramática latina del académico Francisco A. Commelerán y su
Gramática comparada de las lenguas castellana y latina [1897], minuciosa, ordenada y sutil, especialmente en la sintaxis, que siguió los moldes de otra paralela publicada por M. Bréal y M. Person en Francia.
Semejantes enfoques se hacían en la enseñanza del griego, siguiendo el método comparatista que había marcado Curtius, y que aprovechó Manuel Ramón Garriga en su
Gramática griega en dos volúmenes
[1885-1886], en la que destacan la parte de la fonética, la flexión de casos y la conjugación.
Así pues, tardía llegada de la filología histórico-comparada, pero frutos copiosos; si bien el nivel científico de muchos de ellos no era excelente.
Como consecuencia de esta efervescencia del comparatismo en España, las Universidades toman conciencia, en los últimos lustros del siglo, de la gran necesidad de dar a la filología un carácter plenamente institucional
[Gutiérrez Cuadrado: 1987, 159], especialmente las Universidades de Madrid, Salamanca y Barcelona.
Importante fue, asimismo, el influjo de la Institución Libre de Enseñanza en la dinámica cultural y universitaria de finales del XIX, con Ginés de los Ríos al frente, y muy concretamente en los estudios filológicos. En su
Boletín se informaba regularmente de las más importantes publicaciones sobre la filología comparada y sobre el positivismo darwinista, tan importantes para el desarrollo de la ciencia española. La presencia en la Universidad de muchos de sus hombres, su estilo de vida académica y sus enseñanzas dejaron huella indeleble en bastantes generaciones de estudiosos y creadores.
Tal fue su importancia que la Institución era consultada habitualmente sobre reformas de enseñanza, y muchas de sus propuestas fraguaron.
La tarea en las aulas y fuera de ellas de uno de sus grandes maestros, Julián Sanz del Río, brillante krausista, con un nuevo estilo universitario -cuyos principios eran una educación científica, una emancipación intelectual y una austeridad ética-, dio un vuelco a la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid.
Todos los nombres que hemos citado -y algunos otros que por brevedad omitimos- forman la nómina de los precursores de la nueva filología española, especialmente en las parcelas que hemos considerado.
Frente a estos pioneros de las novedades científicas en filología, se mantenían firmes otros estudiosos más conservadores, que o bien seguían aferrados a criterios tradicionales o bien orientados a otras perspectivas.
Tal fue el caso de Severo Catalina del Amo
[Mourelle: 1968, 202 y ss.], que rechazando las tesis del origen latino del español, propugnó en su discurso de entrada en la RAE, que nuestra lengua deriva de otras semíticas, especialmente el árabe y el hebreo.
Una posición ecléctica sobre el particular mantuvo Amador de los Ríos en su trabajo
Sobre los orígenes y formación de las lenguas romances. Lengua castellana.
Un caso particular fue el de León Galindo y Vera, que escribió Progreso y vicisitudes del idioma castellano [1863], memoria premiada por la Real Academia Española. El autor, con mejor intención que formación filológica, traza un panorama de la evolución del romance desde el Fuero Juzgo hasta la Constitución de 1845 y el Código Penal de 1848. Su enfoque es superficial, se apoya en las grafías, y caracteriza filológicamente obras tan importantes como el Fuero Viejo de Castilla, el Fuero Real, las Leyes de Toro, etc.
El libro es buena muestra de un método ya viejo, que desconocía los recientes avances de la filología.
Recapitulando, podemos sintetizar diciendo que en esta época en las recepciones de las Academias, en los discursos del Ateneo madrileño, y en artículos de revistas, proliferaban análisis y disertaciones sobre filología comparada de las lenguas neolatinas, de la cronología de la formación de las lenguas del mismo tronco, de la teoría de los orígenes, etimología y formación del castellano, de la historia de la lingüística, de las leyendas de la India, etc., etc. Hubo, pues una ebullición e inquietud por las nuevas corrientes filológicas, que llegaron con no poco retraso.
Los neogramáticos y su huella en España
En el último cuarto del siglo XIX surge en Alemania otro movimiento filológico, que se opone frontalmente al del comparatismo. Sus representantes, discípulos de los grandes maestros ya mencionados, adoptan el nombre de junggrammatiker, es decir, neogramáticos. Sus fundamentos y bases se centran en la búsqueda de una total precisión en las leyes de los cambios fonéticos dentro de las lenguas indoeuropeas, pues creían que actúan automática e indefectiblemente. Estos jóvenes gramáticos concentran su principal interés en la fonética histórica, y pretenden dar una rígida formulación científica a la lingüística, que, según ellos, ha de comenzar por la observación de los hablantes, para después inducir las leyes y mecanismos de la lengua. Brugmann y Osthoff, discípulos de Curtius y de Ascoli en Italia marcaron las principales líneas del método.
- Método que ha dejado una extraordinaria huella en la filología española, a través de un gran maestro, Ramón Menéndez Pidal.
Cursó sus estudios en Madrid (1885-1890), donde fue discípulo de Sánchez Moguel y de Menéndez y Pelayo -ninguno de los dos acordes con el positivismo que en la filología avanzaba-; deudor de Milá y Fontanals, de las ideas de Gaston Paris, e influido directamente por los principios krausistas y por las ideas evolucionistas de Darwin.
Dos de los pilares de la obra de don Ramón son la tradición y el historicismo positivista, plasmados en una metodología minuciosa y estrictamente científica. El primero de aquellos, reformulado y actualizado, arranca de Milá, Joaquín Costa [Pérez de la Dehesa: 1966], y de Gaston Paris; y su historicismo positivista tiene bastante que ver con la labor del francés, discípulo de Friedrich Diez, y con la corriente positivista del grupo de la Institución Libre de Enseñanza [Portoles: 1986, 45], coincidente en lo que respecta a la filología con los principios de Grimm.
La labor de Menéndez Pidal se encuadra, pues, en el llamado "paradigma schleicheriano" y el método científico de los neogramáticos de Leipzig, que late claramente en su Manual de gramática histórica y en los Orígenes del español, así como en sus estudios sobre el dialecto leonés. En su concepción filológica se ensamblan adecuadamente las leyes lingüísticas fijas y el hombre hablante que, a lo largo de la historia, conducen -inconscientemente, casi siempre- la lengua hacia unos u otros derroteros.
Estos son algunos de los principios de la llamada 'escuela filológica de Madrid' que, de la mano de Menéndez Pidal y al amparo del Centro de Estudios Históricos, tan notables frutos ha dado a lo largo del siglo XX. Una grandísima parte de los estudios filológicos de la primera mitad de nuestro siglo son obra de la escuela pidaliana, que centralizó los esfuerzos de los mejores profesionales de nuestro ámbito.
Mas no es objetivo de este trabajo el análisis de la filología española en el siglo XX.
- Otro personaje sumamente interesante y de gran relieve en muchas esferas es Miguel de Unamuno, escritor, filósofo, filólogo y lingüista.
Para él, en un principio, la filosofía y la lingüística fueron centros fundamentales de su inquietud científica y vital; pero con el tiempo, ya dentro del siglo XX, se convirtieron en mero modo de vivir profesionalmente.
Imbuido de los métodos filológicos alemanes, sintió la frustración de no poder dedicarse a la filología española -pues no existían cátedras de esta materia en nuestras universidades- y se vio obligado a opositar a la Cátedra de Lengua y Literatura griega de Salamanca, que desempeñó desde 1891. Mas su objetivo era dedicarse a la filología española, como le dice insistentemente, por carta, a su amigo Mújica [Huntley y Liria: 1977, 41]. Incluso concibió la idea de escribir una gramática histórica del castellano con abundantísimos materiales.
Unamuno proclamó la imprescindible exigencia de un método riguroso en filología y para ello bebió en las mejores y más modernas fuentes, que él mismo declara: Moguel, F. Diez, Meyer, Gaston Paris, Ascoli, Tobler, Cuervo, Morel Fatio, etc., y de épocas anteriores Grimm, Bopp, Schleicher, Corssen,... [Fernández Larraín: 1965, 66 y ss.].
A partir de 1892 sus intereses van cambiando. Reconoce a la filología como ciencia auxiliar de la historia y de la psicología, y progresivamente va volcándose en sus grandes aficiones: la literatura y la filosofía. No obstante, en este mismo año Unamuno decide presentarse al Premio de la RAE sobre el Cantar de Mío Cid, y lo hace con un interesante, documentado y divulgador trabajo titulado Gramática y vocabulario del Poema del Cid, editado por Huntley y Liria en 1977 [Cfr.].
El premio, como es sabido, lo ganó Ramón Menéndez Pidal (1895). La primera reacción de Unamuno fue negativa, pero esta actitud no tardó en transformarse en una gran amistad y en el reconocimiento de que don Ramón era el padre de la filología española. Mas esta no se compaginaba con el carácter de don Miguel; por eso, aunque siguió escribiendo notas y artículos de carácter filológico, se volcó en lo que era su auténtica vocación y la pasión de su vida: la literatura y el pensamiento filosófico.
En un determinado momento (1893) escribe a su amigo Mújica y le dice rotundamente que se le quite de la cabeza el que él, Unamuno, pueda dedicarse a la ardua y lenta tarea de la filología, "créamelo -insiste- mi puesto no es romanizar".
Para cerrar la página de su faceta de filólogo, recordemos que en 1899 vuelven a competir Menéndez Pidal y él por la cátedra de Filología Española de la Universidad de Madrid. Unamuno se retira, reconociendo a Pidal como gran maestro de la filología moderna. Filología a la que terminó llamando despectivamente "gimnástica espiritual" y tachándola de "ingeniosas investigaciones sobre asuntos baladíes".
La gramática española
Paralelamente a los estudios de filología en la España de finales del siglo XIX, seguían con vigor los trabajos de gramática del español, de carácter predominantemente normativo, si bien con asimilación en distintos grados de la 'gramática razonada' de origen francés, cuyo influjo destacó desde las primeras décadas del siglo. La huella, especialmente de la gramática de Destutt de Tracy [Destutt: 1822], con pretensiones de gramática general, marcó una nueva trayectoria en muchos gramáticos, que fueron alejándose de los moldes latinos que habían servido de base a muchos gramáticos españoles. No en vano ya cerca de los años 40 algunos centros de estudio impartían una asignatura llamada "gramática general". Años antes, Gómez Hermosilla había publicado sus Elementos de gramática general [1835], a las que siguieron una serie de gramáticas con intención renovadora, entre las que destacan las de Mata y Araujo (1842), que critica abiertamente la obra de Hermosilla, y la Gramática general de Balmes, como uno de los tratados de la metafísica en su Curso de Filosofía Elemental (1874).
Una línea diferente de los estudios gramaticales, conservadora y descriptivista, es la de las Gramáticas normativas, en la línea de V. Salvá o en la de la Academia española.
Aunque muy anterior a la época que nos ocupa, la Gramática de la Lengua Castellana según ahora se habla de Vicente Salvá [Lliteras: 1992a y 1992b, 83-100; Salvá: 1988] dejó tal huella en los estudios gramaticales de todo el siglo XIX, que debemos presentarlo aquí como mentor de unas directrices sólidas en gramática. Aunque se publicó por vez primera en 1830, su redacción definitiva, en la que establece todos sus principios es de 1847 (8ª edición). Su enfoque sincrónico descriptivo y normativo pretende establecer las reglas del castellano culto contemporáneo, apoyándose en el uso de las "autoridades clásicas y contemporáneas" (Cervantes, Luis de León, Lope de Vega, Luis de Granada, Jovellanos, Moratín, Iriarte, Meléndez...).
Para ello consulta y aprovecha los avances de un gran número de gramáticos anteriores, no sólo de las gramáticas generales, como la de Gómez Hermosilla y la traducción de la de Destutt-Tracy, sino también la de gramáticas destinadas para aprender español como segunda lengua, como la de Lancelot (1660), Ambrosio de Salazar (1614), etc., y otras obras de distinta índole, como la obra de Bernardo de Aldrete.
Mas a pesar de contar con todas estas obras, Salvá pretende otro objetivo muy distinto: formular una gramática descriptiva del español -la primera de este tipo- que sirviera como norma del buen uso lingüístico. Ni gramática comparativa, ni filosófica, ni historicista, sólo gramática normativa.
Tuvo tal éxito que sus numerosas y copiosas ediciones se agotaron con prontitud, que fue texto oficial en Venezuela a partir de 1840 [Lliteras: 1992b, 86], y dio como fruto una serie de imitaciones -casi calcos en algunos casos- en nuevas gramáticas y compendios gramaticales en Chile, Venezuela, Colombia...; sin que faltara algún que otro enemigo que rebatiera sus ideas virulentamente, como Pedro Martínez López, autor del Principios de la lengua castellana o prueba contra todos los que asienta Vicente Salvá (1841).
- Mas lo importante, a nuestro entender, es el impacto que la obra de Salvá dejó en la extraordinaria Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos (1847) de don Andrés Bello, el primero de nuestros gramáticos del español en el siglo pasado, y uno de los más grandes de todos los tiempos.
Bello aprovecha el corpus elaborado por Salvá (citas literarias, repertorios léxicos,...) y lo amplía notablemente; asimismo utiliza las mismas 'autoridades' que había seguido Salvá, aumentando su nómina.
En fin, como dijo Unamuno, Bello legó al mundo hispánico un "monumento admirable de lógica aplicada", obra que supera el estudio normativo del español, y se consolida como un estudio sincrónico y científico de nuestra lengua, cuya doctrina tiene validez hoy mismo, y ha dejado una huella indeleble en todos los estudios de gramática española.
Las ideas de Salvá sobre el género neutro, sobre el plural, sobre la forma -ría, sobre las personas y el imperativo, sobre el infinitivo y las perífrasis fueron asumidas por don Andrés.
Abundantísimos son los estudios, análisis, semblanzas y ediciones de la Gramática de Bello; este hecho y la actualidad total de la obra siglo y medio después, y el que sea venezolano el autor y chileno de adopción nos exime de detenernos más en sus principios y fundamentos. Para todos los pormenores sobre esta importantísima obra puede consultarse la edición -y estudio- de R. Trujillo [1988].
- Otro personaje ilustre de la filología española y notable gramático imbuido de las doctrinas gramaticales de Salvá fue el colombiano Rufino José Cuervo, autor de un excelente Diccionario de construcción y régimen, lleno de interesantísima información documental; de unas Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano (1872), que derrochan datos e interpretaciones gramaticales sobre cuestiones morfológicas y sintácticas; y de unas agudísimas Notas a la gramática de la lengua castellana de Bello (1874) [Ahumada: 1981], que suponen el primer paso para la "continuación indefinida de la gramática", como bien ha dicho R. Trujillo [1988, 126], y un complemento extraordinario que no desmerece de la obra de Bello.
- Es obvio que no podemos preterir en esta revisión de estudios gramaticales la Gramática de la lengua castellana de la Real Academia Española; concretamente las ediciones de 1854, 1870 y 1890, que persiguieron el mismo objetivo que la de Salvá, servir de norma y guía del buen uso de la lengua castellana, apoyadas en las autoridades.
La gramática académica se desmarcó de las "sutilezas metafísicas a que algunos […] se han entregado", y se propuso "establecer las reglas según las cuales se habla y escribe el castellano en una época dada...", pues gramática es "el arte de hablar y escribir correctamente".
Dialectos y otras lenguas peninsulares
No nos ocuparemos aquí más que brevemente de los estudios dedicados a las otras lenguas de España ni a los dialectos, pero sí nos parece obligado señalar una escueta referencia.
Ya proclamó Unamuno en 1890 la imperiosa necesidad de fijar bien los límites de los dialectos antiguos y de los actuales. Una detallada dialectología y una buena geografía lingüística eran objetivos incuestionables de los estudios filológicos en España.
En realidad, poco habían avanzado en España los estudios sobre los dialectos. Desde los primeros tanteos de José Caveda (1839) sobre el dialecto asturiano, al que caracterizó de manera elemental pero adecuada a los conocimientos del momento, al artículo de Laverda Ruiz, en que aparece por vez primera la distinción del bable en tres zonas distintas (1879), apenas se había avanzado. Lo más interesante en este ámbito fue la célebre polémica sobre El Fuero de Avilés entre Amador de los Ríos, que lo situaba en 1155, Aureliano Fernández Guerra, que lo creía obra artificialmente reelaborada en el siglo XIII, y Arias de Miranda, que rebate al anterior.
Más escasos fueron los trabajos sobre el aragonés. Hubo que esperar a 1896 para que Federico Hanssen publicara en Santiago de Chile sus interesantes Estudios sobre la conjugación aragonesa para tener obra de interés en cuanto al método y al análisis.
- Como de tono menor eran concebidos ciertos estudios de variedades lingüísticas marginales, pero parece conveniente recordar que en la segunda mitad del siglo pasado surgió un creciente interés por el habla de los gitanos. Destacan en este aspecto el Diccionario gitano de Francisco Quindalé (1867), con una interesante noticia histórica sobre los gitanos y su "dialecto"; y especialmente la gran aportación de Rafael Salillas, El delincuente español. El lenguaje, estudio filológico, psicológico y sociológico (1896), que incluye dos vocabularios jergales: el de germanía y el caló jergal, que tanto marcaron el posterior Diccionario de argot español de Luis Besses.
- Mayor atención se prestó en esos últimos decenios de siglo a los estudios, difusión y promoción del euskera.
Abolidos los Fueros en 1876, las Provincias Vascongadas y Navarra sienten gran preocupación por el retroceso del vascuence. Personajes de gran relieve en la defensa de la lengua y la cultura vasca, como un todo unitario, fueron E. Aranzadi y Arturo Campión, autor de la Gramática de los cuatro dialectos de la lengua euskera (Tolosa, 1884) y de otra serie de obras y numerosos artículos [Campión: 1983-85]. Recordemos aquí su obra Orreaga (Roncesvalles), escrita en guipuzcoano (1880), con versiones al bizcaino, labortano, suletino y a dieciocho variedades dialectales de Navarra.
El propio Campión junto con Aranzadi presentaron un "Proyecto para la conservación de la lengua euskera".
No dejaré de mencionar el primer intento de creación de la Academia de la Lengua vasca, proyectada por A. de Artiñano (1886).
- Por otra parte, fueron importantes las contribuciones al estudio del catalán y de su cultura. Milá y Fontanals, Balari y Vignau fueron tres pilares de estos estudios.
- Milá fue el primer provenzalista del XIX, y el que inició el estudio del catalán medieval. Sus Estudios sobre los orígenes y formación de las lenguas romances y especialmente del provenzal (1853), que ya citamos más arriba, son buena muestra de solidez filológica en los nuevos métodos comparatistas. Poco más tarde publica su gran obra De los trovadores en España. Estudio de lengua y poesía provenzal (1861). Gran sabio y maestro de maestros conjuntaba el rigor científico con una gran sensibilidad y extraordinaria formación europea. También fue importante su aportación a los estudios castellanos, especialmente a través de su trabajo De la poesía heroicopopular castellana (1874).
- Aunque de menor peso científico, la tarea de Pedro Vignau y Ballester dejó notable huella en los estudios filológicos de finales del XIX. Su análisis de La lengua de los trovadores. Estudios sobre el lemosín-provenzal (Madrid, 1865) y su Gramática comparada de las lenguas neolatinas en el periodo de su formación (Madrid, 1876) culminaron en unos Apuntes a la asignatura de Gramática histórica comparada de las lenguas neolatinas (1889), muestra de un serio hacer filológico.
Para cerrar esta breve mención a los estudios del catalán a finales del XIX, recordaré aquí el útil trabajo de J. Balari y Jovany, Etimologías catalanas, que desembocó en un incompleto Diccionario. Inventario lexicográfico de la lengua catalana que sólo abarca de la A a la G. Buena prueba de su interés es que el propio Joan Corominas lo toma en consideración con cierta frecuencia en el Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico [Corominas y Pascual: 1980].
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En síntesis, que pese a la deplorable situación sociocultural de España a finales del siglo XIX, al menosprecio oficial e institucional por los estudios humanísticos y concretamente por la filología, en nuestro país bullía una inquietud por las cuestiones lingüísticas, si bien se limitaba a unas minorías.
La sociedad no mostraba el menor interés por cuestiones que consideraban especulativas y nada rentables. Las condiciones eran, realmente, negativas: ni bibliotecas actualizadas, ni planes de estudios adecuados ni ambiente propicio.
Ello no obstante, la preocupación por las lenguas, la propia y las ajenas, y la inquietud de unas personalidades mantuvieron encendida, aunque tarde, la antorcha de los nuevos métodos filológicos, nacidos en Alemania: la filología comparada y el positivismo de los neogramáticos. A ello se unía la tradicional preocupación por las cuestiones de la lengua a través de la gramática. Esta se escinde en dos vertientes: una general y filosófica, deudora del logicismo nacido en Port-Royal, y otra, normativa, que dio excelentes frutos en el siglo XIX.
A estas inquietudes filológicas y lingüísticas, se sumaban las nacidas de los nacionalismos periféricos, que potenciaron los estudios del euskera y del catalán; sin que faltaran los trabajos incipientes sobre algunos dialectos del castellano o español.
Y no debemos olvidar la gran aportación que algunas instituciones (Ateneos de Madrid y Barcelona, la Real Academia Española y la de Buenas Letras de Barcelona, o la Institución Libre de Enseñanza) prestaron a los estudios filológicos, sin cuyo apoyo muchas de las personalidades que trabajaron en este campo no podrían haber realizado su labor.
Aquellos pioneros de los estudios comparatistas en España, con su denodado esfuerzo y la fuerza del positivismo neogramático, son los pilares del extraordinario avance de la filología durante el siglo XX en España. Y los fundamentos gramaticales del siglo pasado han sido el punto de arranque y el fermento del impresionante desarrollo de este tipo de estudios en la segunda mitad de nuestro siglo.
De aquellos veneros ha manado y sigue brotando con fuerza el agua de los estudios filológicos y lingüísticos hispánicos.